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Nuevo Nobel de Economía: esperanza para la “ciencia triste”

Nuevo Nobel de Economía: esperanza para la “ciencia triste”

Nuevo Nobel de Economía: esperanza para la “ciencia triste”

El nuevo premio Nobel de Economía, Angus Deaton, nos transmite en su libro “El Gran Escape: salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad” una tesis a la vez provocadora y optimista.

El año era 1798, y lo que preocupaba a la élite intelectual europea era el rápido crecimiento que estaba experimentando la población y las consecuencias que esto tendría sobre el progreso económico. Thomas Malthus, un joven discípulo de Adam Smith, planteó una idea alarmante: la población estaba creciendo demasiado rápido, y en poco tiempo los recursos no darían abasto para todos, por lo que “la mayoría de nosotros estamos condenados a una existencia sórdida, salvaje y breve”. No debe extrañar que tiempo después Thomas Carlyle señalara que “la economía no es una ciencia alegre, sino lúgubre, desoladora y, en realidad, absolutamente abyecta y decepcionante”.

El tiempo probó lo errado de Malthus. Su análisis falló al excluir una variable fundamental: la creatividad humana. Así, en paralelo con el crecimiento exponencial de la población, inventos como la cosechadora, el tractor, el uso de fertilizantes y la expansión del regadío terminaron de disipar los temores y dar alimento a una población varias veces mayor que la de hace 250 años.

Pero las lecciones que enseña la historia no siempre traen sabiduría a las nuevas generaciones, y los pesimistas de hoy presentan un nuevo desafío catastrófico, la desigualdad. Parte importante de la élite intelectual mundial -esta vez inclusive la chilena-, teme que la creciente desigualdad global nos lleve a episodios de violencia, guerras civiles y miseria. Muchos se plantean que las democracias liberales no pueden sobrevivir en sociedades con altos niveles de desigualdad. Destacados economistas como Anthony Atkinson y Thomas Piketty han alzado la voz con propuestas audaces, en general tendientes a limitar los ingresos de los súper ricos o a aumentar las cargas impositivas a las herencias, por nombrar algunas ideas.

Sin embargo, estos caminos nunca han sido la solución. Por eso, la esperanza podría venir de la mano del nuevo premio Nobel de Economía, Angus Deaton. Este escocés, que ha dedicado su destacada trayectoria académica al estudio de fenómenos como la pobreza, la salud y la desigualdad, nos transmite en su libro “El Gran Escape: salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad” una tesis a la vez provocadora y optimista.

En su libro, Deaton plantea que el mundo es un mejor lugar de lo que solía ser -una idea por sí sola disruptiva en la actualidad-. Y para esto se apoya en rigurosa evidencia no solo relativa al PIB per cápita, sino también con datos provenientes de fuentes poco comunes para el mundo de los economistas: avances en salud, bienestar y felicidad.

Pero lo principal que plantea es que el “gran escape” en la historia de la humanidad es el escape desde la muerte infantil, la pobreza y la miseria a la que ha estado condenada nuestra especie por miles de años. La desigualdad global ha aumentado en las últimas décadas no porque algunos países hayan explotado a otros, sino por el simple hecho de que naciones como China, India, Taiwán o Corea, que antes eran masivamente pobres, han dado un salto fuera de la miseria. En consecuencia, han aumentado la desigualdad, pero no han restringido las posibilidades de otros países de surgir, sino, quizás, al contrario. En este sentido, la desigualdad no es más que una consecuencia del progreso: no todos se hacen ricos al mismo tiempo, y no todos tienen acceso inmediato a los últimos avances médicos y otros adelantos. Así, la desigualdad tiene también un efecto sobre el progreso y, o bien puede operar como un incentivo, o bien como una barrera, pero no es algo que sea malo per se.

Su libro, entonces, muestra este juego entre progreso y desigualdad desde una perspectiva positiva. No como si estuviéramos condenados a un futuro catastrófico, como tantos lo han predicho antes, sino como una historia de cómo las personas se las han arreglado para hacer sus vidas mejores y han liderado el camino para que otras los sigan. El desafío para el futuro está en lograr que más personas, ciudades y naciones se sumen al progreso, en lugar de detener a quienes ya han logrado escapar.

Fue un escocés -Adam Smith-, quien fundó la ciencia económica. Fue un escocés, también -Thomas Carlyle-, quien la bautizó como “la ciencia triste”. Hoy, es nuevamente un escocés -Angus Deaton-, quien puede devolver la esperanza a una disciplina demasiado marcada por el pesimismo.

Eduardo Gomien, director de formación y extensión Fundación para el Progreso. Publicado en Libero, 15-10-2015

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