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LA CAÍDA DEL HALCÓN NEGRO

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“Desde un comienzo critiqué la arrogancia e impericia política de Rodrigo Peñailillo. Pero una cosa son las naturales discrepancias que uno pueda tener con un ministro, y otra muy distinta es considerarlo un forajido y alejarse de él como si tuviera la peste…”

Si muchas veces se ha dicho que el PPD no es más que una máquina de poder, en estos días esa impresión se ha confirmado al ver cómo arrojan al basurero esa pieza incómoda que se llama Rodrigo Peñailillo. La Nueva Mayoría le debe a él casi todo, como debería reconocer quienquiera que recuerde el estado calamitoso en que se hallaba la Concertación hasta bien avanzado el gobierno de Piñera. Hoy, sin embargo, le dan la espalda, comenzando por su propio partido.

La tesis que justifica esta traición es singularmente peregrina. Parece como si un día se le hubiera ocurrido a Peñailillo la exótica idea de que era posible sacar a la izquierda de las cenizas y que Bachelet podría volver a la Presidencia. Todo lo que habría hecho de allí en adelante habría sido “a título personal”. Si la versión del PPD es verdadera, entonces Peñailillo es un genio de la política y su partido es tan torpe que no es capaz de reconocerlo. Pero si la explicación es falsa, nos encontramos en presencia de una canallada. En ambos escenarios el PPD queda muy mal parado.

Desde un comienzo critiqué la arrogancia e impericia política de Rodrigo Peñailillo. Pero una cosa son las naturales discrepancias que uno pueda tener con un ministro, y otra muy distinta es considerarlo un forajido y alejarse de él como si tuviera la peste.

Tras la actual condena pública a Peñailillo se esconde un error jurídico grave. Las leyes tributarias no son como las normas del Código Penal. Todos entendemos qué significa matar a alguien, secuestrar o incendiar. En materia de impuestos, en cambio, las cosas no son tan sencillas; por eso, estas leyes van acompañadas de la interpretación del SII, que ayuda a los ciudadanos a delimitar lo permitido de lo prohibido. Sucede, sin embargo, que en la época en que Peñailillo realizó los actos cuestionados, el SII consideraba que si los pagos no estaban justificados caían en la categoría de “gastos rechazados”: en ese caso había que pagar el impuesto y una multa. Hoy, empero, la emisión de boletas sin el respaldo de un trabajo efectivamente realizado es considerada un acto delictual.

Ahora bien, no parece justo aplicarle al ex ministro ese nuevo criterio con un carácter retroactivo: el Sr. Peñailillo está muy lejos de ser un delincuente.

Pero hay más. Es posible que la actitud del PPD no se explique únicamente por el deseo de marcar distancias con una persona caída en desgracia. Sucede que Peñailillo es una figura incómoda, porque, además de ser el prototipo de la meritocracia, viene de regiones y no le debe su vida política a las redes santiaguinas. Como nuestra izquierda puede ser muy clasista (en un sentido menos aparente pero aún más refinado que la derecha), la casta izquierdista dominante nunca miró bien a este personaje que no respondía a sus cánones y que, para colmo, tenía un acceso privilegiado a la Presidenta.

Desde el primer día Peñailillo fue criticado por sus trajes (bastante más modestos que los de buena parte de sus detractores) y hasta por su peinado, lo que resulta, cuanto menos, insólito. Además, para algunos, resultaba sencillamente insoportable la sola idea de que alguien como él se hubiera encumbrado tan rápido en tan poco tiempo. Puede haber sido un mal ministro, pero cumplió con todos sus objetivos en apenas un año (eliminación del binominal, del FUT y del lucro en la educación, entre otros), de modo que más bien habría que decir que fue un excelente ejecutor de un programa criticable. Los reproches deberían venir de parte de quienes no pensamos como él, porque su gente debería aplaudirlo. No hay que extrañarse, entonces, de que sean precisamente los grandes de la Concertación (Bitar y Vidal, hoy relegados a un segundo plano) los pocos que hayan salido en su defensa.

La izquierda ha sido mezquina con Peñailillo, pero también corta de vista. En su obsesión por “blindar” a Bachelet hundiendo a su más cercano colaborador en una ciénaga moral, no se dan cuenta de que la paciencia de la gente tiene su límite: citado a declarar, él podría sentirse liberado de unas lealtades que no han sido correspondidas. No perciben que Peñailillo tiene municiones que podrían destruir cualquier blindaje. O quizá sí, tal vez se dan cuenta, pero saben que están en presencia de un hombre de lealtad infinita. Y por eso abusan de él.

Columna de Joaquín García- Huidobro. El Mercurio, 31-06-2015

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