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Jafar Panahi, conductor clandestino

Jafar Panahi, conductor clandestino

Jafar Panahi, conductor clandestino

Es uno de los casos más perversos de las relaciones entre política y cine. Encarcelado e inhabilitado por la justicia iraní a poder dirigir películas, Jafar Panahi sigue desafiando al régimen integrista con una tercera película, Taxi Teherán, rodada en clandestinidad. El extraordinario filme, que ganó el Oso de Oro en la última Berlinale, llega ahora a las salas españolas.

El trofeo al Oso de Oro no lo recogió Jafar Panahi, sino su sobrina Hanna Saeidi. Taxi Teherán recibía la más alta distinción del último festival berlinés a pesar de ser una película que, al menos en su propio país, no existe, no ha sido catalogada por ningún censo oficial si no es en una lista negra. La película renuncia a los créditos. Podría meter en problemas a cualquiera de los que han trabajado en ella, como de hecho le ocurrió a Mochtabá Mirtahmasp, el documentalista que firmaba junto a Panahi Esto no es una película (2011). Mirtahmasp fue encarcelado por participar en el primer filme realizado en clandestinidad por Panahi tras haber sido condenado por el régimen integrista iraní, en el año 2010, a seis años de cárcel y veinte de inhabilitación para hacer cine y conceder entrevistas. Por descontado, también se le prohibió abandonar Irán, menos aún para recoger un premio a una película “inexistente”.

El caso es que la participación de la jovencita Saeidi en Taxi Teherán, y su posterior viaje a Berlín para recoger el premio, tiene un significado especial. La niña, prometedora actriz, aparece en el tramo final del filme merecidamente premiado en la Berlinale, en el que ficción y documental se neutralizan. Su tío, disfrazado de taxista, la recoge en el colegio para descubrir que la niña está grabando con una pequeña cámara. Se trata de un ejercicio escolar, y advierte a su tío de que en la escuela le han prohibido mostrar una “realidad sórdida”. La niña le pregunta a Panahi cómo se hace eso, y por qué es tan injusto, y a continuación enumera las estrictas prohibiciones a las que se enfrenta el cine iraní. La película que estamos viendo se convierte entonces en un extraño híbrido entre comedia de situaciones, cine político, denuncia social y ensayo fílmico.

El precio a pagar

Panahi desde luego sabe bien el precio a pagar para seguir haciendo lo único que sabe hacer, aunque sea a costa de mostrar una sórdida realidad, la suya y la de su país. El maltrato a las mujeres y la ausencia de libertad en la República Islámica de Irán son el centro gravitatorio de El globo blanco(1995), El espejo (1997), El círculo (2000), Crimson Gold(2003) y Offside (2006), el grueso de sus películas pre-clandestinas, premiadas en Cannes, Locarno, Venecia, San Sebastián y Berlín. Panahi fue arrestado en 2010 acusado de hacer una película contra el régimen, justo después de la reelección del presidente Ahmadinejad. Gracias a la movilización internacional, después de 88 días entre rejas (diez en huelga de hambre) pudo salir bajo fianza y permanecer en arresto domiciliario. Hasta entonces, víctima de maltratos en la prisión de Evin, no había tenido la posibilidad de contactar con su familia o con un abogado. Unos meses después, ya en su casa, recibió la sentencia de inhabilitación acusado por el delito de “actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el estado”.

Lo cierto es que desde que fuera condenado por el régimen integrista iraní, y mientras espera el fallo del Tribunal Supremo al recurso, la actividad del cineasta no ha cesado. Puede estar efectivamente “detenido” -silenciado o parado-, pero también está en movimiento. En sus tres últimas películas, realizadas en cuatro años, ha seguido desafiando al régimen mientras buscaba formas de circunvalar la ley. En Esto no es una película, el iraní se retrata en su encierro y en cómo seguir siendo quien es a pesar de la persecución. En la película, que llegó al Festival de Cannes en una memoria USB camuflada en una tarta, se retrataba como un director de cine que, al no poder filmar su último guion ni salir de su casa, decide leerlo a cámara mientras proyecta la puesta en escena en su salón. El artista encuentra la forma de hacerse oír bajo cualquier circunstancia. En Telón cerrado (2013) mostraba su pesimismo enclaustrado en su casa de la playa con un perro, hasta que su tranquilidad es interrumpida por la llegada de una mujer que busca refugio huyendo de las autoridades.

El iraní se retrata sucesivamente en su encierro y en cómo seguir siendo quien es a pesar de las restricciones y la persecución. El argumento de la “trilogía clandestina” es, por lo tanto, la libertad. La gran diferencia de esta tercera entrega respecto a las anteriores es que el escenario se desplaza del ámbito privado al público, a las calles de la ciudad. Si en el plano final de Esto no es una película se veía la noche en llamas de Teherán a través del hueco que dejaba una puerta, y en el de Telón cerrado intuíamos el exterior a través de una ventana parcialmente cubierta por barrotes de seguridad, Taxi Teherán abre con un plano estático y duradero, amplio y limpio, del trasiego en las calles de la capital iraní, filmado a través del parabrisas del coche. Al volante, Jafar Panahi, que a través de la impostura encuentra el modo de practicar la desobediencia. Está rodando una película en plena calle, bajo las narices de sus perseguidores.

Una celda sobre ruedas

El dispositivo, que remite a Ten (2002) de Abbas Kiarostami (compatriota y mentor de Panahi), queda pronto al descubierto. Toda la película transcurrirá dentro del automóvil, que, mediante dos pequeñas cámaras rotatorias fijadas en el salpicadero y en la parte de atrás, hace las veces de una especie de estudio ambulante, en una versión mucho menos sofisticada que la limusina que recorría París en Holy Motors.De algún modo, Panahi convierte a los seis millones de habitantes de Teherán en potenciales protagonistas de su película clandestina. Su intención es seguir hablando de aquello que le interesa y que le preocupa, de las gentes y las circunstancias de su país. Los primeros clientes son una mujer y un hombre que discuten sobre la pena de muerte, mientras Panahi asiste entre paciente, resignado y divertido a lo que acontece en su celda sobre ruedas, en ese limbo entre realidad y ficción en el que sin duda debe vivir el cineasta.

Panahi nos instala en una ficción capitular para que vivamos la realidad de un entorno opresivo, en el que se siente perseguido. En verdad, el cineasta profundiza en su habitual método de trabajo, consistente en crear un conflicto entre la inmediatez documental y una serie de estrictas normas formales. La desobediencia clandestina de su trilogía no hace sino reforzar el carácter de esas reglas que antes se autoimponía y ahora le vienen dadas. El tercer cliente de su “taxi” le reconoce. Se trata de un personaje propio de una sitcom, un contrabandista de filmes prohibidos en Irán -“Yo he traído a Woody Allen a este país”, afirma- que desenmascara al director y por tanto también el dispositivo. Panahi coloca al espectador por encima de un elaborado guion que remite intermitentemente a su propia naturaleza. En el paisaje humano que entra y sale del coche también hay sitio para la abogada del director, quien entrega a la cámara -“a la gente del cine”- una rosa, símbolo de agradecimiento que el último plano del filme convierte en una señal de esperanza.

Carlos Reviriego. El Cultural, España, 09-10-2015

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La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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