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La formidable C.B., por Sergio Vila-San Juan

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septiembre 24

Carmen Balcells, que acaba de morir a los 85 años, tuvo un decisivo papel en la consolidación del boom de literatura hispanoamericano y en la internacionalización de Barcelona como capital literaria

En 1992 el joven directivo alemán de familia noble Hans von Freyberg se instaló en Barcelona para dirigir la editorial Plaza y Janés, enviado por la multinacional del libro Bertelsmann. Una de sus primeras visitas preceptivas fue a Carmen Balcells. Impresionada por sus exquisitos modales, la agente decidió impartirle una lección de vida práctica. Y le dijo:

-Mira, Hans, si quieres moverte con comodidad por este país, hay dos palabras que tienes que aprender. Una, en catalán, es torna, y quiere decir las compensaciones que tendrás que conceder para poder llevarte algo que quieres. Y la otra palabra importante es chanchullo.

La anécdota ilustra al personaje tan complejo y fascinante que acaba de fallecer. Alguien que combinaba un cerebro permanentemente activado a tropecientas mil revoluciones por minuto, lengua afilada y rápida, el sentido del humor utilizado como elemento de distensión y también como arma arrojadiza, entrega y autoritarismo, sensibilidad que no temía desbordarse en imprevistas y abundantes lágrimas y cornetín de mando. Una vez le sugerí que hiciera un libro de autoayuda titulado Pensar como Carmen Balcells; sería un best seller. No me dijo que no.

Junto a su decisivo papel en la consolidación del boom de literatura hispanoamericano y la internacionalización de Barcelona como capital literaria, resulta menos conocida, fuera de los círculos especializados, la forma en que cambió las reglas de juego del mundo del libro español. Utilizando el poder que le confería ser la representante exclusiva de autores como García Márquez y Vargas Llosa, en los años setenta Balcells introdujo novedades como el cobro de derechos de autor por anticipado (hasta su irrupción lo normal era que los autores recibieran liquidaciones tan solo a posteriori, sobre ventas en librerías, con poco control sobre los cifras que les pasaban los ­editores). También impuso la redacción de contratos a término (hasta entonces los acuerdos editoriales no tenían fecha de finalización, y un editor podía reeditar de por vida las obras de un autor mientras mantuviera unas mínimas ventas, sistema calificado por muchos de feudal). La ley de Propiedad Intelectual de 1987, que prohibía los contratos indefinidos, recogió una forma de hacer las cosas que Balcells había empezado a exigir doce años antes. Estas innovaciones dinamizaron la industria cultural y permitieron que muchos autores empezaran a ganarse medianamente la vida, aunque también no pocos editores criticaron el encarecimiento que generaban y el perjuicio que resultaba para los sellos pequeños y medianos, y al que achacaron incluso el hundimiento de algunas editoriales en los ochenta. A los jefes de nuestro mundo del libro les costó tiempo entender el papel de Balcells y acostumbrarse a su poderío.

“El editor -manifestó una vez- es un ser arrogante por naturaleza; el escritor es un ser endiosado por naturaleza, y el intermediario entre ambos tiene que conciliar posiciones. Lo que yo he aprendido en mi carrera es que sólo la cúpula de cada empresa editorial tiene capacidad para tomar decisiones, y por lo tanto hay que entenderse con la cúpula”.

Y además disfrutaba poniéndola a prueba, como con su juego del “papel doblado”. En ocasiones, antes de empezar una negociación con un editor, escribía en un papel lo que supuestamente le ofrecía otro sello por determinado libro. Pedía a su interlocutor que apuntara en el reverso lo que pensaba ofrecer él. Destapaban ambas cifras, comparaban y la discusión daba comienzo.

Gran anfitriona, agasajaba regularmente en su domicilio de la Diagonal, dos pisos por encima de la agencia, a sus autores: a los importantes y a otros que los que no lo eran tanto, pero en los que creía. Pude asistir a los celebrados en honor de Gabriel García Márquez, Pilar Donoso o Wendy Guerra. En una cena para Isabel Allende hizo embotellar cava con la etiqueta de la novela que estaban lanzando. En una comida del año pasado en petit comité con Vargas Llosa y Patricia surgió el tema político: se mostró admiradora de la reina Letizia (Balcells no se perdía la recepción real del 22 de abril y en los últimos años tuvo un papel activo en la Fundación Príncipe de Girona), y también muy crítica con el movimiento independentista catalán.

Le pedí que participara en el Año del Libro 2005 de Barcelona y su implicación superó cualquier expectativa. Organizó un fastuoso “Cumplelibros” en el Palau de la Música, donde reunió a varias decenas de autores de su agencia -Ana M. Matute, Eduardo Mendoza, Bryce Echenique… – que brindaron con el alcalde Joan Clos al son del Libiamo de La Traviata, con librería en el foyer y barra abierta durante todo el día. Es mi mejor recuerdo de Carmen, y lleva estampado la palabra generosidad.

Sergio Vila-San Juan, La Vanguardia de Barcelona, 23-09-2015

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Un irlandés entra a un bar en Dublín y pide tres shops de cerveza, se sienta en un rincón y toma un trago de cada shop por turnos.

Cuando pide otros tres shops, el barman le advierte que es mejor que beba de uno solo a la vez, porque la cerveza después de servida pierde su sabor. El irlandés responde:

-Verá, somos 3 hermanos y dos se han ido a Australia. Cuando se fueron, prometimos beber en esta forma para acordarnos de los tiempos en que lo hacíamos juntos.

Esta rutina se repite durante varios meses, hasta que un día el irlandés pide solo 2 shops. Pensado en lo peor, el barman se acerca y le dice:

-No quiero inmiscuirme en su pena, pero quería darle mis condolencias.

El irlandés parece confundido al principio, pero luego replica alegremente:

-¡Ah no! Todos están bien. Lo que pasa es que yo dejé de tomar.

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