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EL SOMBRERO DE LEONARD COHEN

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EL SOMBRERO DE LEONARD COHEN
octubre 02

EL SOMBRERO DE LEONARD COHEN

cohenEl músico canadiense celebra sus ochenta años con la publicación de Popular Problems

Como aquel atribulado personaje de John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, Leonard Cohen (Montreal, 1934) vive allí donde cuelga su sombrero. A sus 80 años (los cumplió el 21 de septiembre) es ya un sabio que ha trepado por todas las escalas creativas. Desde los primeros acordes flamencos aprendidos junto al enigmático y anónimo español de un parque canadiense (experiencia detalladamente relatada en el discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011) hasta las más recientes y consagradas giras internacionales. A Leonard Cohen se puede llegar por muchos caminos, pero para el afortunado que llegue por Suzanne en la adolescencia (“Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas…”) el impacto es brutal. No habrá retorno.

Solo hay que encontrarse a Leonard Cohen a unos metros para advertir que no es de este mundo. Su clásico traje oscuro y su sombrero (indumentaria que empezó a calzar entrados los ochenta, antes era más de gabardina y traje cruzado), su fisonomía pausada y su voz de cañón compendian una obra inmensa, un rico mestizaje cultural y una potente personalidad que se agazapan tras esas sombras monocromáticas. En temas como el citado Suzanne o en Bird on the Wire, de finales de los sesenta, Hallelujah, de mediados de los ochenta, Take this Waltz, su gran homenaje a Lorca, oI’m your Man, con la que consolidó su proyección comercial, hasta la reciente y bellísima Crazy to Love You, del álbum Old Ideas, Cohen se ha dejado la vida literariamente, ya sea desde el fulgor de una isla griega o desde la ascética austeridad de un convento budista. También en poemarios como Flowers for Hitler y Book of Longing o en novelas como The Favorite Game o Beautiful Losers. Amor, sexo y religión, pero sobre todo amor, es lo que circula por las venas abiertas de este músico que ha cabalgado -eso sí, lentamente- sobre el lomo de todos los estilos musicales, desde el pop al jazz (asiduo como es del Festival de Montreux) pasando por la canción de autor, el country o el blues.

Nada le es ajeno a este canadiense universal a sus 80, que ha conocido la traición (su secretaria Kelley Lynch le dejó al borde de la banca rota) y que ha tenido que levantarse varias veces para poder seguir caminando. Sus macrogiras y el apoyo de poetas como Yeats, Whitman o Lorca le han servido de bálsamo de fierabrás para superar situaciones difíciles. Y muy pocas personas, pero fieles, como su hija Lorca o su pareja, la cantante hawaiana Anjani Thomas, integran su íntima guardia pretoriana. Refuerzo afectivo que le ha inspirado no pocas de esas letras que cortan pausadamente la respiración.

Así, con el ritmo de los doce compases se ha propuesto soplar las velas de una nueva tarta llamada Popular problems, un álbum de sutil factura -producido por Patrick Leonard y presentado esta semana en Londres- que publica oficialmente el 23 de septiembre con su habitual Columbia. Eso sí, emancipado ya feliz y machaconamente desde hace tiempo por las nuevas tecnologías. Su flechazo con el blues rompe el hielo con Slow, tema de ecos sureños que surge con prodigiosas guitarras y finísimos teclados al servicio de una sección de vientos que son arrastrados por unos coros (larga vida para Charlean Carmon y Dana Glover) marca inevitable de la casa. Va lento, no porque esté viejo, como dicta su letra, ni porque esté muerto. “Es que siempre me ha gustado ir lento, como decía mi madre”. Otra entrega que demuestra la buena forma que vive el músico es Born in Chains, casi una oración escrita en su corazón a fuego (lento, claro) con la que vuelve a su lado más espiritual (desde esta perspectiva cuesta imaginarlo cambiando la batería de su coche en mundana actitud, como demuestra una de sus fotografías recientes). Almost Like the Blues, Samsom in New Orleans, A Street, My oh My, You Got Me Singing y Nevermind son otras de las entregas con las que no topamos en este disco visceral pero contenido cuyas letras retuercen la complejidad tanto del músico como del poeta (con permiso de Patrick Leonard, coautor de la mayoría de los temas).

Terminado de escuchar y de celebrar su nueva década con este Popular problems, nos damos cuenta que el sombrero de Cohen cae en cada canción. Es como estar en casa de nuevo, brutalmente transportado a la primera adolescencia. Y suena Suzanne. Y no hay retorno.

Javier López Rejas. El Cultural, España

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