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UNIVERSIDADES DE ELITE O REBAÑO DE EXCELENCIA

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UNIVERSIDADES DE ELITE O REBAÑO DE EXCELENCIA
octubre 30

UNIVERSIDADES DE ELITE O REBAÑO DE EXCELENCIA

universidadesNo envíe a su hijo a la Ivy League”, es el título contundente del artículo que ha abierto un debate sobre el tipo de educación y la selección de alumnos en las universidades más prestigiosas.

La universidad es una etapa clave en el proceso de maduración personal, y no simplemente un lugar donde se aprende una profesión y se adquieren unos conocimientos. Es la tesis que mantiene William Deresiewicz en un largo artículo que este verano se ha convertido en el más leído en la historia de la revistaThe New Republic (1). “No envíe a su hijo a la Ivy League”, es el título contundente del artículo que ha abierto un debate sobre el tipo de educación y la selección de alumnos en las universidades más prestigiosas.

El artículo de Deresiewicz en The New Republic es una dura crítica a las universidades de élite norteamericanas, cuyo ambiente él conoce bien. Ha pasado 24 años en la Ivy League: se licenció y se doctoró en la Universidad de Columbia; y luego, fue profesor de lengua inglesa durante diez años en Yale. Ahora trabaja como articulista, escritor y crítico literario. Su artículo es un extracto de su libro recién publicado con el expresivo título: Excellent Sheep: The Miseducation of the American Elite and The Way to a Meaningful Life, Free Press (2014).

Forjar la propia identidad

Deresiewicz concibe la universidad como un espacio de libertad en el que los estudiantes aprenden a construir su vida con criterios propios. “La universidad sirve en primer lugar para enseñarte a pensar. Y eso no consiste solamente en desarrollar las habilidades mentales propias de cada disciplina. La universidad es una oportunidad para que te sitúes fuera del mundo durante algunos años, entre la ortodoxia de tu familia y las exigencias del trabajo, y aprendas a contemplar las cosas con distancia”.

Un debate sobre las universidades de élite en EE.UU. se plantea si se están limitando a proporcionar herramientas para el triunfo profesional

Pero aprender a pensar solo es el primer paso, aclara Deresiewicz. “Hay algo en particular sobre lo que debes pensar: cómo construir tu yo”. Y el yo no es algo que se tiene sin más: hace falta “establecer comunicación entre la mente y el corazón, entre la mente y la experiencia”, pues solo así “llegas a convertirte en un individuo, en un ser único: en un alma”. La misión de la universidad es ayudar en ese proceso, a través de “los libros, las ideas, las obras de arte y del pensamiento, la presión de las mentes que tienes alrededor y que están buscando sus propias respuestas y sus propios caminos”.

Las universidades de élite tienen a gala que ellas enseñan a pensar a sus estudiantes. Pero en realidad lo que quieren decir es que les adiestran en las habilidades analíticas y retóricas que son necesarias para triunfar en los negocios y en el mercado laboral. Todo es tecnocrático”.

Repensar el éxito

Aquí entra en escena uno de los conceptos más manidos en las universidades de élite: el liderazgo. “Ser un estudiante brillante consiste en dejarse recordar constantemente que tienes que pensar en ti como un futuro líder de la sociedad. Pero lo que estas instituciones entienden por liderazgo no es otra cosa que llegar a la cima. Que te nombren socio de un importante despacho de abogados o que llegues a ser CEO [de una empresa]; que alcances la cumbre de cualquier jerarquía que te propongas escalar”.

Lo irónico de esta situación es que “a los estudiantes de élite se les dice que pueden ser lo que quieran, pero la mayoría termina eligiendo entre una minoría de profesiones similares”. Deresiewicz lo ilustra con un ejemplo: en 2010, cerca de un tercio de los graduados en las universidades más prestigiosas, incluidas Harvard, Princeton y Cornell, optaron por dedicarse a las finanzas o la consultoría.

Esta concepción del liderazgo lleva incluso a “considerar glamouroso que alguien deje sus estudios en una universidad de élite para convertirse en el próximo Mark Zuckerberg, y a ver como ridículo que alguien los termine para convertirse en un trabajador social”.

Pero, al menos, las clases en las universidades de élite tendrán rigor académico, ¿no? No necesariamente, dice Deresiewicz. “En ciencias, suelen tenerlo; en otras disciplinas, no tanto. Hay excepciones, desde luego, pero profesores y estudiantes han establecido lo que un observador llamaba ‘un pacto de no agresión’. Los alumnos son vistos por la institución como ‘clientes’, gente que hay que mimar en vez de plantearles retos. Los profesores son recompensados por su investigación, así que lo que quieren es dedicar a las clases el menor tiempo posible. (…) El resultado es notas altas por trabajos mediocres”.

Con el actual sistema de selección, cuando más prestigiosa es la universidad, más desigual es el cuerpo estudiantil

Tan brillantes, tan inseguros

La principal pega de Deresiewicz contra la Ivy League es que sus universidades han creado un proceso de admisión tan selectivo y un sistema de enseñanza tan pragmático, que el paso por ellas termina despojando de pasión por la vida y por el conocimiento a muchos de sus ultracualificados alumnos. Lo que cuenta para entrar es un lustroso CV: estudios, dos idiomas, un deporte, un instrumento musical, e incluso –¿por qué no?– algún voluntariado que aporte una nota social al conjunto.

Nuestro sistema de educación de élite fabrica jóvenes que son inteligentes, emprendedores y con talento, sí, pero también inquietos, retraídos y confusos; con poca curiosidad intelectual y con una determinación atrofiada; atrapados en una burbuja de privilegios, dirigiéndose mansamente en la misma dirección; triunfantes en lo que hacen, pero sin saber por qué lo hacen”.

De su experiencia en la Ivy League recuerda a muchos jóvenes brillantes y creativos, con los que daba gusto hablar. Por eso, le sorprendía tanto que después se limitaran a cumplir el papel que los demás habían pensado para ellos. “Muy pocos se apasionaban con las ideas. Muy pocos veían la universidad como parte de un proyecto más amplio de descubrimiento y desarrollo intelectual”.

Los criterios de admisión en estas universidades de élite son tan extremos que quienes logran pasar el filtro son aquellos que, por definición, no han experimentado otra cosa distinta del éxito. La sola idea de no triunfar les aterroriza, les desorienta (…). Una alumna de Pomona me dijo una vez que le encantaría tener más tiempo para reflexionar sobre lo que estaba estudiando. Le pregunté si había considerado no sacar la máxima nota en todas las asignaturas. Me miró como si le hubiera hecho una proposición indecente”.

Otra estudiante le escribió para quejarse de los efectos que produjo Yale en su novio: “Antes de empezar la universidad, dedicaba mucho tiempo a leer y a escribir cuentos cortos. Tres años después, se ha vuelto inseguro, preocupado por cosas por las que mis compañeros de la universidad pública ni siquiera se inmutan: que si comer solo estigmatiza o que si dedica tiempo suficiente a crearse una red de contactos”.

Quizá lo que mejor resume el artículo de Deresiewicz es el motivo que llevó a la amiga de una de sus estudiantes a dejar Yale. Se fue porque la universidad “llegó a sofocar esa parte de uno mismo que solemos llamar alma”.

Conocimiento por encima de todo

Steven Pinker, profesor de psicología en Harvard, ha participado otras veces en polémicas planteadas por The New Republic (cfr. Aceprensa, 4-12-2013). Por eso, se alegra de que el artículo más leído en la historia de esta publicación verse precisamente sobre las universidades de élite, asunto que a él también le toca de cerca.

En su réplica “The Trouble With Harvard”, en la misma The New Republic (2), Pinker denuncia como errónea la idea de universidad que defiende Deresiewicz. “Quizá soy un ejemplo representativo de todo lo que anda mal en la educación de élite norteamericana. Pero no tengo ni idea de cómo ayudar a mis estudiantes a construirse un yo o un alma”.

A juicio de Pinker, la misión de la universidad es mucho más concreta. Consiste, en primer lugar, en adquirir conocimientos: desde las leyes básicas que rigen el mundo físico hasta los hechos más relevantes de la historia, pasando por los sistemas de creencias, las culturas, el arte o las razones de ser de la democracia.

En la parte superior de ese conocimiento, sitúa ciertos hábitos de racionalidad: la capacidad de expresar con claridad ideas complejas; el conocimiento objetivo; el razonamiento lógico; la falibilidad humana, propia y ajena, que nos previene de tratar a los discrepantes como enemigos; el arte de la persuasión..

Yo creo (y creo que puedo persuadirle a usted de ello) que cuanto más profundamente cultive una sociedad este conocimiento y esta forma de pensar, más prosperará. (…) Poner las bases en apenas cuatro años me parece un reto formidable. Si además de todo esto, los estudiantes quieren construirse un yo, pueden hacerlo en su tiempo libre”.

Otra cuestión que suscitaba Deresiewicz en su artículo es que el actual sistema de selección en estas universidades agrava la desigualdad y retarda la movilidad social. Y da unos números: “En 1985, el 46% de los nuevos alumnos de los 250 colleges más selectivos procedían del cuarto más alto de la escala de renta; en 2000, eran el 55%. En 2006, solo el 15% de los estudiantes de estos colleges selectivos procedían de la mitad inferior de la escala de renta. Cuando más prestigiosa es la universidad, más desigual es el cuerpo estudiantil”.

Pinker no defiende el actual sistema de selección de alumnos, en el que el mérito académico es solo un factor más junto a muchos otros como participación en deportes y actividades artísticas, viajes realizados, activismo social y –aunque no se diga– raza y donaciones a la Universidad. “En Harvard es creencia común que la universidad selecciona como mucho a un 10% de los alumnos por sus méritos académicos”. Pinker preferiría que la selección se hiciera exclusivamente sobre la base de las notas obtenidas en los exámenes normalizados (S.A.T.). De este modo, dice, “muchos de los males del actual sistema [de selección] desaparecerían de la noche a la mañana”.

Si, como dice Deresiewicz, su propósito era lanzar un debate, lo ha conseguido, hasta el punto que ha contestado a sus críticos en un artículo posterior (The New Republic, 16-08-2014). Dice haber recibido cientos de e-mails en respuesta a su artículo. Muchos son de estudiantes y recién graduados que, en su gran mayoría, le agradecen que haya puesto palabras a sus sentimientos sobre la experiencia en la universidad.

Los críticos cuestionan su idea del estrés psicológico que el sistema crea en los alumnos o su visión de la desigualdad en el origen socioeconómico de los estudiantes. A estos les responde que es cierto que en torno al 50% de los alumnos de la Ivy League recibe algún tipo de beca o ayuda financiera. Pero también es verdad que el 40% de los alumnos de Harvard pertenecen a familias situadas en el 6% de rentas más altas.

Miedo a educar el carácter

Para David Brooks (3), columnista del New York Times, el debate entre Deresiewicz y sus críticos ha puesto de relieve tres objetivos posibles de la universidad: un propósito comercial (aprender una profesión); un propósito cognitivo, el de Pinker (adquirir conocimiento); y un propósito moral, el de Deresiewicz (forjarse un yo equilibrado).

Hace más de un siglo, dice Brooks, la mayoría de los rectores y profesores universitarios habrían afirmado que el propósito moral es el más importante de los tres. Y seguramente hoy muchos estarían de acuerdo. El problema es que la gente con autoridad ha renunciado a explicar sus ideas sobre ese proceso de maduración moral, emocional y espiritual. “La razón por la que no lo hacen es sencilla: creen que no es su cometido o, como dice Pinker, que no saben”.

El resultado es que las universidades de élite son fuertes en su misión comercial. Son bastante fuertes en su misión cognitiva. Pero cuando se trata del tipo de crecimiento del que habla Deresiewicz… que cada cual se las apañe por su cuenta”.

Y concluye: “Yo diría que Deresiewicz exagera notablemente cuando habla del grado de decadencia moral de las universidades de élite. Pero al menos recuerda a qué se parece la educación moral, que es un campo que hemos abandonado”.

Juan Meseguer. ACEPRENSA

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