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GRAFITEROS

GRAFITEROS

GRAFITEROS

Alfredo Jocelyn- Holt: “no resulta extraño que, en los primeros informes sobre el incidente terrible del otro día en Valparaíso que cobrara la vida a dos jóvenes, se apuntara a un enfrentamiento entre grafiteros y vecinos (el acusado -conste- otro joven). Hubo quienes, en medio de la confusión, atribuyeron incluso la discusión a pandillas.

Los hechos transcurrieron después de una marcha estudiantil, lo cual se prestó para, además, aprovechamiento político. Es decir, el escenario es de esos que generan especulaciones aunque, quizás, el asunto sociológicamente hablando sea más patente (otra cosa la conclusión a que ha de llegar la Justicia). ¿No será que, hace rato, estamos ante un cuadro de alta conflictividad social, de la cual nuestras grandes ciudades son su máxima expresión visible, por tanto, algo de conciencia -vaga y todo, pero conciencia- de lo que está pasando frente a nuestras narices tenemos, por mucho que nos hagamos los recién avisados?

La escena funesta sucedió en nuestra segunda principal ciudad, en un sector difícilmente más céntrico, la fuerza pública brillando por su ausencia. Es decir, un cuadro, de por sí, premonitorio, de mal agüero. Un lugar ya no tan público (que debiera serlo) como de nadie, venido a menos, abandonado, donde se disputan -a ciertas horas del día y en ciertas circunstancias- territorios, para lo cual, ya antes, hay quienes preparan el tablado. Y es que aquí entran en escena los grafiteros, antes incluso que puedan ser objeto ellos también de violencia inmerecida. En efecto, en tierra de nadie, nadie está a salvo. Las demandas de posesión de pandillas dan lugar, a lo sumo, a meras pretensiones de pertenencia, y cada vez que eso ocurre convierten la escena urbana en una selva donde prima el más fuerte.

No es que quiera criminalizar una actividad que algunos estiman poco menos que “arte”. Lo puede ser y, de hecho, en Valparaíso, hay muestras muralistas notables de ello. No es a esa dimensión plástica que hago referencia sino a variantes más dudosas, primarias. A aquellas “expresiones” gráficas que ante todo lo que pretenden es “marcar” y “hacer propio” lo no propio pasando a llevar dominios y disfrutes ajenos o comunes hasta ahora indisputados (la calle y, a veces, viviendas privadas). Ocurre con los “tags” de aerosol (firmas anónimas), “vómitos” (“throw-ups”), runas y “pixaçãos” en edificios de altura, técnicas que se conocen desde los años 60, muy de subculturas “hip hop”, ahora último de “okupas”, todas ellas rebeldes y reivindicativas, que así como aparecen despiertan reacciones en su contra; por de pronto, temores de vecinos que no quieren ver sus propiedades y barrios devaluados, marcados, tomándose también ellos la ley del más fuerte en sus manos.

No es raro que ésta haya sido la primera impresión que se tuvo tras lo ocurrido en el puerto. Esta escenografía urbana nos es familiar. No tiene por qué serlo. En Nueva York, donde han resuelto en buena parte el problema aplicando medidas severas, hay que ir a museos para ver estas “obras de arte”.

Blog de Alfredo Jocelyn-Holt. La Tercera

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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