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PARA LOS QUE PAGAN EL PUCHERO

PARA LOS QUE PAGAN EL PUCHERO

PARA LOS QUE PAGAN EL PUCHERO

Gerardo Varela: “Nada genera más aplausos que la promesa de un nuevo servicio gratuito, que de gratuito no tiene nada. Me recuerda los aplausos de mis niños…”

Tengo que excusarme desde ya con mis lectores por lo breve de esta columna, pero tengo que irme a trabajar para pagar el puchero. Es que escuché con atención el discurso de nuestra Presidenta y no pude dejar de acordarme de mi tío Jorge, a quien con cariño lo llamamos mi “tío George”.

Mi tío George es uno de los más grandes tribunos que ha producido este país: radical de tomo y lomo, gran abogado y mejor orador. Como buen radical, en su casa nunca se pasaba hambre. Entre él y su querida esposa, mi tía Carmen, se apiadaban de cuanta alma hambrienta visitaba su casa.

Un día en un gran almuerzo, donde servían un magnífico puchero, plato chileno cada vez más olvidado, todo el mundo empezó a brindar con un buen vino, por la dueña de casa primero, por lo linda de la mesa después, por la decoración, etcétera. Concluidos los brindis, se produjo un silencio y mi tío George levanta la copa, hace una pausa, nos mira a todos, y brinda por “el h… que paga el puchero”.

Hubo mucha risa, pero algo de vergüenza, porque a todo el mundo se le había olvidado brindar por el que con su trabajo diario hacía posible todo lo demás.

Me gustó el discurso del 21 de mayo. Me gustó el tono, más conciliador, menos arrogante, más convocante que el del año pasado. Pero nuestros gobernantes siguen usando el 21 de mayo para hacer un despliegue de iniciativas que crean más organismos estatales; reconocen el mal funcionamiento de los ya existentes y prometen cambiarlos por unos nuevos que ahora sí van a funcionar bien; regalan con el dinero de los otros, más prestaciones gratuitas y de calidad, que sabemos que cuando son gratuitas rara vez son de calidad, sobre todo en un país pobre.

Nada genera más aplausos que la promesa de un nuevo servicio gratuito, que de gratuito no tiene nada. Me recuerda los aplausos de mis niños cuando en vez de contarles que he ahorrado para mi vejez, les digo que he ahorrado para pegarnos un viajecito. Me hago un papá popular instantáneamente, no importa que eso signifique que cuando sea viejo me van a tener que mantener ellos. Son los robos intergeneracionales en que se especializa la política.

Como yo no soy anciano, infante, enfermo, los daños de los terremotos me los pago solo, no soy pueblo originario, sindicalista, etcétera, no hay nada para mí. Soy un abogado, padre de familia, que trabaja todos los días para costear el puchero de su familia y ahora todos los nuevos pucheros que tendremos que financiar.

Usted pensaría que para los que trabajamos y pagamos impuestos habría alguna palabra de agradecimiento o al menos una que reconozca que existimos y hacemos posible todo el resto, pero no hubo ninguna. Siendo esto así, me voy a trabajar esperando que el próximo 21 de mayo la Presidenta, junto con anunciar los nuevos ministerios que se crean, los antiguos que se modifican porque no funcionan y los nuevos gastos de servicios gratuitos y de calidad que se otorgarán, brinde por los “h… que pagamos el puchero”.

Columna de Gerardo Varela Alfonso. El Mercurio, 22-05-2015

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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