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Ciclistas maleducados, por Pablo Tomino

Ciclistas maleducados, por Pablo Tomino

Ciclistas maleducados, por Pablo Tomino

Asistimos a diario a una escena urbana que preocupa: algunos ciclistas circulan a toda velocidad por bicisendas que comparten territorio con los peatones.

Prepotentes, han logrado adoptar en las veredas idéntica actitud de algunos colectiveros con mal genio, de automovilistas bravucones y de osados motociclistas que corren contra el tiempo en una ciudad cuyas normas viales se quebrantan con puntualidad inglesa.

Buenos Aires aportó en los últimos años una infraestructura generosa para encarrilar a los ciclistas: 200 kilómetros de vías exclusivas. Pero endeble fue el intento del gobierno de acompañar este crecimiento explosivo desde 2010 hasta hoy: no existen controles ni multas para los más imprudentes, medidas que estaban contempladas en una primera etapa, pero que en la práctica resultó de difícil cumplimiento. Y se desecharon.

Nadie hablaría de sanciones si cada uno de los actores de una sociedad cumpliera las normas básicas de buena convivencia. Lógico. Pero qué lejos estamos de recibir una aceptable calificación.

En una ciudad embebida en el tránsito caótico, muchos de los que se suben a las bicicletas se han mimetizado con las circunstancias: se imponen ante los caminantes, gritan o insultan si un distraído se interpone en su camino, transitan a contramano y no conocen el significado del “rojo” de un aparato que pende de un caño, en algunas esquinas, inventado en 1868 por el ingeniero ferroviario John Peake Knight, conocido como “semáforo”.

El ciclista toma cada vez más importancia en la urbe porteña, principalmente, porque el uso de la bicicleta como medio de transporte ha dejado de ser una promesa. Es una realidad. Por eso es vital su ordenamiento. Y es vital, también, que el Estado sea el garante del cumplimiento de las normas; de educar y de guiar a este nuevo intruso que se ha infiltrado en la vida urbana para “burlarse” de los congestionamientos. En el imaginario colectivo de algunos ciclistas parece sobrevivir el presunto “derecho adquirido” de obviar las reglas viales. Algo que podría funcionar sin consecuencias graves en un pueblito de calles de tierra, pero nunca en una ciudad como Buenos Aires.

Pablo Tomino. La Nación, Buenos Aires, 14-08-2015

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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