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El problema de la natalidad

El problema de la natalidad

El problema de la natalidad
enero 22

Durante mucho tiempo, y basados en las teorías de Malthus y en las propuestas del Club de Roma, muchas personas previeron un verdadero problema mundial asociado al crecimiento indiscriminado de la población. Llegaría un momento, pensaban quienes sostenían estas posturas, que la población crecería de tal manera que sería imposible que la alimentación siguiera el mismo ritmo, lo cual podía reflejarse tarde o temprano en una situación compleja e insostenible de hambre y malas condiciones de vida. Rápidamente surgieron los creativos de siempre, cuyas propuestas en lo esencial se limitaban a detener el crecimiento de la población por distintas vías.

La situación mundial marchó por un camino distinto, y se puede ver con claridad cómo el planeta ha crecido hasta superar los siete mil millones de habitantes (y podría llegar a once mil millones a fines de siglo), pero que cuentan con una riqueza y condiciones de vida muy superiores a las que tuvieron sus antecesores. El paradigma de todo esto es Europa, ahora sin guerras internacionales que los azotaron en dos ocasiones durante el siglo XX y sin las pestes que los acompañaron en otros siglos. Además, sin la miseria que parecía ser su compañera de ruta incluso hasta el siglo XIX y bien entrado el XX, como queda reflejado muy bien tanto en los libros de historia como en las novelas. Así, Europa se transformó en un continente donde no sólo era posible vivir, sino que se podía vivir bien, con posibilidades de trabajo, servicios estatales en áreas sensibles (educación, salud, pensiones) y con bienes materiales inimaginables hace unas décadas. Todo para progresar y para acoger a la población.

¿Y qué pasó? En materia poblacional pasó exactamente lo contrario: el crecimiento se ha contraído y la población parece incapaz siquiera de mantenerse en las condiciones actuales. Podría darse el caso en algunos años o décadas más, que ni siquiera se produzca el cumplimiento de la tasa de reemplazo poblacional. Los europeos viven mejor, viven más años, tienen más bienes y servicios, y sin embargo no se reproducen en la forma que sería esperable.

Esta situación se ve muy claramente reflejada en España, por mencionar un ejemplo que no es exclusivo, pero que sí es ilustrativo de la situación poblacional, que ha mostrado que la explosión demográfica no fue un crecimiento inorgánico de la población, sino más bien una ruptura dramática de las tendencias, una “explosión” destructora de población, que ha llevado a una realidad a comienzos del siglo XXI que podría implicar un gran problema hacia el futuro. Como demuestra el siguiente cuadro, la natalidad en España y los nacimientos han disminuido a lo largo del tiempo, cuestión que se ha manifestado con especial fuerza desde el 2009 en adelante.

El tema, sabemos, es altamente complejo. Hay quienes han dicho que el problema es esencialmente económico, por cuanto hoy sería imposible tener muchos hijos, considerando los costos asociados a la crianza de los niños. Sin embargo, la situación económica de hace décadas era considerablemente más pobre, lo que no impedía tener muchos hijos, aunque con un acceso a bienes y servicios más deficiente. En otras palabras, lo que ha ocurrido es un aumento importante en las expectativas de calidad de vida y en el deseo de una existencia más cómoda, cuestión que sería perjudicada con la llegada de muchos hijos.

Otro tema que ha incidido es, indudablemente, el acceso a mayores métodos de control de natalidad, y también por el aborto, legalizado en la mayoría de los países y que permite dar muerte a los niños antes de nacer. A la larga, sea por métodos anticonceptivos o abortivos, el resultado es el control del crecimiento poblacional.

Un tercer aspecto es la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y, sobre todo, un cambio fundamental en el modo cultural de entender a la mujer en el mundo y de cómo ella se representa en la actualidad. Si durante gran parte de la historia la mujer tenía la función social de procrear y educar a los hijos, en las últimas décadas es evidente que las mujeres se han incorporado, y con gran talento y capacidad, al desarrollo profesional, al mundo laboral en las más diversas áreas, desde la economía a la política, la educación y la salud, la cultura y el deporte. Uno de los resultados de esta evolución es la dificultad de compatibilizar familia y trabajo, lo que ha llevado, entre otras cosas, a la disminución de las tasas de natalidad.

El resultado conjunto de todos estos aspectos ha sido un gran cambio cultural. Hoy la proyección social de la población está asociada a familias con uno, o máximo dos hijos. Es difícil cambiar esta realidad que se encuentra profundamente arraigada entre los europeos, y también presente en otros lugares del mundo. Hace unos meses solamente, recuerdo haber escuchado en un seminario sobre desarrollo en Iberoamérica el siguiente razonamiento: es necesario aceptar e incluso promover la inmigración que existe actualmente en Europa, porque ello es lo que asegura el crecimiento de la población más joven, que es la que debiera mantener a los mayores en el futuro, pues son precisamente los inmigrantes los que tienen más hijos.

El debate se fue por dos lados. Se lograría lo mismo si los españoles o los europeos en general decidieran tener familias con más hijos, pero la respuesta era clarísima: se había producido un cambio cultural de tal magnitud, que en la situación actual es imposible pensar en una solución como esa. De aquí a muchos años más es probable que no se revierta esta tendencia, y diversas fórmulas de promoción de la natalidad no han tenido el éxito esperado y de hecho se han terminado revirtiendo.

Sin embargo, me parece preciso ponernos de acuerdo al menos en un par de cosas. El primer aspecto es la necesidad de comprender que las bajas de natalidad son efectivamente un problema, que podría tener resultados muy negativos para las sociedades del futuro. El segundo elemento es la necesidad de pensar con rigor y proactivamente en políticas públicas que puedan revertir esta situación, muchas de las cuales han fracasado hasta ahora.

Después de todo debemos tener en cuenta que nunca antes en la historia las sociedades gozaron de mayores condiciones económicas para el desarrollo de sus miembros, y que nunca antes hubo mejores condiciones para recibir adecuadamente a los nuevos pequeños que llegan a poblar el mundo.

Alejandro San Francisco
Historiad
El Imparcial
España

 

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