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UN NUEVO SANTO PARA CHILE

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UN NUEVO SANTO PARA CHILE

lillianLillian Calm escribe: “Ahora el Papa Francisco ha autorizado la promulgación del decreto que lo declara Venerable (a Francisco Valdés Subercaseaux), un paso a su beatificación, escalón previo a la canonización”.

Dos informaciones llegan de la mano: por una parte, las conmemoraciones del trigésimo aniversario de la suscripción del Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina y, por otra, que fray, es decir, monseñor Francisco Valdés Subercaseaux, ha sido declarado venerable, paso decisivo en el camino de un nuevo chileno a los altares.

Pero, ¿qué pueden tener que ver ambos sucesos? Muchísimo.

Tengo en mis manos la biografía que sobre “Fray Francisco Valdés Subercaseaux, misionero de la Araucanía y primer obispo de Osorno” (ése es el título del libro) escribió su hermana Margarita, y ahí incluye cartas verdaderamente trascendentales que el prelado envió a las autoridades exhortándolas a mantener la paz entre Chile y Argentina.

Algunos quizás puedan resaltar su impronta misionera: los kilómetros recorridos junto a esos mapuches que tanto lo quisieron; otros, sus años como párroco de Pucón; o su episcopado en Osorno, al que llegó por voluntad de Pío XII; o el hospital San Francisco, una de sus creaciones, o el monasterio de las Clarisas contemplativas, capillas y tantas escuelas, como aquella en que él mismo enseñaba filosofía.

Quizás por haber dedicado incontables horas a reportear la mediación papal en Chile, Argentina y Roma, a mí me produce una honda impresión leer esa correspondencia que dirigió a las autoridades de ambos países, y deduzco que sólo una persona con una sólida vida interior, como era la suya, podía vislumbrar en toda su amplitud, y con tanta antelación, la gravedad de la situación y la única salida posible.

Hay que recordar que monseñor Valdés inició esa correspondencia cuando aún vivía Pablo VI. Me remito a algunos de sus párrafos que vale la pena recordar:

Osorno, 27 de junio de 1978

Mi general y Presidente (carta a Augusto Pinochet), no necesito decirle que la hora que vivimos es grave para Chile (…) Acabo de pasar cinco días en la Patagonia argentina. Allí el enfrentamiento se considera inevitable. Se lo prepara.

Ninguna de las dos naciones quiere la guerra. Los gobiernos lo saben, son responsables, y sólo ellos pueden evitar un incendio que solo acarrea muerte y miseria, vergüenza para ambos, sin gloria para nadie.

La solución directa del conflicto limítrofe, al parecer, no lleva camino de solución, ni próximo ni remoto. Los intereses son atizados por fuerzas contrarias a la paz.

Se acaba de abrir otro camino y no puedo sino sugerírselo en orden a la solución ansiada.

Pablo VI es la persona más prestigiada hoy en el mundo, por moros y cristianos. Acaba de enviar un nuevo mensaje a las Naciones Unidas sobre la estrategia del desarme mundial y los caminos de la paz, urgente, exhaustivo, magnánimo, alentador.

Por primera vez él ofrece los servicios de la Santa Sede para solucionar conflictos entre naciones, siempre que ambas hagan apelación de mutuo acuerdo.

Su Excelencia es la persona indicada para proponer esta solución: solicitar la mediación de la Santa Sede Apostólica. Su colega argentino en ningún caso puede negarse, sobre todo si Ud. lo invita públicamente. Él es católico, amante del Papa (…) “Pido a Dios y hago votos por la conjuración de éste y de todos los peligros, y la solución del conflicto limítrofe que nos aqueja.

Con toda atención y lealtad, S.S.

F. Francisco Valdés Subercaseaux”.

El 6 de julio Pinochet en su respuesta le señala que “puede tener la más absoluta certeza de que se arbitrarán todas las medidas necesarias para evitar un conflicto y llegar a un entendimiento”, y también le agradece “su preocupación y su ayuda”.

Ese año es el de tres pontífices. Han muerto Pablo VI y Juan Pablo I, y ya gobierna la Iglesia Juan Pablo II cuando el padre Pancho, como le llamaban sus cercanos, le escribe al entonces embajador de Chile en Argentina, Sergio Onofre Jarpa, y le pide haga llegar al mandatario argentino “la carta que me he atrevido a dirigir a ambos presidentes”.

Jarpa le responde luego para señalarle que su carta fue entregada oportunamente al mandatario trasandino, general Jorge Rafael Videla. Le puntualiza: “Me uno a Su Eminencia haciendo votos para que se cumpla el mensaje de paz que nos dejara el recientemente fallecido Papa Juan Pablo I”.

En esa carta a ambos presidentes, Pinochet y Videla, monseñor Francisco Valdés les recuerda que ellos “tienen la primera responsabilidad”. Y anota: “Ambos pueblos quieren la paz, abominan la guerra, cuya idea misma les repugna (…) Hemos recibido como testimonio del inolvidable Pontífice Juan Pablo I una carta autógrafa a ambos episcopados, conocida hoy por el mundo entero, transformado en espectador del absurdo proceso de preparación bélica que se está desarrollando. El documento pontificio nos estimula a una decidida acción pastoral en la promoción de la paz (…) La solución está en las manos de los jefes máximos, de ambos Presidentes: unirse y unir el destino de ambos pueblos, evocando solemnemente la mediación del Santo Padre Juan Pablo II, Vicario de Cristo”.

Sin duda la preclara visión del obispo de Osorno habla de su vida interior: de su oración, su humildad, su caridad. Una periodista que lo conoció me confidenciaba: “La mirada del padre Pancho era como la de Cristo: sus ojos eran los de Jesús…”. Yo reflexionaba para mis adentros: “Sin duda, una definición elocuente en una sola frase”.

Esa profunda espiritualidad suya se trasunta en otra carta que escribía a un amigo en 1962 y desde Roma, a donde viajó para participar en el Concilio Vaticano II. Al referirse a éste, le señalaba que “la sensación de Iglesia, su unidad y variedad, su catolicidad en todo sentido, de razas, de lenguas y tiempos, es abrumadoramente cabal y arrolladora. Como un terremoto de Dios en medio del avance de los siglos”.

Pero luego advertía: “Es increíble, sin embargo, cómo se siente uno atravesado por la sensación de poquedad, limitación, incapacidad, en comparación con la misión recibida…”.

Esa misión recibida fue gradual. De niño, Francisco Valdés (1908-1982) se enfermó y fue desahuciado. Su madre lo llevó desde Santiago a Río Bueno para que lo viera el padre Tadeo, misionero capuchino y médico naturista, quien milagrosamente lo sanó.

Años más tarde estaba en Roma –su abuelo fue embajador- cuando decidió entrar al Seminario Pío Latinoamericano; sin embargo, cómo él mismo señalaba, su vocación se definiría al imponerse de un hecho que le caló hondo:

Leí un día la siguiente noticia: ‘Misiones de Araucanía Chile. Voraz incendio destruyó convento de San Francisco en Valdivia. Mueren carbonizados los padres Albuino y Eucario, misioneros capuchinos bávaros’. La sangre se detuvo en mis venas y quedé como enajenado. Un signo como éste no podía quedar ya sin respuesta. Desfiló por mi mente una sucesión de escenas: el padre Tadeo devolviéndome la salud, el santo con el lobo de Gubbio (“Florecillas de San Francisco”) pintado por mi madre; las acuarelas de San Francisco, del tío Pedro (Subercaseaux), los mapuches de Purén… Hablé ese mismo día con mi director espiritual. Y decidí definitivamente mi vocación, resuelto a realizarla: franciscano, capuchino, misionero de Araucanía”.

Quienes lo conocieron bien destacan su vida de penitencia. “Optó por la pobreza en forma radical, comía y dormía muy poco, y muchas veces se encontraron en su cama ramas de zarzamora o de rosas que le producían heridas sangrantes”, detallan en una reseña.

Su lema episcopal fue la razón de su vida y lo dice todo: “Señor, tú sabes que te quiero”. (Juan. 21,17)

Aquejado por un tumor gástrico, el hoy Venerable murió en paz, con mucha paz, y en el momento preciso en que alguien recitaba las letanías a la Virgen y llegaba a la invocación “Reina de la paz”. Monseñor Sixto Parzinger, obispo de la Araucanía, dijo entonces: “Tenemos a un nuevo San Francisco en Chile”.

Ahora el Papa Francisco ha autorizado la promulgación del decreto que lo declara Venerable, un paso a su beatificación, escalón previo a la canonización. Ella permitiría que Chile tenga en él, en Francisco Valdés Subercaseaux, a un nuevo santo en los altares.

Lillian Calm

Periodista

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—Cuando despellejes a tus contribuyentes, déjales algo de piel para que crezca de nuevo; así podrás hacerlo más veces.
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