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EN LA DERECHA HAY UN DISCURSO DE SECTA

EN LA DERECHA HAY UN DISCURSO DE SECTA

EN LA DERECHA HAY UN DISCURSO DE SECTA

Autor de uno de los libros políticos más comentados del último tiempo, La derecha en la crisis del Bicentenario (UDP), Hugo Herrera advierte sobre la crisis terminal que amenaza a la oposición por su falta de relato. Y dice que si Piñera regresa a la Moneda sin renovarse, podría ser “una mala segunda parte”.

Hugo Eduardo Herrera es un viñamarino clásico: hincha del Everton, estudió en los Padres Franceses y en la U. de Valparaíso, y tiene casa en Olmué, donde nos recibe poco antes de terminar sus vacaciones. Fuera del mundo académico, quizá su nombre no diga mucho al lector común, pero es una de las voces intelectuales más ascendentes de la derecha. Sus ideas son citadas por los principales analistas y generan debates en la sección de cartas de El Mercurio. No pocas veces han causado escozor: hace tiempo, un texto suyo le costó su trabajo como columnista en un diario en el que entonces colaboraba.

Herrera, que nació en 1974, no tenía edad para votar en 1988, pero estaba por el Sí, igual que su familia. Dice que había un contexto de miedo que tiende a subvalorarse. “Cuando niño, mi abuela me contaba que amigos suyos habían sido asesinados por el Mir a sangre fría. Estaba el FPMR operando, se suspendían las clases por bombas, las protestas eran violentas. Todo eso te llevaba a pensar que si ganaba el No, vendría el cuco”.

¿Y hoy votaría distinto? “Obvio, porque conozco lo que vino después. En esa época, Aylwin me caía muy mal, pero uno mira a Aylwin hoy y es un padre fundador de la democracia contemporánea. Vistos los resultados y todo lo que se ha sabido de los DDHH, hubiese estado con la oposición, pero es un ejercicio artificial. Pasó lo que pasó”.

Herrera acaba de publicar un libro, La derecha en la crisis del Bicentenario (UDP), que debe estar entre los textos políticos más potentes del último tiempo. En él hace un duro análisis del momento que afecta a su sector, pero no sólo eso: también propone un campo de acción. Los intelectuales, según su punto de vista, no sólo deben comentar la realidad, sino también actuar en ella.

Doctor en Filosofía por la Juluis-Maximilians-Universität (Würzburg) y actual director del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales, cree que el país enfrenta una encrucijada. “Hay una crisis espiritual. Es más amplio que un problema moral. Hay crisis porque no hay un sentido para la vida. Se ven coincidencias notables con la crisis del Centenario, que parte en 1891 con la caída de Balmaceda, mientras que la transición parte el 90. Las manifestaciones de los estudiantes fueron el 2011; y curiosamente en 1912 hubo un congreso nacional de enseñanza secundaria, que produjo un gran debate. La oligarquía estaba en la mira y aparece la izquierda fuerte con Recabarren. En fin, hay muchas analogías”.

Aunque hoy está alejado de la política activa, fue vicepresidente nacional de la juventud de la UDI; y entre 1997 y 1998 miembro de la Comisión Política. “Me identificaba especialmente la figura de Jaime Guzmán. En ese sentido, podría incluirme en las filas de los “cristianos liberales”, aunque con un énfasis menos ortodoxo en lo económico. Poco a poco, tanto la actitud de la UDI (poco reflexiva en su liberalismo económico, defendido por una mezcla de moral del mérito y eficiencia utilitaria, cuando no por simple conveniencia), cuanto los efectos de las campañas políticas (también el ‘cosismo’, pero, sobre todo, un espíritu ‘exitista’) me fueron desafectando. Luego estuve cuatro años en Alemania y allí la cosa alcanzó un punto de inflexión: pude comparar el tipo de política y de derecha de allá y de acá”.

Al volver, sin embargo, fue contactado por Ignacio Rivadeneira para participar en la campaña de Piñera. Allí planteó la necesidad de armar un relato, cuyo eje fuera la educación. Obviamente, no fue escuchado. “Después de la guerra todos son generales, pero yo planteé establecer un sistema nacional de educación superior, con universidades de excelencia en cada región o zona del país. Que la educación fuera la bandera de la campaña, como lo fue con Pedro Aguirre Cerda”. Respecto al lucro, señala: “Se cambió la figura, pero sigue existiendo. Antes era a través de las inmobiliarias; ahora hay un sistema en que te venden facturas por cobrar”.

Para algunos analistas, hoy la derecha es una especie al borde de la extinción. ¿Qué significa ser de derecha hoy?

-En la derecha lo que predomina es un discurso anacrónico, de guerra fría, que se sigue aplicando a 25 años de la caída del Muro, cuando existía la URSS, y tenías al frente un enemigo claro, que era peligroso. Tenía sentido generar lealtades en vastas capas de la población promoviendo una pequeña burguesía, expandir la libertad en el ámbito económico para generar complicidades. Tenía sentido una subsidiaridad entendida puramente en un ámbito negativo, la democracia protegida. Tenía sentido desarmar los ferrocarriles del Estado porque te podían parar el país, y tenía sentido desarmar el sistema universitario nacional, porque la Universidad de Chile estalló en mil universidades, y algunas de ellas de mala calidad.

-¿Ya no hace sentido el discurso de Guzmán?

-Yo creo que no. La grandeza de una generación política, y esto vale tanto para la izquierda como para la derecha, es lograr comprender la situación sin caer en dos extremos: el fanático que aplica el discurso sin matices y el esteta, que se siente obnubilado por la infinita riqueza de la realidad y no sabe qué hacer. Al político se le pide abrirse a esa posibilidad infinita, pero darle una orientación que le haga sentido. Eso la derecha lo hizo de alguna manera en el pasado. La última vez que tuvo un discurso exitoso fue con el chicago-gremialismo. Pero hoy, con ese discurso no logramos hacer esa comprensión. Cuando hay que discutir ideas y temas de fondo, la Alianza se calla, no penetra en la discusión. O cae en la batahola, en la escaramuza chica.

-¿No se ha adaptado a los tiempos?

-El país ha cambiado mucho, para bien y para mal. Nuestro sistema económico está llegando a un límite, nuestras empresas no son innovadoras, no inventan. ¿Dónde está la creatividad? Hacemos barras de cobre. Pero no mucho más que eso. La productividad marginal del trabajo está decreciendo: aunque los chilenos trabajen el doble no va a aumentar ostensiblemente la riqueza, y eso es fatal, porque el modelo de desarrollo que tenía Chile, que armó Pinochet, está llegando a sus límites. Esto no da para más. Hay que incentivar la imaginación, industrias más creativas, hay que mejorar la distribución del ingreso. Esto no es sólo culpa de la derecha, también la Concertación es parte de la responsabilidad.

Nuevo ciclo y romanticismo político

-En su libro compara la fascinación de líderes de la Nueva Mayoría por la tesis del nuevo ciclo con los que se guían por el calendario maya…

-(Se ríe) Sí, pero el concepto no deja de ser interesante. Por supuesto, si por cambio de ciclo se entiende una interpretación que justifique dar el paso desde la Concertación a la Nueva Mayoría, es pura challa. Pero si por cambio de ciclo, uno entiende que hay factores que provocan un desajuste entre el elemento popular y su forma de organización política, tiene valor. La institucionalidad generada para la época de la Guerra Fría no funciona hoy, nos está generando incomodidades severas. No estamos en un proceso revolucionario, lo que hay es un romanticismo político, frases para la galería.

-¿Incluye a Giorgio Jackson o a Alberto Mayol en ese romanticismo?

-Claro. El libro de Mayol, El derrumbe del modelo, no es malo, pero la puesta de escena termina anulando los resultados, que son mucho más modestos que los que plantea al inicio. Termina abogando por un poco más de parlamentarismo: el sistema económico no va a cambiar, el sistema democrático tampoco, entonces no hay derrumbe del modelo.

-¿Y qué le parece el aporte de la bancada estudiantil?

-Si uno compara a estos muchachos con la vieja Concertación, la verdad es que hay una distancia. Son tipos despiertos, con sentido de oportunidad, bien formados –la Camila seguramente tuvo clases de retórica– pero no cuentan con el peso que tenía la generación anterior. Por eso es tan grave que la hayan ido excluyendo. Brunner está en el ostracismo. Eso es grave para la democracia.

Tiempos de cambalache

-¿El caso Dávalos abre una oportunidad para el sector?

-Genera un empate, pero la derecha necesita algo más, porque con el empate estamos perdiendo. El tema Dávalos, el caso Penta-Soquimich son graves para todo el sistema. Nos transformamos en una república bananera, corrupta, un país inviable. Más allá del detalle de los casos, me preocupa el problema humano que hay detrás. Se está traicionando la razón de ser de la política. La izquierda tiene una tradición, desde Luis Emilio Recabarren hasta el suicidio de Allende, de integridad moral, de fidelidad a ciertos principios. Se la está tirando a la basura. Pero Dávalos es una anécdota.

-¿Es más grave lo de Penta?

-Mucho más grave. Porque tienes gente que sabe que lo que hace y que opera habitualmente en ese contexto. Como en la izquierda, también se rompe una tradición. La derecha tuvo mucho tiempo la idea de probidad, de preocupación porque el gasto sea reducido, austero. En la UDI existía una opción por los pobres, con mártires como Simón Yévenes. ¿Qué sentido tuvo haberse ido a trabajar a las poblaciones cuando tenemos hoy un partido que está trenzado con los intereses económicos? ¿Dónde queda esa mística? La pérdida de esa mística tiene que ver con la pérdida de discurso. Cuando no sabes por qué estás actuando en política, al final los intereses priman. Empiezas a buscar lo que te conviene. Ya no hay por qué sacrificarse ni cómo darle sentido a tu vida.

-Gonzalo Rojas propone volver a rescatar el mensaje de Guzmán.

-No es la solución. Su discurso fue pertinente en el pasado, de hecho Jaime Guzman iba con ese discurso a las poblaciones y convencía a la gente. En los 70 logró articular junto con la DC a los mineros de El Teniente, a la federación de Estudiantes de la Católica, a muchos centros de alumnos de la U. de Chile y darle a Allende la oposición más eficaz, que no fue la de los militares, que vinieron al final. Todo eso tenía sentido en su época, pero hoy día ya no significa nada.

-¿La derecha debe abrirse a temas que tradicionalmente han sido banderas de la izquierda?

-La derecha tiene cuatro tradiciones: una tipo UDI, de moral cristiana y liberal en lo económico (que es una tensión, porque Cristo vino a predicar el amor al prójimo y Adam Smith habla de que la codicia es el motor de la vida social). Hay otra derecha que es cristiana y social, tipo CDU alemana; están los liberales laicos y una derecha nacional popular. Dentro de esas cuatro tradiciones, lo que se ha impuesto es la que se instala con el discurso de Chicago, que vino a cambiar el debate económico de los años 60 y 70. Para la derecha chilena es anatema hablar de Estado de Bienestar. Resulta que en Alemania el Estado de bienestar es administrado por la derecha.

-Hasta Rajoy ahora defiende el Estado de bienestar…

-Claro. La protección social o el fortalecer la pequeña industria no es que no sean ideas de derecha, sino de una en particular, que es la que ha tenido mayor éxito en Chile en el último tiempo. Y ojo: esa derecha Chicago-gremialista no es la de Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards, Mario Góngora, que son los grandes pensadores de la derecha. No hay que mezclar las circunstancias de la derecha chilena pos golpe y transicional con lo que es ella tanto en Chile en el pasado como en el mundo. Un social cristiano en Europa es derecha y forma partidos populares en alianza con los liberales. La CDU y la CSU alemanas son de derecha y creen en un Estado fuerte.

-¿El Estado en su mínima expresión es un dogma?

-Se piensa ciegamente que el Estado es ineficiente y los privados no, creo que hay que estar dispuesto a discutir ese dogma. Los empresarios chilenos son buenos para darse premios entre ellos, como si fueran campeones de algo y está bien, pero, hablando honestamente, las empresas chilenas son muy poco eficientes. En Chile no se produce tecnología de punta, no hay propiamente industria ni ingenio. La ingeniería se aplica a la administración, pero no a procesos de transformación de la materia. Ahí hay un tema.

El fondo del asunto

-Una tesis dice que así como hubo un acuerdo político en la transición, también se gestó un pacto entre el mundo de los negocios y la política para financiar a esta última… ¿un entramado que con Penta se reveló?

-Hay un tema sociológico: la derecha, cuando el marxismo empezó a avanzar a fines de los 60, no tenía discurso que oponerle. También estaba en un momento de crisis. Y el liberalismo económico, la doctrina de Chicago y la escuela austriaca, que son distintas aunque se las confunde, lograron articular un discurso muy eficaz, que era emprendimiento, imaginación, libertad para que haya más riqueza, etc. Y eso muchas personas sin distanciamiento reflexivo lo asumieron como causa personal, la teoría la quisieron llevar a la praxis. El éxito del modelo se comprueba en mí como empresario. Eran tipos que persiguieron la prosperidad como una causa casi religiosa, hay una teología política operando ahí.

-¿Eso lleva a traspasar los límites?

-En esa lógica estás dispuesto a hacer cosas extremas. Uno puede aspirar a tener un poco de dinero para funcionar, mandar a los hijos al colegio, tener un sistema de salud y pensionarse. Ok, pero de ahí a hacer del dinero la causa de tu vida… yo creo que les faltó escuchar a Aristóteles. Habría que investigar hasta dónde llega este tipo de entramados entre política y negocios, y cuándo comenzó. Sin embargo, hay un dato claro: esas fortunas no eran las mismas hace 25 años, fueron creciendo con la Concertación.

-¿Qué debe hacer la derecha, una travesía por el desierto?

-La derecha ha venido perdiendo apoyo popular y corre el riesgo de volverse irrelevante. Con un 20% de votos, no tiene influencia. Mi tema es que eso es un síntoma, que se funda en una causa media y en una causa última. La causa media es la pérdida de presencia en estructuras legítimas de poder, los sindicatos, las poblaciones, las federaciones estudiantiles, los gremios. ¿Dónde corta la derecha hoy? ¿Dónde su opinión vale? En el mundo universitario, poco; en el mundo gremial, poco, porque hasta Navarro se está envalentonando con meterse en la Sofofa. En el mundo de los sindicatos, no existe, y no va a existir mientras no reforme su discurso, que es antisindical. Nos fuimos al sector oriente, ahí estamos parapetados. Me han retado por decir eso, pero es la verdad, me están retando por ser mensajero de malas noticias.

-¿Y cuál sería la causa final?

-La ausencia de discurso. Con el de Jaime Guzmán no tiene sentido armar una organización sindical de derecha. Con ese discurso tampoco tiene sentido plantearse en la época del oligopolio, de la concentración del poder en la capital (risas)… quiero decir en Santiago; no tiene sentido plantearse con un discurso que precisamente ha permitido esos fenómenos. O sea, si no hay una renovación que tome en cuenta la actual realidad, la derecha no va a poder recuperar presencia ni su apoyo popular. Si uno se pregunta por qué este sector no está en las organizaciones intermedias, no es porque los dirigentes sean flojos y estén tomando whisky en la casa. Es porque van a contrapelo todo el tiempo, porque no tienen discurso con el cual convencer.

El factor Piñera

-Algunos culpan al ex presidente de la debacle.

-Piñera hizo lo que pudo. Se vio puesto en la tarea de gobernar y, claro, desde Libertad y Desarrollo lo anatemizaron, por separarse de los 10 mandamientos. Efectivamente, se estaba separando de ellos, porque éstos eran muy precarios: subsidiaridad negativa, protección de la propiedad y democracia protegida. Y con eso, ¿qué podía hacer Piñera hoy? Después, por un asunto de falta de visión prospectiva, se le vino el conflicto estudiantil, y ahí le agarraron el tañido.

-¿La derecha se quedó paralizada?

-Hay que rescatarle a Piñera que a pesar de todo mantuvo el coraje para salir adelante gobernando, y logró cosas que Bachelet ni siquiera sueña, como los índices económicos; bajó la cesantía y la pobreza. Supimos por la Casen que se obtuvieron resultados bastante importantes, a pesar de un escenario muy complicado, de estar en el suelo políticamente. Hay otros que se desmoralizan y se retiran. Piñera no.

-¿Un segundo gobierno de Piñera sería otro paréntesis?

-Estamos en un problema. El escenario político es el siguiente: la renovación intelectual de la derecha es una tarea larga. Creo que Ossandón es más sensible a ese problema. Habla de crisis de la derecha y por supuesto no estuvo metido en el gobierno, lo que le da mayor campo de acción. Por otro lado está Piñera. Si la economía se va al suelo, podría dejarlo en una buena posición.

-¿Quién tiene más posibilidades?

-Aunque tiene más chances que Ossandón, la idea de Piñera de concentrar la política en producir empleo, es reducir la política a la economía, y la política no vive de la economía: se nutre de ideas. Si no sabes poner esas políticas públicas, que han sido muy exitosas, dentro de un contexto discursivo que las justifique, no con marketing, sino a través de un relato, estás condenado a desaparecer. El nivel de discusión de los partidos en este momento no permite dar esa explicación. Piñera se va a enfrentar a desafíos similares al de su primera administración. Probablemente en educación no van a estar tan tranquilos como estaban la primera vez. Piñera es muy inteligente, pero podría ser una mala segunda parte. Hay graves riesgos de que así sea, si es que no se produce esta renovación ideológica.

-Sebastián Edwards escribió que todos los líderes conservadores, desde Lavín a Allamand, tenían que irse para la casa.

-Los que están involucrados en el caso Penta, sí. Hay que prescindir de ellos, porque –si se comprueba– actuaron contra la ley. Hay una generación vinculada al discurso ortodoxo del régimen militar, que naturalmente va a ir perdiendo peso. Pero llamar a prescindir de Allamand y a todo el grupo conservador, es lo contrario de lo que la derecha tiene que hacer. La NM funda su éxito en la capacidad de articular distintas visiones. Hay DC, que creen en la trascendencia humana, y hay materialistas marxistas, dentro de la misma coalición. La derecha tiene que apostar a eso, a incluir sus cuatro tradiciones dentro de un conglomerado. El electorado moderno necesita conglomerados amplios y polifónicos, que reconozcan distintas sensibilidades que negocian y debaten en su interior. En la derecha nos hemos acostumbrado a los dogmas. Conservadurismo moral y liberalismo económico; el resto son díscolos. Hay un discurso de secta. Y eso se tiene que terminar porque, de lo contrario, va a quedar reducida, precisamente, a los límites de una secta. •••

Marcelo Soto. Revista Capital, 06-03-2015

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