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Poesía in-significante

Poesía in-significante

Poesía in-significante
noviembre 12

Ignacio Valente: “Ciertos aspirantes a escritor, que en cualquier otro género delatarían la ausencia de sentido de su lenguaje, encuentran en la poesía un terreno fértil para parecer que dicen algo sin decir nada.”

Todo lenguaje está por esencia destinado a decir algo a alguien. En esta afirmación de Perogrullo convergen el sentido común más elemental y la más sofisticada teoría del lenguaje. ¡Decir algo! ¿Por qué recuerdo una cosa tan obvia?

Porque tengo en mis manos algunos libros de poesía joven y no tan joven, que verso a verso… no dicen nada, o mejor, casi nada. Para ilustrar el porqué de esta in-significancia, se me permitirá un recuerdo adolescente: cuando yo empezaba a escribir versos, andaba cautivado por la tonta exigencia de escribir poesía “que no se entendiera”, como tantos de mi generación. Leí por entonces en una reunión familiar un poema que incluía la palabra “caballo”, y un tío mío me preguntó qué pasaba si la sustituía por “cabello”. Yo encontré que la observación era el colmo del filisteísmo y de la ignorancia literaria; pero no mucho más tarde percibí que él tenía toda la razón, porque la imagen de marras -un oscuro metaforón- en ninguno de los dos casos significaba nada. El caso es que al cabo de tantos años de vanguardias, postvanguardias y antipoesías, todavía se leen y se publican versos de esa índole.

Me ocuparé hoy de esta figura negativa porque puede arrojar alguna luz sobre la naturaleza de la palabra poética. Ciertos aspirantes a escritor, que en cualquier otro género delatarían la ausencia de sentido de su lenguaje, encuentran en la poesía un terreno fértil para parecer que dicen algo sin decir nada, gracias a la ambigüedad de las imágenes oscuras. No cito ejemplos sólo porque en esta aldea nuestra ofendería a sus autores, como me ofendió a mí la pregunta de mi tío.

Dicha ambigüedad verbal puede ser una gran fuerza poética. Lo viene siendo desde el primer frisson nouveau del siglo XIX francés hasta la última de las vanguardias del siglo XX. Pero esa gran poesía dijo siempre algo: dijo mucho, muchísimo; dijo aquello que de otra manera era imposible de decir, y que sólo podía vislumbrarse a través del retruécano verbal, del adjetivo insólito, de la asociación remota, de la metáfora imprevisible, de la enumeración caótica y de otros recursos análogos.

¿Hará falta citar algunos versos de esta especie? Tomo casi al azar: “Verde que te quiero verde,/ verde viento, verdes ramas./ El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña” (García Lorca). “Los lectores del Boston Evening Transcript/ se mecen al viento como un campo de maíz maduro” (T. S. Eliot). “Alguien que me esperó entre los violines/ encontró un mundo como una torre enterrada/ hundiendo su espiral más abajo de todas/ las hojas de color de ronco azufre” (Neruda). “Caras insonoras, color de papaya y de hastío/ se paraban detrás de nuestras sillas como astros muertos” (Saint-John Perse).

¿Quién puede negar que versos como éstos, tan hermosos, aún fuera de contexto poseen un enérgico significado? Lo poseen, y más secreto y recóndito por estar oculto entre los repliegues del lenguaje, o dentro del juego de espejos de las imágenes. Aunque abundan en expresiones que parecen gratuitas, y por eso mismo sustituibles, quizá una sola alteración anularía su potencial de máxima significación. Lo que esta poesía de la modernidad ha hecho es dislocar el sentido poético del sentido lógico de la palabra, con gran ventaja para el primero.

En cambio, poemas como los que referí al comienzo están llenos de expresiones gratuitas e indiferentes, que pueden ser reemplazadas sin daño alguno de su presunto significado. Han abolido el sentido lógico del lenguaje como si, por el solo hecho de hacerlo, hubieran liberado un sentido poético más profundo; pero si éste no llegó a existir, la operación verbal ha sido vana. Han copiado la cáscara del procedimiento, y por eso han caído en una oscuridad vacía: en la insignificancia.

Por supuesto que hay infinitas maneras de decir algo, incluso de decir mucho, sin llegar por eso a una calidad de poesía ni de literatura, de la especie que sea: es lo que acontece masivamente con el habla y con la escritura (redacción) cotidiana. Pero a la inversa, toda poesía -clara u oscura- siempre dice algo, e incluso lo dice como ningún otro lenguaje podría decirlo, desde los epigramas de Marcial pasando por los sonetos de Quevedo hasta llegar a los Cantos de Ezra Pound.

Ignacio Valente. El Mercurio, 08-11-2015

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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