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“Iguales, sí, pero la diferencia sexual cuenta”

“Iguales, sí, pero la diferencia sexual cuenta”

“Iguales, sí, pero la diferencia sexual cuenta”
noviembre 12

En las fotos de los que trabajan en la Curia vaticana no suelen aparecer muchas mujeres. Pero si hay alguien interesada en que la voz de las mujeres sea más escuchada en el Iglesia, esa es la colombiana Ana Cristina Villa Betancourt, que está al frente de la sección Mujer del Consejo Pontificio para los Laicos.

A partir de la reflexión que se hace en ese organismo, Ana Cristina Villa nos habla de igualdad de derechos y diferencias entre hombre y mujer, de conciliación entre familia y trabajo, de la confusión sobre la identidad de la mujer.

Ana Cristina Villa (Medellín, 1971) realizó estudios de Filosofía y Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, con especialidad en Teología Patrística. Pertenece a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, una Sociedad de vida apostólica laical fundada en Lima.

Tras los muchos cambios en la vida de las mujeres en los últimos decenios, ¿no hay cierta confusión sobre lo que significa ser mujer?

Quizá es el resultado normal de demasiados cambios que se han dado en muy poco tiempo y que todavía no hemos acabado de digerir. Muchos cambios han sido muy positivos, pero a la vez hemos perdido algunos elementos fundamentales. Añadiría que todo este fenómeno se ha dado en un contexto cultural de confusión antropológica general, que no es solamente de las mujeres: el nuestro es un mundo que sabe mucho de muchas cosas pero poco sobre el ser humano, su interioridad, el dramatismo de su existencia, sus anhelos y deseos profundos, su vida y su muerte…

Por si esto fuera poco, está el cambio cultural fortísimo que se ha dado en las últimas décadas con la revolución sexual. Se trata de una revolución no política sino antropológica, que afecta profundamente la vida de los hombres y de las mujeres y la relación entre ambos. Y además lo hace en un ámbito que toca lo más íntimo de las personas, sus afectos, su valoración personal, el sentido de su vida… Las relaciones entre hombres y mujeres eran un aspecto de la vida humana que se vivía en medio de certezas y que en cambio ahora es fuente de incertezas, miedos. La sexualidad pasó de ser un ámbito íntimo que tocaba lo más profundo de la persona a ser ventilada a diestro y siniestro. Pasó de exigir un compromiso de por vida a ser un encuentro casual que no implica compromiso… las mujeres pueden ejercer la sexualidad como los hombres, gracias a las tecnologías químicas y contraceptivas que hoy se ofrecen como si fueran un elemento necesario para la vida, hasta un derecho humano. ¿Cómo no va a cambiar eso la visión que de sí mismos tienen los hombres y las mujeres? ¿Cómo no va a afectar eso a las relaciones entre ambos?

Ligado a lo anterior, está el tema de la pérdida del valor de la maternidad. No la valora la sociedad, no la valoran las personas mismas, los hombres y las mujeres. Se le valora poco como vocación de vida.

Todo esto hace que en nuestro tiempo la identidad de la mujer esté muy lejos de ser algo que se da por descontado. Creo que algo análogo ocurre con la identidad masculina, tampoco esta es clara hoy. Es necesario que cada uno se construya su propia identidad, la sociedad no te la da hecha. Esto puede tener mucho de positivo, pues da espacio a la libertad de cada uno… pero también puede ser fuente de no pocas frustraciones si tal construcción no es fácil o si no hay certezas que poner como fundamento.

La “teología del cuerpo” sigue vigente

¿Cómo explicar a la mujer de hoy que tiene que “reencontrarse” con su identidad de mujer, cuando vivimos unos momentos en los que la mujer –aparentemente– tiene cada vez más derechos y su condición – en el ámbito familiar, laboral, etc.- es cada vez más parecida a la de los hombres?

En nuestro tiempo se ha dado un paso de una perspectiva en la que parecía que el destino de las personas estaba inscrito en su biología, a otra en la que el cuerpo no cuenta para nada, no importa si eres hombre o mujer a la hora de pensar en cómo realizarte como persona. Pero ninguna de estas dos posturas es adecuada. ¿Qué valor tiene el cuerpo humano, mi propio cuerpo, en mi proyecto de vida? ¿No se trata de una dimensión de mi ser, de mi ser persona, de la que debo tener en cuenta para mi proyecto de vida, de realización de mí mismo en el amor?

San Juan Pablo II ofreció a la Iglesia enseñanzas que respondían a estos desafíos; con su colección de catequesis conocida como “teología del cuerpo” y los documentos que beben de esta teología como por ejemplo Mulieris dignitatem, Familiaris consortio o la Carta a las mujeres, entre otros. El Magisterio del Papa Juan Pablo II ofrece en estos temas una visión de avanzada, un pensamiento que aún tenemos que acabar de descubrir y aplicar en todas sus consecuencias. Se trata de una visión de la persona humana que integra e incluye la corporeidad, comprendiendo la humanidad en su condición sexuada y explicando cómo su vocación al amor pasa por asumir esta condición e integrarla en el propio proyecto de amor. En este sentido la mujer y el hombre hoy tienen que re-encontrarse, reencontrar la belleza y el lenguaje de la propia masculinidad y feminidad e integrarlos en el propio proyecto de vida.

Madre y trabajadora

Uno de los grandes problemas del día a día de las mujeres es el de conciliar trabajo y familia. ¿Tiene solución real, que satisfaga plenamente las exigencias que conlleva ser madre y mujer trabajadora a la vez? ¿Qué piensa la Iglesia de esto?

Sobre lo que piensa la Iglesia, no es difícil encontrar en el Magisterio de los últimos Papas que la Iglesia ve como algo muy positivo la presencia de la mujer en todos los ámbitos de la vida pública y su inserción en el mundo del trabajo (ya el Papa Juan XXIII lo llamó un “signo de los tiempos”). Pero a la vez, desde los primeros años, el Magisterio se pronunció para pedir que esta inserción no fuera en desmedro de su rol fundamental en la familia. La Iglesia cree que es muy importante el aporte que las mujeres pueden dar a la sociedad mediante su inserción en todos los ámbitos donde pueden ofrecer su perspectiva, su profesionalidad, su trabajo; exhorta a que den su contribución en cuanto mujeres, es decir, sin masculinizarse, sin perder el peculiar “genio” del que han sido dotadas, sino al contrario ofreciéndolo como un aporte que enriquece la vida pública. Y también pide que no se descuide ni se minusvalore el precioso aporte que da quien trabaja por la vida familiar, en la cual el papel de la mujer es clave.

Ahora, cómo se da esto en la práctica no es algo para lo que el Magisterio pueda dar soluciones concretas. Creo que eso tiene que pasar por el discernimiento de cada uno y de cada matrimonio: cómo en concreto vamos a armonizar las exigencias de la vida profesional de ambos y las exigencias de la familia que juntos estamos formando. Esto no es un problema solo de las mujeres, es un problema de los matrimonios, de las parejas. Existen muchas maneras de solucionarlo, cada matrimonio tiene que encontrar la suya.

¿Las mujeres pueden tenerlo todo? ¿Es injusto que ellas tengan que hacer más renuncias? Es difícil para algunas mujeres aceptar que ellas tienen un papel único, y que por más cooperación que tengan de su esposo, hay cosas en las que ellas son insustituibles, especialmente en los primeros años de la vida de los hijos. El embarazo, la lactancia, son ejemplos de lo más claro. Pero también el vínculo especial que la mujer forma con su hijo. En fin, cada pareja tiene que encontrar su forma, pero también hay que considerar que papá y mamá no son lo mismo, cada uno tiene su rol y cada uno tiene sus aportes y son necesarios ambos, que son complementarios en su riqueza, para el crecimiento y la educación de los hijos.

La cuestión fundamental de nuestro tiempo

¿Es la mujer igual en todo al hombre? ¿No es esto causa de muchas posteriores confusiones?

¡Por supuesto que no! A igual dignidad, igual humanidad, iguales derechos, igual valor en cuanto criaturas de Dios, iguales en cuanto ambos somos imagen y semejanza de Dios. Pero esta igualdad no implica que la diferencia sexual no cuente, o sea algo meramente biológico, externo, sin consecuencias en las demás dimensiones de lo humano. Creo que tenía razón Luce Irigaray cuando decía que cada época tiene una cuestión fundamental que pensar y que la diferencia sexual es la cuestión fundamental de nuestro tiempo. La confusión de la que hablas es la de las mujeres que para entrar en la vida pública –económica, política, empresarial– se masculinizan, dejan de lado algunos rasgos propios de su feminidad, pues ello parecería ser fundamental para su plena inserción. Iguales pero diferentes, esa es la riqueza de la cuestión de la diferencia sexual. Las diferencias cuentan y son una riqueza de la que no podemos ni debemos prescindir.

¿Qué proyectos se han llevado a cabo desde la Sección “Mujer” del Consejo Pontificio para los Laicos y qué proyectos hay en mente?

La “Sección mujer” trabaja promoviendo el estudio de temas sobre la vida y vocación de las mujeres a partir de las ricas intuiciones que aporta el Magisterio Pontificio. En los últimos años hemos celebrado congresos y seminarios y trabajado en la publicación de las actas de los mismos en varios idiomas; además, desde el 2009 hemos trabajado en crear una página web con información y reflexiones sobre el tema de la vocación de la mujer y hemos ido creando una biblioteca online de recursos sobre la mujer escritos con la mente de la Iglesia. Se trata de una biblioteca muy útil para quienes quieran abordar los temas de la cambiante y desafiante situación de las mujeres y pensarlos desde la mente de la Iglesia. También nos contactamos constantemente con conferencias episcopales y asociaciones de mujeres, así como con intelectuales católicos expertos en estas temáticas.

Tenemos varios proyectos para el futuro inmediato. En concreto el próximo mes de diciembre se celebrará un Seminario de estudio sobre el tema “Mujeres y trabajo” en el que se meditará, a la luz de las constantes llamadas que hace el Papa Francisco, para que se instaure un sistema económico y social que tenga al ser humano – hombre y mujer – al centro. Buscaremos arrojar luz sobre la contribución específica que las mujeres trabajadoras aportan para la edificación de estructuras económicas más ricas de humanidad, y examinar las riquezas y dificultades del trabajo femenino.

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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