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LA CRUZ, LA HOZ Y EL MARTILLO

LA CRUZ, LA HOZ Y EL MARTILLO

LA CRUZ, LA HOZ Y EL MARTILLO
julio 30

La Cruz no admite ninguna representación “reductiva” de la muerte del Crucificado: no se ha muerto por unos o por otros; se ha muerto por todos

Muchas personas han contemplado, entre maravillados, apenados, ofendidos algunos, asombrados, esa escultura de un Cristo crucificado sobre un martillo, con la hoz a sus pies, que Evo Morales regaló al Papa Francisco durante su estancia en Bolivia.

Cristo murió clavado en una Cruz. Una cruz vulgar, instrumento de muerte entre los romanos y otros pueblos de la época; y desde entonces, los ojos de millones de personas se han elevado hacia la Cruz para rogar a Cristo perdón, gracia, redención.

A lo largo de los siglos, pintores y escultores han deseado inmortalizar ese momento sublime, centro de toda la historia de los hombres, de la muerte del Hijo de Dios hecho hombre a manos de otros hombres: muerte redentora de la humanidad.

¿Qué ha pretendido la persona que esculpió a Cristo clavado en un martillo, con la hoz a sus pies?

Espinal, el autor, un sacerdote jesuita, explicó que esa imagen representaba la unión entre la Iglesia y los trabajadores. Y en efecto, la hoz y el martillo son nobles instrumentos de trabajo, que obreros y campesinos han utilizado durante siglos, y siguen todavía utilizando en no pocos lugares.

La Iglesia y los trabajadores han estado unidos desde el comienzo. A las iglesias han ido obreros y campesinos con sus hoces y martillos a adorar a Cristo en la Cruz, y no pocos de estos hombres y mujeres, han sufrido al ver que los utensilios con los que se ganaban el pan de cada día, entraron un día a formar parte de la simbología figurativa de una “revolución” −el comunismo− que ha llenado de sangre inocente todos los lugares del mundo donde ha impuesto su poder. Y entre los asesinados, un sin número de campesinos y obreros.

Esa manifestación ideológica se extendió en los años 60-80 del siglo pasado en América del Sur, especialmente entre algunos sacerdotes que cerraron los ojos a una realidad: la hoz y el martillo no sólo era símbolo de trabajo, era también, por el origen comunista, símbolo de lucha de clases, de odio social, de dictaduras políticas totalitarias, de persecución religiosa, de ateísmo etc., etc.

Por desgracia, la hoz y el martillo enarboladas por los comunistas, marxistas, en tantas partes del mundo, traen a la memoria de la humanidad los campos de concentración y exterminio llamados gulag, en ruso; los asesinatos de los Kulaks (la matanza de los campesinos ukranianos en los años 30, entre 3 y 4 millones y medio de personas asesinadas); el exterminio de los “enemigos de clase”, y de tantos sacerdotes y creyentes en Dios, exclusivamente por serlo.

¿Era necesaria esa representación −históricamente falsa− de la Cruz de Cristo, para decir al mundo que la Iglesia es de todos los hombres, de todos los trabajadores que comen el pan con el sudor de su frente, de todos los campesinos que manejan la hoz para recoger los frutos de sus cosechas, de todos los obreros que manejan el martillo para ensamblar las piezas de un navío, los pilares de un edificio,…?

La crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo es un hecho real, histórico. Cristo clavado en la Cruz, así permanece desde aquel día en el Calvario. Y así lo ha anunciado la Iglesia y lo seguirá anunciando hasta el fin de los siglos. A sus pies, tantas coronas reales, tantos escudos partidistas, tantos emblemas de intereses sociales, culturales, políticos, económicos, yacen acumulados, unos redimidos, otros muertos y podridos.

La Cruz no admite ninguna representación “reductiva” de la muerte del Crucificado: no se ha muerto por unos o por otros; se ha muerto por todos. Y no admite tampoco cualquier intento de apropiación que pretenda hacer cualquier ideológica del tipo que sea.

Dejemos a Cristo clavado en la Cruz, y Resucitado, y no le mezclemos jamás con un interés político, con un movimiento social, con una corriente ideológica Y enterremos el marxismo-comunismo, y la secuela de terror que ha sembrado en el mundo. Devolvamos la hoz y el martillo a las manos de obreros y campesinos; y el Señor las bendecirá desde la Cruz

Ernesto Juliá Díaz, en religionconfidencial.com.

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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