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BERNINI, EL HOMBRE DE MÁRMOL

BERNINI, EL HOMBRE DE MÁRMOL

BERNINI, EL HOMBRE DE MÁRMOL
noviembre 13

BERNINI, EL HOMBRE DE MÁRMOL

berniniEl próximo jueves el Museo del Prado presenta la primera exposición que se celebra en España de Bernini, uno de los más grandes y polifacéticos artistas de la Roma barroca.

Con la curatoría de Delfín Rodríguez, la muestra incluye una treintena de obras, entre esculturas, óleos y dibujos del artista romano, y pone el foco en su relación con la Corte española.

En estos tiempos en que nos lamentamos del escaso peso de España en el panorama internacional y más todavía de su errática política cultural, resulta toda una lección (de Historia si es que no de estrategia) conocer la relación de la monarquía hispana con uno de los mayores genios del barroco. Gian Lorenzo Bernini (Nápoles, 1598- Roma, 1680) fue, ya lo sabemos, un escultor sensacional (sólo superado por Miguel Ángel) y un arquitecto sin el que Roma no sería esa ciudad donde lo misterioso y lo luminoso se mantienen en equilibrio. Lo interesante de esta exposición su atrevido propósito de presentar con justicia al autor de obras como el Éxtasis de Santa Teresa o la Plaza de San Pedro. Lo valioso es asimismo su investigación de cómo sirvió Bernini al proyecto de los dos últimos austrias de hacerse presentes ellos mismos y a la corona española en la ciudad de los Papas.

Es la primera exposición que se le dedica a Bernini en nuestro país y cuenta con un total de 39 piezas buscadas con dedicación en colecciones de varios continentes. Encontraremos dibujos, óleos y esculturas del propio Bernini, además de libros y grabados de sus creaciones. Además, algunas obras de contexto, si es que se pueden rebajar a este rango los deslumbrantes retratos de Felipe IV y Carlos II, de Velázquez y Carreño de Miranda respectivamente.

Toda la trayectoria de Bernini está ligada al papado: Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII, y especialmente los dos primeros, le hicieron encargos trascendentales. El primero, el Baldaquino de bronce que cubre el altar mayor de la basílica de San Pedro. El último, la inmensa columnata que abraza el espacio ante el mencionado edificio. Curiosamente, como aprenderemos en esta exposición, estas obras tan rotundas se inspiran en arquitecturas efímeras, como fueran los palios de los pasos de Semana Santa o el diseño de la escenografía (“Teatro y aparato solemne” lo llama el autor) de la canonización de Santa Isabel de Portugal. La actividad de Bernini fue asombrosa: construyó iglesias y capillas, plazas y fuentes, diseñó fiestas y ceremonias (¡era especialista en fuegos artificiales!), y todavía fue autor teatral, pintor y escenógrafo.

La ciudad de Roma es su mejor museo. Pero como ya conocemos al Bernini monumental, podemos acercarnos al más íntimo. Una de las joyas de esta exposición tiene reducidas dimensiones y, sin embargo, una presencia abrumadora. Me refiero a esos dos retratos del alma que son precisamente Anima beata y Anima dannata, que se conservan en la embajada de España ante la Santa Sede en Roma y que se exponen por primera vez en el Prado. Fuertemente imbuido de las ideas de la Contrarreforma y por lo tanto advertido de la suerte que nos espera, Bernini se aplicó a visualizar la disyuntiva atroz. Anima beata es, en efecto, un rostro sereno y embelesado, la expresión del alma de un bienaventurado. Anima dannata es la expresión misma del espanto, un grito congelado que transmite mejor que cualquier sermón cómo se siente el alma de un condenado. Si volvemos a la historia, vale la pena comprobar que las realizó en 1619, con poco más de veinte años. Y que fueron un encargo del prelado español Pedro de Foix Montoya, probablemente para su tumba. En esta, ubicada en una capilla de San Giacomo degli Spagnoli, encontraríamos también un extraordinario busto del religioso.

En la exposición podremos, al menos, ver en directo otro: el de Scipione Borghese, del que se dijo en la época “está verdaderamente vivo y respira”. El realismo de esta escultura no es menor, sin embargo, que el de un ente invisible como es el alma. A no ser que el modelo de la dannata fuera el mismo escultor, como se ha especulado. Sea como fuere, estas esculturas indican que ya desde una fecha temprana se estableció una fluida relación entre el escultor y diversos mecenas españoles, incluida la propia corona. Entre sus encargos más destacados figuran dos: el de Santa Teresa en éxtasis, ubicado en el espléndido entorno de la Capilla Cornaro en la iglesia de Santa Maria della Vittoria en Roma y el monumento a Felipe IV en Santa Maria Maggiore. Este último, que representaba la culminación de una cuidadosa operación de propaganda dinástica, política y religiosa, Bernini no llegó a verlo culminado. En esta muestra contamos con un modelo de terracota para la estatua de la santa y con una aguada preparatoria para el retrato real.

La fama del escultor había saltado las fronteras cuando en 1664 el rey francés Luis XIV logró que el Papa Alejandro VII le cediera su artista favorito. Aunque el propósito del monarca y su ministro Colbert era encargarle la remodelación del Louvre, Bernini no llegó a un buen entendimiento con los restantes comisionados y desistió de seguir adelante. La experiencia francesa fue pues un fracaso, pero aún así modeló un retrato ecuestre en terracota del rey francés, que poco después terminó por convertirse en la cabalgadura y el torso de otro retrato, el del monarca español Carlos II. La última fase de la relación de Bernini con España corresponde a su amistad con Gaspar de Haro y Guzmán, VII marqués del Carpio, que fue embajador en Roma entre 1676 y 1682. Mecenas y coleccionista conocido en toda Europa, le encargó varias obras, entre ellas una réplica, casi a tamaño real, de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Plaza Navona que había construido años atrás. Podemos disfrutar en esta exposición de muchas obras bellas e interesantes, y hacernos cargo de cómo funcionaba un mundo en que los artistas desempeñaban el papel que hoy tiene una cadena de televisión. En cuanto a Bernini, no hace sino abrirnos el apetito del ojo para seguir mirando su inabarcable producción.

José María Parreño. El Cultural,España

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