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MÁS SOBRE ORTOGRAFÍA

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La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebaste loz antehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelo kon abianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

Héctor Abad Faciolince | Elespectador.com| Colombia, 16-05-2015

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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