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EUROPA ASESINADA

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“La democracia no sufre merma porque no se publique ese tipo de caricaturas que solo buscan destruir, y que ofenden a ese anónimo marroquí que barre las calles de París y al resto de los más pobres de esa sociedad…”

El asesinato del equipo de Charlie Hebdo entrará a la historia porque muestra, como pocos hechos, las contradicciones de la Europa actual. La semana pasada, muchos decían que las recientes protestas en Centroeuropa contra la islamización eran expresiones de neonazismo. Hoy, esos mismos salen ahora a la calle diciendo “Yo soy Charlie”, en una apología del derecho a mofarse del Islam, como si eso no fuese xenofobia. ¿En qué quedamos? ¿Es lícito atacar al Islam de manera burlesca, pero no vale salir al espacio público para defender la identidad europea, porque el promover cosas serias transforma automáticamente a todos los manifestantes en extremistas de derecha?

Que el crimen fue espantoso, no cabe duda alguna, pero el derecho humano lesionado aquí, más que la libertad de expresión, es el derecho a la vida. La afirmación volteriana de que uno puede estar en desacuerdo con las ideas de una persona pero dar la vida por defender su derecho a expresarlas, supone que hay una idea en juego: en las caricaturas de Charlie no logro descubrir ninguna. Sólo constato el malsano placer que experimentan algunos al ofender a un grupo de gente. Es una libertad banal, que no tiene finalidad alguna.

Su caso es muy distinto al de Yoani Sánchez, la bloguera cubana que intenta informar sobre lo que realmente pasa en su país. Su trabajo permite que los cubanos sean mejores ciudadanos, y nos hace a nosotros más solidarios con la dura suerte de Cuba. Quien es impedido de oír sus palabras y las de otros como ella, ignorará la realidad. Con este asesinato perdemos a personas valiosas, y eso daña a cualquier comunidad. Pero la democracia no sufre merma si en el futuro un editor decide no publicar ese tipo de caricaturas que solo buscan destruir, y que ofenden a ese anónimo marroquí que barre las calles de París y al resto de los más pobres de esa sociedad. La autocensura se aplica a las ideas, no a la falta de ellas.

Los redactores de Charlie se defendían de esta clase de reproches diciendo que ellos no eran islamófobos, pues las mismas críticas las hacían a otros, particularmente a los cristianos. Tarde descubrieron que el caso aquí era distinto: sobre los autores de esta masacre no pesa la difícil obligación de ofrecer la otra mejilla a los ofensores; tampoco vienen ellos de una cultura que pueda caracterizarse por el sentido del humor.

Hay muertes de muy distinto tipo: algunas heroicas, como la de Juana de Arco; otras trágicas, como el asesinato de Martin Luther King; las hay inevitables, como las que vienen de una enfermedad. Pero también hay muertes absurdas, que se producen por motivos ridículos o errores previsibles, como la del turista que se acerca en exceso a un cocodrilo, aunque la comparación suene cruel.

Me temo que las muertes que hemos lamentado en estos días pertenecen a esta última clase, a las absurdas. El natural horror que debe producirnos un acto semejante no debe cegarnos a la hora de evaluar lo que realmente ha pasado. Ellos ya habían recibido amenazas, y conocían lo que había ocurrido en casos semejantes, como con las caricaturas de Mahoma en el diario Jyllands-Posten, publicadas en Dinamarca en 2005, con varios muertos a causa de las represalias, y atentados contra las embajadas de Noruega y Dinamarca en el Medio Oriente. Es duro decirlo, pero los malogrados colaboradores de Charlie Hebdo no fueron valientes al modo de Gandhi, Liu Xiaobo, Mandela o Walesa, sino simplemente temerarios.

Si bien podemos llorar la muerte de esas personas, no resulta sensato ponerlas como ejemplo de lo más medular de la cultura europea (en este caso, su aprecio por la libertad). Yo estoy dispuesto a dar mi vida por unas pocas cosas, pero no la sacrificaría para defender el derecho de alguno a ofender gratuitamente a los musulmanes o a nadie. Entre otras razones, no creo que tal derecho exista ni muchos menos esté cubierto por la sagrada libertad de expresión.

Los manifestantes que portan letreros que dicen “Yo soy Charlie”, piensan que la alternativa al terrorismo de algunos musulmanes consiste en refugiarse en una extrema banalización del ideario liberal. Me parece que es un trágico malentendido.

La gran cultura europea no está solo amenazada por unos locos extremistas que asesinan a honrados ciudadanos. Ella está afectada por dentro cuando la libertad, la dignidad, la verdad y la racionalidad, algunas de sus notas distintivas, son vaciadas de contenido. Cuando esto sucede, se pierden de vista las razones para vivir que esa cultura entregaba. Ellas sí eran superiores a las de otras culturas, y por eso eran capaces de dar razones para morir.

Joaquín García- Huidobro. El Mercurio, 11-01-2015

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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