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DIVORCIADOS: DIOS NO CORTA ÁRBOLES SIN HOJAS EN INVIERNO

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DIVORCIADOS: DIOS NO CORTA ÁRBOLES SIN HOJAS EN INVIERNO

DIVORCIADOS: DIOS NO CORTA ÁRBOLES SIN HOJAS EN INVIERNO

divorciadosLa Iglesia lleva años abriendo sus puertas a parejas en situaciones irregulares que buscan a Dios

España llega al Sínodo sobre la familia con un buen puñado de experiencias en su haber, sobre cómo acoger a quienes han sufrido una ruptura. Aunque muchos lo desconocen, aquí «llevamos tiempo esforzándonos por encontrar el mejor modo de acompañar, sin tapar la realidad y sin perder la relación con Cristo, a quienes viven situaciones difíciles: divorciados vueltos a casar, novios que cohabitan, separados, abandonados…», explica monseñor Iceta, Presidente de la Subcomisión episcopal de Familia de la CEE

El salón de la parroquia de La Visitación, en Las Rozas (Madrid), está lleno de parejas jóvenes que llevan varias horas participando en un cursillo prematrimonial. Han escuchado charlas sobre su futura vida de familia, sobre la importancia de celebrar un sacramento, sobre la oración en común, sobre los pasos para el expediente civil, sobre la belleza de la sexualidad que se abre a la vida… En un momento dado, el párroco va señalando a las parejas y dice: «Vosotros, sí; vosotros, no; vosotros sí, vosotros, no… Según las estadísticas, la mitad de los que estáis aquí os vais a divorciar. Pero para que rompáis las estadísticas y no el matrimonio, quiero que escuchéis a quienes van a intervenir ahora». Acto seguido, un grupo de divorciados, abandonados por sus parejas, cuentan sus experiencias familiares y de fe, y trazan el mapa de lo que no hay que hacer en el matrimonio, arrancando con una pregunta: «¿Alguno de vosotros cortaría un árbol por no tener hojas en invierno? ¿O sabría que hay que esperar a que vuelva la primavera, y que lo mejor es cuidar el árbol para que no se congele y vuelva a ser frondoso? Bueno, pues nosotros somos árboles cortados en invierno…». En la valoración final del curso, muchas parejas señalarán esta charla como una de las más útiles.

Ésta es sólo una muestra de las muchas acciones que la Iglesia española lleva a cabo para integrar en la vida pastoral a quienes se encuentran en situaciones irregulares: separados, abandonados, personas que esperan la nulidad, divorciados vueltos a casar, parejas que conviven sin casarse…

Toda esta panoplia de situaciones complejas, y muchas veces dolorosas, se va a exponer en el inminente Sínodo de los Obispos sobre la familia, porque, como explica monseñor Mario Iceta, obispo de Bilbao y Presidente de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la vida, de la Conferencia Episcopal Española, «la Iglesia no cierra las puertas a nadie: toda persona está llamada a la santidad, y el Señor siempre nos indica un camino que recorrer. No hay situación sin salida para el Señor, no hay situación que no pueda ser acompañada por Dios y por la Iglesia». De ahí que, en España, «la Iglesia no estemos de brazos cruzados, sino que llevamos tiempo esforzándonos por encontrar el mejor modo de acompañar estas situaciones, desde la realidad, sin taparla ni desdibujarla, pero sin perder la esperanza y la relación con Cristo».

Acompañados, no excluidos

Monseñor Iceta parte de una premisa básica: «Yo haría un cambio de denominación. El Sínodo habla de situaciones difíciles, no irregulares, porque lo irregular se ve desde el punto de vista canónico y jurídico, mientras que el Sínodo va a tratar este tema desde el punto de vista pastoral». Además, «hay que distinguir: no es lo mismo una pareja que convive sin contraer el sacramento, porque quizá nadie les ha mostrado la bondad del matrimonio, o porque han recibido una deficiente formación cristiana, que una persona que se ha separado sin volver a casarse, u otra que se ha divorciado y, en un momento dado, creyó que lo mejor era casarse por lo civil. Cada situación hay que acompañarla personalmente, sobre todo si hay experiencias grandes de dolor y desorientación, que requieren de gran delicadeza, de un trato muy personal, de cercanía durante el duelo y de una apertura grande a la esperanza». Aunque, a pesar de las diferencias, sí existe un denominador común: «Estas personas siguen siendo miembros de la Iglesia. Hay que estudiar y acompañar cada caso, y buscar cauces para que participen en la vida de la Iglesia, y mantengan o descubran su vida de fe, aun con limitaciones sacramentales. Porque ni están excluidos del amor de Dios, ni están excluidos de la Iglesia, ni los damos por perdidos».

Lo más doloroso de mi vida

María es una de esas personas que encontraron en la Iglesia uno de los mayores apoyos tras una ruptura matrimonial. Su caso es único -como todos-, pero también es representativo de muchos otros. Tras años de relación con su novio de toda la vida, a los seis meses de casarse, su ya marido decidió irse de casa «porque decía que no sabía lo que quería hacer con su vida, que no lo tenía claro -cuenta María-. Al mes, me enteré de que estaba con otra persona. Fue un palo durísimo y empecé a vivir los momentos de mayor sufrimiento de mi vida». A pesar de que conocía la infidelidad de su esposo, ella quiso hacer lo posible por perdonar y reconstruir su matrimonio. Pero fue en vano. Sin embargo, «cuando se lo dije a mi párroco, se quedó blanco, me miró y me dijo: No habrás dejado de comulgar por ahora, ¿verdad? Porque tienes que apoyarte en Cristo aún más que antes».

La fuerza de la oración

María explica que «aquello me hizo darme cuenta de que, para sobrellevar lo que se me venía encima, necesitaba estar fuerte física, psicológica y espiritualmente. Mi oración nunca ha estado tan bien como esos meses, y cada vez que iba a misa y me ponía ante el sagrario, la rabia se iba convirtiendo en paz. El dolor seguía, pero me sentía consolada por Cristo. Un día, unos compañeros me dijeron que no sabían de dónde sacaba fuerzas, y les dije: No lo vais a entender, pero las saco de la oración». A raíz de su ruptura, «volví a integrarme en la comunidad de Cursillos de Cristiandad, a caballo entre Mallorca y Madrid, que me acogieron como una familia. También pedí ayuda a una buena psicóloga y di con una buena abogada, que me ayudó a conseguir la nulidad cuando vio que había elementos para pensar que, de verdad, el matrimonio podía ser nulo. Y de hecho lo era, como reconoció la Iglesia. El proceso de nulidad fue largo y duro, pero di con personas de mucha humanidad, que lo hicieron más llevadero». Poco después, María se fue un verano a hacer una experiencia misionera con las Misioneras de la Caridad, en Calcuta, donde conoció al chico con quien, hace poco, se ha casado por la Iglesia. «Hoy, doy gracias a Dios por lo que pasé. Es como la cruz: fue muy duro, pero no fue negativo. He madurado más en mi vida y en mi fe, sé qué cosas debo cuidar más… y soy muy feliz con mi marido», concluye.

Una riqueza para todos

Pero, ¿qué pasa con aquellos cuyo matrimonio no fue nulo? Robert Kimball, Presidente europeo del Movimiento Familiar Cristiano y autor -con su mujer María del Carmen Zurbano- del libro Familias en situaciones difíciles: un abrazo de la Iglesia, aclara que, «aunque algunos piensen que la Iglesia los rechaza, no es verdad. Basta con que se acerquen a su parroquia o a un movimiento para comprobarlo. Todos pueden seguir yendo a misa (incluso los que no pueden comulgar), participar en grupos de formación, oración o lectura de la Palabra, rezar con la Liturgia de las Horas, participar en la actividad caritativa de sus parroquias, etc.» Y va más allá: «Quienes han sufrido una ruptura tienen una sabiduría especial, porque su dolor los ha acercado a la Cruz. Y cuando son acompañados, acogidos y orientados por la Iglesia para desterrar sus sentimientos de fracaso y curar sus cicatrices, su vida es una riqueza para la Iglesia. El espacio que llenan no puede ocuparlo nadie, y tenemos que ayudarles a no sentirse señalados, porque Dios cuenta con ellos». Él no corta árboles sin hojas en invierno.

José Antonio Méndez

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