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ANTE EL SÍNDROME POST-ABORTO

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ANTE EL SÍNDROME POST-ABORTO

Lillian Calm escribe: “Los orientales son sabios, muy sabios, y tenemos demasiado que aprender de ellos. Es por esto que considero un deber (aunque un deber irrelevante, porque serán muchos los niños a los que se les sesgará la vida) sugerirle a los parlamentarios chilenos que (…) legislen también de inmediato para financiar la expropiación o cesión de un terreno donde puedan concurrir las madres de todos esos futuros chilenos que vayan a ser abortados”.

Sabiduría Oriental” se titulaba una columna que escribí hace apenas unos meses.

Fue inmediatamente después del viaje pastoral del Papa Francisco a Corea, donde se detuvo unos minutos a rezar en el Jardín de los Niños Abortados.

El profesor de la Escuela del Amor de Kottongnae, Kim Doh Woo, explicaba que “aquí rezamos por los bebés que fueron asesinados por sus padres por medio del aborto”. Agregaba que “muchas personas visitan este lugar y rezan por su bebé o por los bebés de otros”.

Yo casualmente acababa de leer un testimonio sobre un lugar muy similar a ése, pero en palabras no de un coreano sino de un japonés.

Uno de los capítulos del libro “Los cerezos en flor”, escrito por José Miguel Cejas, incluye la visión de Shoji Tateishi, médico pediatra que dirige una pequeña clínica en Kioto. Señala que allá, al igual que en las sociedades occidentales, hay médicos que cuando descubren una malformación en el niño por nacer, sólo sugieren el aborto.

Y explica: “Esto no significa que todos los médicos japoneses sean abortistas, pero a muchos les faltan convicciones firmes…”, y algunos piensan “que el niño mientras permanece en el seno materno, no es un ser humano”. Agrega que “esto además de ser falso, se opone a nuestras raíces culturales, porque tanto el budismo como el sintoísmo consideran al ‘nasciturus’ -término latino que significa ‘(el que) va a nacer’- como un ser humano”.

Luego relata que cerca de su clínica, en una ladera, hay un templo budista que “no es uno de esos lugares famosos que suelen visitar los turistas cuando vienen a Kioto”. Es un lugar sencillo “con cientos de imágenes pequeñitas. Estas estatuillas representan a los ‘niños de las aguas’, es decir, a los niños que fueron arrancados violentamente del seno materno por medio del aborto”.

El pediatra japonés agrega que ahí acuden muchas mujeres jóvenes y mayores para procurar liberarse (nunca se consigue), por medio de la oración, del trauma psíquico de haber abortado.

En la entrada hay un cartel budista que les recuerda que deben pedir perdón y orar por esos niños a los que negaron la posibilidad de vivir”, comenta.

Sigue un párrafo desgarrador: “En otros templos, las mujeres inscriben sus nombres en las estatuillas (que representan a sus hijos abortados), las visten con ropas de bebé, y les llevan juguetes y dulces para intentar aliviar sus sufrimientos”.

Esos son los sufrimientos de las madres, sufrimientos que “nunca cicatrizan”, dice Shoji Tateishi.

Es el llamado síndrome post-aborto.

Los orientales son sabios, muy sabios y tenemos demasiado que aprender de ellos.

Es por esto que considero un deber (aunque un deber irrelevante, porque serán muchos los niños a los que se les sesgará la vida para siempre) sugerirle a los parlamentarios chilenos que estén decididos ya sin vuelta a votar por la legalización del aborto, cualquiera sea el apellido que le pongan, terapéutico o no terapéutico, que por si obtuvieran mayoría, legislen también de inmediato por otra iniciativa. Ésta es financiar la expropiación o cesión de un terreno donde puedan concurrir las madres de todos esos futuros chilenos que vayan a ser abortados.

Allá podrán llevarles simbólicamente –porque esos seres irrepetibles ya no vivirán- quizás globos, juguetes, dulces (como lo hacen en otros países) y, tal vez, ello les permita paliar aunque sea en una medida ínfima ese trauma post-aborto que las perseguirá por siempre.

La propia Presidenta Michelle Bachelet pidió hace sólo unos días discutir la iniciativa legal con “altura de miras”, es decir (la cito), “con información, escuchando a todos y todas…”.

¿Por qué entonces escuchar un solo parecer?

Impresionan las manifestaciones de tantos y tantos chilenos que han salido a la calle a defender la vida.

Es la vida de un chileno por nacer, que no es –como se lo trata de hacer aparecer- un mero apéndice de su madre.

Curioso no comprenderlo.

Lillian Calm

Periodista

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