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LA CARTA DEL PAPA FRANCISCO

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lillian

Por Lillian Calm

Vengo llegando.

Estuve en Madrid en la beatificación de Álvaro del Portillo. De don Álvaro. Y estuve ahí por la más contundente de las razones: simplemente porque no podría no haber estado.

Ya escribí, hace muy poco, sobre él: de cuándo lo conocí personalmente, de algo de lo que hablamos, de sus ojos inundados de lágrimas mal disimuladas al decirle que en esa misma salita yo había estado con quien llegaría a ser san Josemaría, el fundador del Opus Dei.

Don Álvaro, su primer sucesor, fue también el primer obispo de la Prelatura. Un ingeniero de caminos que fue dócil al llamado de Dios y que sirvió a la Iglesia no de cualquier manera, sino que supo ser fiel como pocos.

Escribo una vez más sobre él porque en esa columna de hace apenas unas semanas terminaba señalando: “Con o sin la venia de los lectores me extenderé en quien fuera don Álvaro del Portillo cuando regrese de mi viaje a Madrid y a Roma, y ya para entonces, cuando escriba esa nueva columna, él será el beato Álvaro del Portillo”.

Y si hay algo en lo que me esmerado siempre es en cumplir lo que digo. Pero esta vez lo haré con una salvedad. No voy a hurgar en sus completísimas biografías, ni tampoco en sus escritos, ni menos en la enumeración de su vasta acción social, materializada tanto en continentes abandonados como África (por ejemplo, el hospital Monkole, en el Congo) o en comunas tan cercanas, pero no menos abandonadas, como La Pintana (pienso en los colegios de la Fundación Nocedal). Tampoco en que fue beatificado tras la aprobación de un milagro que permitió la curación de un niño chileno.

Esta vez quiero detenerme en dos aspectos que viví no sin emoción esa mañana durante la ceremonia de beatificación en Madrid: el primero, comprobar, diga lo que se diga por ahí, la universalidad de la Iglesia, al contemplar cómo 200.000 fieles de todas las razas y colores y atuendos e idiosincrasias seguían con piedad profunda la ceremonia, y cómo la algarabía de los reencuentros de quienes no se veían durante años dejaba su paso a un silencio –llamémosle litúrgico- que hasta se tocaba. Repito: tenía ante mis ojos desplegada, y en directo, la universalidad de la Iglesia.

Y lo segundo que, en realidad, para mí fue lo primero y sólo lo denomino “segundo” para destacarlo al término de esta columna: el inmenso afecto, el inmenso cariño, el inmenso aprecio del Papa Francisco (y pongo Papa con “P” mayúscula, aunque los académicos se esmeren ahora en ponerlo con minúscula) por el nuevo beato, por el Prelado y por el Opus Dei, para cuyos fieles Francisco es Pedro, el vicario de Cristo en la Tierra.

Si bien un decreto pontificio de Benedicto XVI sobre los ritos de beatificaciones y canonizaciones (data de 2005) precisa que las primeras sean celebradas por un representante del Papa y que sólo las canonizaciones serán presididas por el Pontífice, se puede decir que éste estuvo más que presente en Madrid por medio de esa carta suya que leyó su representante en la ceremonia, el Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, cardenal Angelo Amato.

Y si bien no sé si esto procede en el género periodístico de las columnas, no me limitaré a citar párrafos aislados sino que reproduciré la carta in extenso, porque a través de esas líneas el Pontífice dijo palabras que, más que a una simple lectura, llaman a la oración. Aquí van:

Querido hermano:

La beatificación del siervo de Dios Álvaro del Portillo, colaborador fiel y primer sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, representa un momento de especial alegría para todos los fieles de esa Prelatura, así como también para ti, que durante tanto tiempo fuiste testigo de su amor a Dios y a los demás, de su fidelidad a la Iglesia y a su vocación. También yo deseo unirme a vuestra alegría y dar gracias a Dios que embellece el rostro de la Iglesia con la santidad de sus hijos.

Su beatificación tendrá lugar en Madrid, la ciudad en la que nació y en la que transcurrió su infancia y juventud, con una existencia forjada en la sencillez de la vida familiar, en la amistad y el servicio a los demás, como cuando iba a los barrios para ayudar en la formación humana y cristiana de tantas personas necesitadas. Y allí tuvo lugar sobre todo el acontecimiento que selló definitivamente el rumbo de su vida: el encuentro con san Josemaría Escrivá, de quien aprendió a enamorarse cada día más de Cristo. Sí, enamorarse de Cristo. Éste es el camino de santidad que ha de recorrer todo cristiano: dejarse amar por el Señor, abrir el corazón a su amor y permitir que sea él el que guíe nuestra vida.

Me gusta recordar la jaculatoria que el siervo de Dios solía repetir con frecuencia, especialmente en las celebraciones y aniversarios personales: «¡gracias, perdón, ayúdame más!». Son palabras que nos acercan a la realidad de su vida interior y su trato con el Señor, y que pueden ayudarnos también a nosotros a dar un nuevo impulso a nuestra propia vida cristiana.

En primer lugar, gracias. Es la reacción inmediata y espontánea que siente el alma frente a la bondad de Dios. No puede ser de otra manera. Él siempre nos precede. Por mucho que nos esforcemos, su amor siempre llega antes, nos toca y acaricia primero, nos primerea. Álvaro del Portillo era consciente de los muchos dones que Dios le había concedido, y daba gracias a Dios por esa manifestación de amor paterno. Pero no se quedó ahí; el reconocimiento del amor del Señor despertó en su corazón deseos de seguirlo con mayor entrega y generosidad, y a vivir una vida de humilde servicio a los demás. Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera.

Perdón. A menudo confesaba que se veía delante de Dios con las manos vacías, incapaz de responder a tanta generosidad. Pero la confesión de la pobreza humana no es fruto de la desesperanza, sino de un confiado abandono en Dios que es Padre. Es abrirse a su misericordia, a su amor capaz de regenerar nuestra vida. Un amor que no humilla, ni hunde en el abismo de la culpa, sino que nos abraza, nos levanta de nuestra postración y nos hace caminar con más determinación y alegría. El siervo de Dios Álvaro sabía de la necesidad que tenemos de la misericordia divina y dedicó muchas energías personales para animar a las personas que trataba a acercarse al sacramento de la confesión, sacramento de la alegría. Qué importante es sentir la ternura del amor de Dios y descubrir que aún hay tiempo para amar.

Ayúdame más. Sí, el Señor no nos abandona nunca, siempre está a nuestro lado, camina con nosotros y cada día espera de nosotros un nuevo amor. Su gracia no nos faltará, y con su ayuda podemos llevar su nombre a todo el mundo. En el corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos, porque Cristo ya los ama antes. Hay que salir de nuestros egoísmos y comodidades e ir al encuentro de nuestros hermanos. Allí nos espera el Señor. No podemos quedarnos con la fe para nosotros mismos, es un don que hemos recibido para donarlo y compartirlo con los demás.

¡Gracias, perdón, ayúdame! En estas palabras se expresa la tensión de una existencia centrada en Dios. De alguien que ha sido tocado por el Amor más grande y vive totalmente de ese amor. De alguien que, aun experimentando sus flaquezas y límites humanos, confía en la misericordia del Señor y quiere que todos los hombres, sus hermanos, la experimenten también.

Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que siempre está a nuestro lado. Nos anima a no tener miedo de ir a contracorriente y de sufrir por anunciar el Evangelio. Nos enseña además que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida podemos encontrar un camino seguro de santidad.

Pido, por favor, a todos los fieles de la Prelatura, sacerdotes y laicos, así como a todos los que participan en sus actividades, que recen por mí, a la vez que les imparto la Bendición Apostólica.

Que Jesús los bendiga y que la Virgen Santa los cuide.

Fraternalmente,

Franciscus”.

Como es obvio, yo no tengo absolutamente nada que agregar.

Lillian Calm

Periodista

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