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EN LOS LÍMITES DE LA AGRESIVIDAD, EL SEXO Y LA ADICCIÓN

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EN LOS LÍMITES DE LA AGRESIVIDAD, EL SEXO Y LA ADICCIÓN
octubre 02

EN LOS LÍMITES DE LA AGRESIVIDAD, EL SEXO Y LA ADICCIÓN

capponiRicardo Capponi:Hemos sido padres y educadores muy deficientes en estos sentidos, malos informadores, muy poco acompañadores y escasamente contenedores.”

El castigo no genera aprendizaje. Hoy sabemos que solo se aprende en un ambiente afectuoso y no persecutorio, pues a la larga el contexto castigador obliga a mantener una costosa represión para que el sujeto no se desborde. Su aplicación ya no es eficiente, no produce los resultados esperados.

Por otro lado, al acceder la sociedad a modos de comunicación globalizados, invasivos, sin filtro y al alcance de todos (y que antes los mayores guardaban celosamente para sí), se hace muy difícil el control de la información distorsionada que maleduca. Si a esto le sumamos que los menores adquieren autonomía cada vez más temprano, tenemos que están expuestos a experiencias que antes estaban vedadas a esa edad. Por todo esto, más que imponer límites prohibiendo y castigando, debemos preparar a los niños y jóvenes para que ellos mismos entiendan el sentido del límite, y se protejan a sí mismos de la toxicidad de los medios y de los riesgos de las experiencias tempranas. Esta capacidad de autocuidado solo se logra cambiando la forma de educar.

Esta educación requiere la internalización de un límite mucho más sofisticado y, por lo tanto, más exigente para quienes tienen la responsabilidad de criar y educar. Es el límite que el niño, el adolescente y el joven internalizan y hacen suyo, por un lado a través de una adecuada información y, por otro, gracias a la identificación con las figuras paterna y materna, y ello en un clima de compañía y contención.

Lo anterior no quiere decir que la prohibición y el castigo queden totalmente fuera de la educación, especialmente en la infancia, o en condiciones mentales limitadas.

Debemos reconocer que esta forma de vivir con un grado mayor de autonomía, acceso a mucha información y a variadas experiencias le da un sello a las nuevas generaciones. Pero también es un estilo que tiene sus propios peligros, entre los cuales el más importante es la mala internalización de los límites.

Hemos sido padres y educadores muy deficientes en estos sentidos, malos informadores, muy poco acompañadores y escasamente contenedores. Esta es la causa del desencuentro generacional que afecta hoy a nuestra sociedad.

Este abismo proviene del desencuentro entre una generación joven que ha necesitado más que nunca información, compañía y contención, y la pobre respuesta de una generación adulta fascinada y atrapada en el consumo y el hedonismo, que educa con desgano, empleando modelos aprendidos en su pasado, aplicando malamente una disciplina basada en normas prohibitivas y punitivas cuyos resultados ni siquiera fiscaliza, y en la que además ya no cree.

Esta falta de información, compañía y contención es vivida por el niño y el joven como abandono. El abandono genera rebeldía, desobediencia e incomunicación. Y, lo más grave, esa lejanía impide la necesaria identificación con la generación de los padres.

Cuando no se da esta identificación, el joven ve con desconfianza y extrañeza lo que representan sus mayores. Lo nuevo y lo antiguo son como el agua y el aceite, las posiciones se polarizan, se produce una separación abismal entre las dos generaciones, y la dinámica entre ellas o se paraliza, o alcanza niveles muy altos de violencia. Decimos que no los entendemos porque los jóvenes piensan distinto, tienen otra lógica, otros valores. Sí, pero ese ha sido el resultado final de una trayectoria en que no los acompañamos, no les informamos ni los contuvimos a tiempo en los lugares donde necesitaba hacerlo: en la agresión, el sexo y los placeres adictivos.

Además de tomar conciencia del tema, debemos implementar programas formativos a partir de la niñez hasta la adolescencia, cuyo eje sea la vida afectiva en relación con el papel central del control del impulso; o sea, del límite.

En esta formación debemos definir bien el rol de los tres actores principales: los padres, el colegio, los alumnos:

– Los padres acompañan y contienen a sus hijos.

– El colegio informa, y hace pensar y reflexionar a sus alumnos, reforzando en ellos su propia capacidad de autocontención. Además, les entrega material a los padres para ayudarlos a cumplir con su rol de acompañadores y contenedores.

– Y los niños y jóvenes reciben la información, la compañía y la contención de sus padres y profesores, y la comparten entre ellos.

La idea es que los colegios hagan un muy buen uso del tiempo del que disponen para la convivencia escolar, y al mismo tiempo les entreguen a los padres formación básica para asumir su rol de acompañantes y contenedores.

Para esto se requiere que los profesores dispongan de un material atractivo para trabajar con sus alumnos en la sala de clases; y que los padres, por medio del colegio, tengan acceso a un material amigable y entretenido, para acompañar y contener a sus hijos.

Ricardo Capponi.

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