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¿HAY UN SER?

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“La legítima decisión de una mujer sobre su cuerpo no libera de la pregunta de si no se trata de algo más: ¿hay o no un ser? No se arribará a puerto alguno recurriendo a los números…”

La Presidenta, cuando era candidata, había anunciado que para la despenalización del aborto había primero que preparar al país por medio de un debate, dando a entender que duraría un tiempo. Ahora, quizás aprovechando la sólida mayoría parlamentaria que los electores y los desvaríos de la derecha le proporcionaron, y apoyada puede ser por una mayoría del país, se ha planteado como un tema de primera y urgente necesidad.

El proyecto se inserta en un cambio cultural que se tradujo en una nueva legislación, a veces necesaria, como la despenalización de la sodomía, a esas alturas algo pintoresco; la igualdad entre hijos legítimos e ilegítimos; la ley de divorcio, etcétera. Ahora cae como un rayo la propuesta sobre el aborto (preanunciada el 21 de mayo), que pertenece a otra dimensión.

La discusión que plantean los defensores deviene en una declaración de guerra cultural, de pugna por imponer valores y apreciaciones por medios legislativos que inevitablemente llevará a forzar las conciencias. No es un punto final; nadie se engaña que la dinámica deriva en legislar en pocos años más por un aborto completamente libre. Los cambios anteriores, desde el fin del delito de sodomía en adelante, son presentados como hitos de un avance indefinido hacia un futuro radiante, como si no hubiera límites en poner fin a toda restricción, en una concepción determinista de la historia, a la vez abierta a lo que depare el azar, suponiendo que siempre será moralmente mejor. Descansar en este supuesto le hace el quite a toda verdadera ponderación de hechos y valores que debiera preceder a una toma de decisión en un terreno tan delicado, y que además no se deja encajonar en un enfrentamiento de gobierno versus oposición.

Ha habido embestidas contra la posición de la Iglesia, que vienen en general de una izquierda dura, mal agradecida para colmo (“Sr. Ezzati”). Y los fuegos se concentraron en la UC y en su rector, el que por la evolución de las cosas ha devenido en estos últimos años en uno de los líderes del mundo católico, algo antes nunca sucedido. Se ha visto cuántas ganas se le tiene a esta universidad por el pecado de haber llegado a ser vanguardia académica. Defiende una postura que ha sido esencial al catolicismo moderno -el aborto inducido es más propio de la medicina moderna- y destaca un principio de otro calibre en comparación con los que eran tocados por las anteriores reformas: ahora es el de la vida más vulnerable.

Soy el último en señalar a una mujer por haber abortado y se entiende que la realidad es siempre imprevisible al ponernos en situaciones excepcionales, no cubiertas por legislación alguna. Ello no quita que el intento de obligar a las instituciones de entidades católicas a ejercer el aborto, como algo muy distinto a los ámbitos tocados por las reformas anteriores, desnuda un deseo íntimo de humillar y quizás inconsciente de privar a la perspectiva católica de justificación última.

Por cierto, si se trata de que no haya abortos -y creo que es la intención de algunos partidarios de la despenalización-, y no simplemente del principio en sí mismo, es decir, del espíritu antes que la letra, quizás el mundo católico debe asumir el control de la natalidad como un medio legítimo y eficaz de prevenirlos.

La legítima decisión de una mujer sobre su cuerpo no libera de la pregunta de si no se trata de algo más: ¿hay o no un ser? No se arribará a puerto alguno recurriendo a los números; la contumacia cuantitativa jamás ofrecerá una solución, aunque ayude a razonar. La ciencia no posee ni poseerá la respuesta definitiva al respecto. Solo una mirada humana, abierta al misterio del origen, puede decidir acerca del comienzo de la vida.

Joaquín Fermandois. El Mercurio, 17-02-2015

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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