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PERIODISTA OCTAVIO PAZ

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noviembre 27

PERIODISTA OCTAVIO PAZ

octavio pazLuis María Anson y Tulio H. Demicheli recuerdan, en un coloquio de la Biblioteca Nacional, el ejercicio periodístico del Nobel mexicano.

Siguen los homenajes a la figura de Octavio Paz en el año de su centenario. Ayer tocaba recordarlo como periodista literario, oficio que desempeñó en revistas como Plural o Vuelta. Una profesión, dijo Luis María Anson, que Octavio Paz “respetaba y de la que siempre se sintió muy orgulloso”. El presidente de El Cultural conocía bien al escritor mexicano: “Quizá después de Arnold J. Toynbee, es la persona más inteligente que he conocido en toda mi vida, un ensayista formidable y un poeta de primer orden”. La concepción que Paz tenía del periodismo, afirmó el académico, “era profunda y rigurosa”. “Tuvo una conciencia clara de la función del gran periodismo en la sociedad. Era un articulista formidable, capaz de hacer belleza por medio de la palabra y, además, pensamiento profundo”.

Fue el de ayer un recorrido personal y apasionado por la figura del Nobel mexicano. A la memoria de Anson se unió la de Tulio H. Demicheli, quien fuera redactor jefe de la revista Vuelta entre 1981 y 1986 y más tarde jefe de Cultura en ABC. Ambos repasaron la trayectoria intelectual y artística (hubo no pocas menciones a su poesía) de Paz. Anson recitó algunos de los versos preferidos del autor de La llama doble. Refirió sus “impresionantes” conocimientos de cultura oriental. Su gusto por la poesía china e incluso por los versos revolucionarios de Mao. Por los haikus, de los que admiraba su concreción y capacidad de síntesis. La amistad de Anson y Paz se hizo fuerte en el gusto de ambos por la cultura asiática. Demicheli recordó la traducción de Paz de Matsúo Basho (que a Borges le desagradó; “nada feliz”, dijo de ella en un taller literario en los ochenta). “Yo no he conocido a nadie que supiera tanto de cultura oriental y que además supiera explicarla también”, recordó el periodista.

Paz se prodigó a menudo en la prensa española. Comenzó en ABC, en donde publicaba, según cálculos de Anson y Demicheli, alrededor del setenta por ciento de lo que publicaba en España. “Fue un colaborador fiel -recordó el ex director del diario-, y ni siquiera se fue cuando llegó Carmen Balcells ofreciéndole cinco veces más de lo que le pagábamos nosotros”. Vargas Llosa, por ejemplo, sí se fue. La redacción de ABC era de los primeros lugares que visitaba el escritor al llegar a España. Allí, recordó Anson, “se formaban unas tertulias en las que él era la estrella indiscutible”. Ofrecía su visión de España y demostraba que estaba al tanto de la actualidad política y literaria del país: “Nosotros leíamos aquí a poetas segundones porque eran nuestros amigos, ¡pero es que Octavio Paz los conocía a todos!”, dijo Anson.

El autor de El laberinto de la soledad era un gran experto en poesía española. Sobre Quevedo escribió agudísimos ensayos. Anson recordó que fue precisamente Paz quien le enseñó a apreciar y a entender correctamente algunos sonetos del poeta barroco, como el célebre Amor constante más allá de la muerte. En una de aquellas tertulias del ABC, Paz observó en Lorca a un continuador de Quevedo: según él, sus Sonetos del amor oscuro se daban la mano con los sonetos del escritor del Siglo de Oro.

Tanto Anson como Demicheli hablaron de las amistades españolas de Octavio Paz. De Alberti, a quien apreciaba, pero cuya obra no tenía en gran estima (“una vez me elogió un poema suyo…”, recordó Anson). De Luis Rosales, con quien le ocurría algo similar. Admiraba a Ortega y Gasset, pese a que este le conminó, en una ocasión, a aprender alemán “para aprender a pensar”. También se derribó el mito de su cacareada enemistad con Carlos Fuentes. Y se habló de su amistad con Neruda, de quien, como le ocurría con Alberti, solo admiraba un poema; concretamente uno que hablaba de anciano que se enamoraba de una chiquilla… “Era un extraordinario lector”, dijo Demicheli. Y, además, un hombre generoso. “Ayudaba a los escritores jóvenes, y prologaba muchísimas obras que le llegaban”.

También, claro, hablaron de su primera visita a España durante aquel Congreso de Escritores Antifascistas de 1937. Paz era muy joven, luego se desvinculó de todo aquello y, como recordó Demicheli, lamentó siempre no haber podido evitar el auto de fe que se le hizo a Gide en aquel congreso. Porque Gide, con Camus -y no con Sartre, como era de esperar-, era uno de sus escritores predilectos. Veía en ellos la huella de un filósofo que respetaba mucho: Henri Bergson. Para Anson, Paz figura en esa selecta nómina de grandes pensadores del siglo XX. “Dentro de doscientos o trescientos años -concluyó- se seguirá leyendo y admirando a Octavio Paz”.

Alberto Gordo. El Cultural, España, 19-11-2014

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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