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¡ARRIBA ESOS PUÑOS Y A ESCRIBIR!

¡ARRIBA ESOS PUÑOS Y A ESCRIBIR!

¡ARRIBA ESOS PUÑOS Y A ESCRIBIR!
enero 08

¡ARRIBA ESOS PUÑOS Y A ESCRIBIR!

puños

“No des importancia al fracaso, salvo que se produzca por tu culpa”, le escribe Scott Fitzgerald a su hija Scottie en 1933.

Un volumen editado por Salamandra reúne más de un centenar de cartas memorables del último siglo.

Ya en el prólogo -una carta al inminente lector del libro-, Shaun Usher, el recopilador, califica de ecléctica esta selección de confesiones por escrito. El título del libro, Cartas memorables, es exacto. Aquí figuran escritores, médicos, políticos, músicos o actores, pero también personas anónimas que, en distintas coyunturas, escribieron, un día, una carta digna de pasar a la historia. Figuran nombres como Iggy Pop, Fidel Castro,Leonardo da Vinci, Bill Hicks, John F. Kennedy, Fiodor Dostoievski, Amelia Earhart, Charles Darwin, Roald Dahl, Albert Einstein, Elvis Presley, Dorothy Parker, Anaïs Nin, Charles Dickens, Katharine Hepburn, Kurt Vonnegut, y un largo, larguísimo etcétera.

“Estas cartas ilustran a la perfección la importancia y el encanto incomparable de la correspondencia a la antigua usanza justo cuando el mundo entero se digitaliza y el arte de escribir cartas se desvanece”, sostiene Usher, que se ha pasado cuatro años seleccionando el material. Destaca varias cartas. La de Mick Jagger a Andy Warhol, por ejemplo, en donde el líder de los Rolling le habla al artista de la portada de uno de sus discos; o una de Isabel II a Eisenhower, acompañada de una receta de cocina; o la “bella y delicada” misiva que Iggy Pop le envió a una seguidora atribulada; o la de Francis Crick a su hijo, en donde le anuncia el descubrimiento del ADN; o la “sorprendente” solicitud de empleo de Leonardo da Vinci. “No se me ocurre modo mejor para aprender cosas del pasado que a través de la correspondencia, a menudo sincera, de quienes lo vivieron”, dice Usher.

Hay un total de ciento veinticinco misivas. Las hay animosas, como la de Jack Kerouac a Marlon Brando (“¡Arriba esos puños y a escribir!”) y de elevada temperatura sentimental, como la de Emily Dickinson a Susan Gilbert, de quien pudo estar -al menos un poco- enamorada. Y las hay justas, como la que envía un médico a The Times denunciando el deplorable estado en que se encuentra el desgraciado hombre elefante. Hay cartas famosísimas, como la última que escribió Virginia Woolf (“ya no puedo luchar más”) antes de su extravagante, y poético, suicidio, y cartas pedagógicas, como la que Scott Fitzgerald le envió a su hija Scottie, en la que lista una serie de consejos para conducirse en la vida: “No des importancia al fracaso, salvo que se produzca por tu culpa”. Un lenguaraz Hunter S. Thompson contesta largamente a un amigo que le pidió consejo, para acabar diciendo que nadie tiene la obligación de pasarse el resto de su vida haciendo lo que no desea hacer. Un tenebroso Jack el Destripador le describe al presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel lo “rico” que estaba un trozo de riñón que le sacó a una mujer después de asesinarla. Un socarrón Groucho Marx le pide disculpas a Woody Allen por la tardanza en responder a sus misivas (“Ya sabes, claro, que contestar cartas no da dinero”) y un indignado Mark Twain la emprende con un vendedor de “elixir de la vida” que juega con los sentimientos de las personas enfermas.

Con esta selección, que viene acompañada, en la edición de Salamandra, de fotos e imágenes de los originales, Shaun Usher se propone, dice, “inspirar a unos pocos lectores al menos a tomar pluma y papel, o incluso a desempolvar una vieja máquina de escribir y mecanografiar sus propias cartas memorables”.

El gran error de Alberto Einstein

El 2 de agosto de 1939, Albert Einstein le envió a Franklin Roosevelt, presidente de Estados Unidos, una carta en la que aseguraba que se podía fabricar una bomba atómica con uranio. El científico aconsejaba al presidente que invirtiera tiempo y dinero en su investigación, pues los físicos de la Alemania nazi ya lo estaban haciendo. Roosevelt creó el Comité Briggs de asesoramiento sobre el uranio, que evolucionó hasta convertirse en el Proyecto Manhattan, un plan de investigación en el que se desarrollarían las bombas que se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Einstein declararía, años después, que firmar esa carta había sido el “gran error” de su vida.

Carta de Albert Einstein al presidente Franklin D. Roosevelt, 08/02/1939 [Textual Records]; archivo del presidente (administración Franklin D. Roosevelt), 1933-1945, artículo de la colección FDR-FDRPSF; Biblioteca Franklin D. Roosevelt Library, Nueva York.

De Mark Twain a Walt Whitman el 24 de mayo de 1889

En mayo de 1889, Mark Twain le envía esta carta de felicitación a Walt Whitman por su setenta años. El autor de Huckleberry Finn se muestra asombrado por los avances de la humanidad.

Mark Twain a Walt Whitman, cortesía de Yale Collection of American Literature, Biblioteca Beinecke de manuscritos y libros raros.

Has vivido exactamente los setenta años más grandiosos de la historia del mundo & los más ricos en beneficios & progresos para los pueblos. Estos setenta años han hecho más por ampliar el intervalo que separa al hombre & a los demás animales que los cinco siglos precedentes.

¡Qué grandes nacimientos has presenciado! La plancha de vapor, los barcos de vapor, los buques de acero, el tren, la desmotadora de algodón, el telégrafo, el fonógrafo, la fotografía, los fotograbados, la electrotipia, la luz de gas, la luz eléctrica, la máquina de coser, los asombrosos, infinitamente variados & innumerables productos del alquitrán, las últimas & más extrañas maravillas de una edad maravillosa. Y has visto nacimientos aún más grandes que ésos; porque has visto la aplicación de la anestesia en las prácticas quirúrgicas, gracias a la cual el dolor, que empezó al crearse la primera vida, llegó a su fin para siempre en esta tierra; has visto la liberación de los esclavos, has visto la prohibición de la monarquía en Francia & su reducción en Inglaterra a una maquinaria con una imponente exhibición de diligencia & atención al negocio, pero desconectada de los trabajos verdaderos. Sí, desde luego has visto mucho, pero quédate un poco más, porque lo más grande aún está por llegar. Espera treinta años & entonces ¡échale un vistazo a la tierra! Verás cómo se suma una maravilla tras otra a esas cuyo nacimiento has presenciado ya; & bien conspicuo por encima de todas ellas verás su formidable Resultado: el Hombre, por fin, casi en su mayor estatura… & creciendo, creciendo sin parar ante tus ojos. En ese día, aquel que tenga un trono, o un privilegio de oropeles que su vecino no puede alcanzar, hará bien en buscar unas zapatillas & prepararse para bailar, porque va a sonar la música. ¡Aguanta & verás todo eso! Te ofrecemos esta oportunidad entre treinta que te honramos & queremos. Entre todos sumamos 600 años, sanos & buenos, disponibles en el banco de la vida. Quédate tú con 30 el regalo de cumpleaños más lujoso jamás hecho a un poeta en este mundo & siéntate a esperar. Espera hasta que veas una gran figura que aparece & atrapa el brillo lejano del sol en su estandarte; entonces podrás partir satisfecho, sabiendo que has visto a aquel por quien se hizo la tierra & aquel que proclamará que el trigo de la humanidad vale más que sus taras & procederá a organizar los valores humanos a partir de esa base.

Mark Twain

De Gandhi a Adolf Hitler

23 de julio de 1939. Europa se asoma al precipicio y Mahatma Gandhi, líder del movimiento en defensa de la independencia de la India, escribe una carta a Adolf Hitler. Esta carta, explica Usher, es “un llamamiento claro y conciso a Hitler para que evite la guerra por el bien de la humanidad”, pero lo cierto es que nunca llegó a su destinatario. Un mes más tarde, Alemania invadiría Polonia y daría comienzo la Segunda Guerra Mundial.

Alberto Gordo. El Cultural, España

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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