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LA BELLEZA Y LA BONDAD DEL MATRIMONIO, por el Papa Francisco

LA BELLEZA Y LA BONDAD DEL MATRIMONIO, por el Papa Francisco

LA BELLEZA Y LA BONDAD DEL MATRIMONIO, por el Papa Francisco

El mejor modo de mostrar al mundo de hoy la belleza y la bondad del matrimonio es el testimonio de vida de los mismos esposos y de la familia” afirmó el Papa en la Audiencia general de este miércoles

Queridos hermanos y hermanas:

La presencia de Jesús en las bodas de Caná nos revela de modo nuevo la bondad y dignidad del matrimonio a los ojos de Dios. Se trata de un mensaje cuya vigencia es más actual que nunca, precisamente en estos momentos en que en tantos países aumentan las separaciones y desciende el número de matrimonios. Debemos reflexionar seriamente para comprender por qué los jóvenes de hoy no quieren casarse, a pesar de que casi todos desean una seguridad afectiva estable y un matrimonio sólido. Junto a otras causas, hay un miedo a equivocarse y fracasar que impide confiar en la gracia que Cristo ha prometido a la unión conyugal.

El matrimonio consagrado por Dios protege esa unión entre el hombre y la mujer, que el mismo Dios ha bendecido desde la creación del mundo, y que es fuente de paz y de bien para las personas y para la sociedad. Los esposos que se casan en el Señor se transforman así en un signo eficaz del amor de Dios en el mundo. El mejor modo de mostrar al mundo de hoy la belleza y la bondad del matrimonio es el testimonio de vida de los mismos esposos y de la familia.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México, Costa Rica, Nicaragua, Uruguay, Chile y otros países latinoamericanos. Pidamos a la Virgen María que interceda por todos los esposos, especialmente por los que pasan por dificultades, para que vivan su matrimonio como un signo eficaz del amor de Dios. Muchas gracias y que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Nuestra reflexión sobre el plan originario de Dios sobre la pareja hombre-mujer, después de haber considerado las dos narraciones del Libro del Génesis, se dirige ahora directamente a Jesús. El evangelista Juan, al comienzo de su Evangelio, narra el episodio de las bodas de Caná, en la que estaban presentes la Virgen María y Jesús, con sus primeros discípulos (cfr. Jn 2,1-11). Jesús no solo participó en aquella boda, sino que ¡salvó la fiesta con el milagro del vino! Así pues, el primero de sus signos prodigiosos, con los que revela su gloria, lo realizó en el contexto de una boda, y fue un gesto de gran simpatía para aquella nueva familia, solicitado por la premura materna de María. Y esto nos hace recordar el libro del Génesis, cuando Dios termina la obra de la creación y realiza su obra maestra; la obra maestra es el hombre y la mujer. Y aquí Jesús comienza precisamente sus milagros con esta obra maestra, con un matrimonio, en una fiesta de bodas: un hombre y una mujer. Así nos enseña Jesús que la obra maestra de la sociedad es la familia: ¡el hombre y la mujer que se aman! ¡Esa es la obra maestra!

Desde los tiempos de las bodas de Caná tantas cosas han cambiado, pero aquel signo de Cristo contiene un mensaje siempre válido. Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva en el tiempo, en las diversas estaciones de la vida entera de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos; esto es un hecho: los jóvenes no quieren casarse. En muchos países aumenta en cambio el número de separaciones, mientras disminuye el número de hijos. La dificultad para estar juntos −ya sea como pareja o como familia− lleva a romper los lazos con cada vez mayor frecuencia y rapidez, y precisamente los hijos son los primeros en sufrir las consecuencias. Pues pensemos que las primeras víctimas, las víctimas más importantes, las víctimas que sufren más en una separación son los hijos. Si experimentas desde pequeño que el matrimonio es un vínculo a tiempo parcial, inconscientemente para ti será así. En efecto, muchos jóvenes acaban por renunciar al proyecto mismo de un vínculo irrevocable y de una familia duradera. Creo que debemos reflexionar con gran seriedad porqué tantos jóvenes no se animan a casarse. Existe esta cultura de lo provisional…, todo es provisional, parece que no haya nada definitivo.

Que los jóvenes que no quieren casarse es una preocupación que surge a día de hoy: ¿Por qué los jóvenes no se casan? ¿Por qué a menudo prefieren una convivencia, y tantas veces con responsabilidad limitada? ¿Por qué muchos −incluso entre bautizados− tienen poca confianza en el matrimonio y en la familia? Es importante procurar entenderlo, si queremos que los jóvenes puedan encontrar el camino justo que deben recorrer. ¿Por qué no tienen confianza en la familia? Las dificultades no son solo de carácter económico, aunque estas sean ciertamente serias. Muchos consideran que los cambios de los últimos decenios se han puesto en marcha por la emancipación de la mujer. Pero tampoco este argumento es válido. ¡De hecho, es una injuria! ¡No, no es verdad! Es una forma de machismo, que siempre quiere dominar a la mujer. Volvemos a hacer el ridículo que hizo Adán cuando Dios le dijo: ¿Por qué has comido del fruto del árbol?, y él: Ella me lo dio. Y la culpa es de la mujer. ¡Pobre mujer! ¡Hay que defender a las mujeres!

En realidad, casi todos los hombres y mujeres querrían una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. La familia es la primera en todos los índices de aceptación entre los jóvenes; pero, por miedo a equivocarse, muchos no quieren ni pensarlo; aun siendo cristianos, no piensan en el matrimonio sacramental, signo único e irrepetible de la alianza, que se convierte en testimonio de la fe. Quizá precisamente ese miedo a equivocarse es el obstáculo más grande para acoger la palabra de Cristo, que promete su gracia a la unión conyugal y a la familia.

El ejemplo más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. ¡No hay mejor modo de decir la belleza del sacramento! El matrimonio consagrado por Dios protege ese vínculo entre el hombre y la mujer que Dios ha bendecido desde la creación del mundo; y es fuente de paz y de bien para toda la vida conyugal y familiar. Por ejemplo, en los primeros tiempos del Cristianismo, esta gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado entonces absolutamente normal, o sea el derecho de los maridos a repudiar a sus mujeres, incluso por los motivos más engañosos y humillantes. El Evangelio de la familia, el Evangelio que anuncia precisamente este sacramento ha derrotado esa cultura del repudio habitual.

La semilla cristiana de la radical igualdad entre los cónyuges debe hoy dar nuevos frutos. El testimonio de la dignidad social del matrimonio será persuasivo justo por ese camino, el camino del ejemplo que atrae, el camino de la reciprocidad entre ellos, de la complementariedad entre ellos.

Por eso, como cristianos, debemos ser más exigentes a este respecto. Por ejemplo: sostener con decisión el derecho a la misma retribución por el mismo trabajo. ¿Por qué se da por descontado que las mujeres tienen que ganar menos que los hombres? ¡No! Tienen los mismos derechos. ¡La disparidad es un puro escándalo! Al mismo tiempo, reconocer como riqueza siempre válida la maternidad de las mujeres y la paternidad de los hombres, en beneficio sobre todo de los niños. Igualmente, la virtud de la hospitalidad de las familias cristianas reviste hoy una importancia crucial, especialmente en las situaciones de pobreza, degrado o violencia familiar.

Queridos hermanos y hermanas, no tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su Madre María. Los cristianos, cuando se casan en el Señor, se trasforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan solo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad. De esta hermosa vocación del matrimonio cristiano hablaré también en la próxima catequesis.

Traducción de Luis Montoya.

Fuente: romereports.com y vatican.va.

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