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La libertad de expresión y sus topes

La libertad de expresión y sus topes

La libertad de expresión y sus topes
octubre 08

En Estados Unidos ha surgido un movimiento a favor de la libertad en las universidades, promovido por la de Chicago, para intentar superar la opresión de lo “políticamente impuesto”. Algo semejante sucede en Francia, tras el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo el pasado enero.

En esa línea se inscribe la tribuna publicada en Le Monde (21-09-2015) por Régis Debray, conocido filósofo y escritor, que colaboró intensamente con el presidente François Mitterrand. Y, a lo largo de los últimos años –nació en 1940, ha manifestado cada vez un mayor respeto a la libertad religiosa en Francia, con enfoques análogos a los partidarios de la llamada laicidad positiva.

Debray recuerda en primer lugar que “la bella y ejemplar libertad de expresión nunca ha consistido en poder decir o mostrar no importa qué a no importa quién ni importa dónde (en todo caso, no a los niños ni en la vía pública). Consiste, de acuerdo con el artículo 4º de la Declaración de 1789, en poder hacer todo cuanto no perjudique a los demás. Así, el libre ejercicio de los derechos naturales no tiene más límites que los derechos de los demás, determinados por la ley”.

Parece un contrasentido, como si libertad y norma fuesen antitéticas. Pero Debray recuerda que la ley francesa de 20 de julio de 1881, periódicamente actualizada, no ha cesado de velar por los derechos de los demás, porque la persona humana, “incluso en un país hiperindividualista como el nuestro, nunca está sola en el mundo”. Los límites de la libertad de expresión son conocidos y múltiples: apología del delito, incitación al odio, injuria, difamación, ultraje (incluido el himno nacional), etc. La libertad está reglamentada, bajo vigilancia y control del juez.

De otra parte, según la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la protección de los derechos de los demás incluye el respeto de las convicciones religiosas, que son de hecho de una naturaleza diferente a las opiniones (sentencia Otto-Preminger de 20 de septiembre 1994). “Una convicción es una opinión que involucra la sensibilidad y compromete a todo el ser personal”.

En tercer lugar, todos tenemos tabúes y autocensuras. Se consideran inaceptables burlarse cuando se trata del Holocausto o de los campos de concentración. Pensemos en el malestar suscitado por la película Portero de noche, de Liliana Cavani (1974), o el cómic Hitler = SS, publicado por entregas en Hara-Kiri (1987) y luego en un álbum (1988), prohibido para menores, así como su exposición en quioscos, y finalmente retirado por completo de la circulación.

Los autores, progresistas y de izquierda, fueron condenados penalmente, y fueron raras las protestas. Más recientemente, Siné fue excluido de Charlie Hebdo por expresiones consideradas antisemitas por el entonces director. En el fondo, a juicio de Debray, toda sociedad organizada tiene su zona de sacralidad. “Lo sagrado no es igual para todos, no lo es para siempre, pero siempre hay algo sagrado en todas partes. ¿Y qué es lo sagrado, como se llama a todo lo que, civil o religioso, prohíbe el sacrilegio y justifica el sacrificio, sino esa realidad de la que nadie debe reírse?”

Pero los umbrales de sensibilidad y, por tanto, de tolerancia, varían en países y épocas. En 1825, treinta años después de la Primera República, fue aprobada en Francia por la Cámara de los Pares una ley que castigaba con la pena de muerte el robo de un vaso o un copón con la hostia consagrada. Cincuenta años más tarde, sería impensable. Hacer humor con la Resistencia era también impensable hasta los años ochenta, pero fue luego objeto de diversas películas en Francia.

El punto de mira de lo delictivo ha pasado en los últimos años desde los ultrajes a las buenas costumbres a las injurias contra los creyentes, de lo sexual a lo religioso”. Las irreverencias están sometidas siempre a condiciones de lugar y de tiempo. Pero no se debería impedir el derecho a la ironía, al humor, al sarcasmo e, incluso, a provocaciones que contribuyan al avance del debate sobre las ideas. “El coraje es una cosa, la jactancia es otra”, concluye Debray.

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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