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INVITANDO A LUCRAR

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Cómo se puede sostener un discurso político inequívocamente anti emprendimiento y, al mismo tiempo, invitar a los empresarios a invertir en nuestro país.

En las últimas semanas altas autoridades de Gobierno han enviado señales, especialmente en el extranjero, para que los empresarios sigan invirtiendo en nuestro país. El mensaje es que Chile sigue siendo un país estable y que valora la inversión privada como una palanca fundamental para el desarrollo. “Vengan a invertir y serán bienvenidos”. Ese es el mensaje transmitido en el Chile Day y en la reciente gira presidencial.

Pero surge la pregunta del millón: ¿efectivamente los empresarios se sentirán bienvenidos? No parece probable.

En primer lugar, porque los inversionistas vienen a invertir, pero para ganar una rentabilidad, esa justa retribución por el trabajo, el riesgo y la creatividad, que la actual coalición de gobierno denomina peyorativamente “lucro”.

Múltiples dirigentes de la Nueva Mayoría y autoridades del propio Gobierno han repetido como dogma de fe que es inaceptable que se obtengan ganancias (“lucro”) con recursos públicos; que no se puede tener retribución económica (“lucro”) con la educación, porque es un derecho social; y a cada momento se repite que el “lucro” desmedido es la causa de la tremenda desigualdad que afecta a nuestro país.

En lo que va del año se han impulsado dos reformas mayores: una para cercenar una parte de las utilidades de las empresas (“lucro”), subiendo la carga tributaria en tres puntos del PIB, y la otra para eliminarlo en un ámbito tan valioso del emprendimiento como es la educación.

Este es un país estable, dicen nuestras autoridades, pero que en el futuro próximo cambiará su Constitución por otra cuyos fundamentos se desconocen, mediante un procedimiento que también se desconoce, cuyo objetivo declarado será terminar con el Estado Subsidiario, que es el sustento del modelo de desarrollo que le da confianza a los inversionistas, para reemplazarlo por un régimen de Derechos Sociales, de acceso universal y gratuitos.

El problema es que los empresarios, especialmente los grandes inversionistas, hay algo que saben muy bien: no existe nada gratis. Esa receta la conocen, la han visto aplicar y fallar una y otra vez en distintos países y su experiencia les indica que esa promesa de gratuidad conduce primero a la espiral de alza de impuestos, luego a la crisis del gasto público… y hasta ahí no más llega la estabilidad.

A todo lo anterior se suma otro problema, estos potenciales inversionistas saben que en Chile hay una realidad que se denomina la “judicialización” y que consiste en algo muy simple: el inversionista cumple con todos los pasos que indica la institucionalidad, sigue las instrucciones que le dan las autoridades pertinentes, recibe después de un largo y difícil camino una autorización que dice que puede ejecutar su proyecto y, en ese momento, un grupo “ciudadano” presenta un recurso judicial y el inversionista pierde, porque el Estado “órgano jurisdiccional” considera que el Estado “Administración” se equivocó y las cosas se debían hacer de otra manera. Hasta ahí llegan los brazos abiertos al inversionista, que se encuentra más bien con un puño bastante cerrado y a la altura de su mentón.

Me parece que no es necesario seguir, el punto es claro. Lo que no es tan claro es cómo se puede sostener un discurso político inequívocamente anti emprendimiento y, al mismo tiempo, invitar a los empresarios a invertir en nuestro país.

En el fondo, me temo que buena parte de nuestra coalición gobernante no logra superar la contradicción entre la realidad y la visión voluntarista de la sociedad propia del pensamiento socialista. Lo que desnudó la caída del muro hace 25 años, es que el desarrollo sólo se alcanza de la mano del emprendimiento privado, que ese emprendimiento es posible donde el esfuerzo individual tiene una retribución reconocida como legítima y en que el Estado no ahoga con regulaciones ni con impuestos a los empresarios.

Lo que nuestras autoridades debieran asumir es que hay ciertos atributos a los que sólo se apela cuando se han perdido, la confianza es uno de ellos. Por eso el país que necesita invitar a invertir ya dejó de ser un buen lugar para hacerlo. Cualquier inversionista lo sabe.

Gonzalo Cordero, Foro Líbero. 03-11-2014

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