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EL NOBLE PELUQUERO

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EL NOBLE PELUQUERO

lillianLillian Calm escribe: “No quiero pensar –y esto lo agrego yo- que, con el aumento del número de parlamentarios (¡12 senadores y 35 diputados!) en Chile, se le llene aún más el local al noble peluquero”.

Me extrañó recibir, de un abogado destacado, a mayor abundamiento serio y respetable, un mail titulado “El peluquero”. Como conozco al remitente, lo abrí con cierta curiosidad. ¿Qué podía tener que ver con unas líneas así tituladas? Y leí:

Un día, un florista fue al peluquero a cortarse el pelo. Luego del corte, pidió la cuenta y el peluquero le contestó:

-No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo servicio comunitario.

El florista quedó agradecido. Cuando el peluquero llegó a abrir su local, a la mañana siguiente, encontró una nota de agradecimiento y una docena de rosas en la puerta”.

Y sigue el mail:

Luego entró un panadero a cortarse el pelo, y cuando fue a pagar, el peluquero le dijo:

-No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo servicio comunitario.

El panadero se fue muy contento. A la mañana siguiente, el peluquero encontró una nota de agradecimiento y una docena de panecillos esperándolo en la puerta”.

Y llegamos al climax:

Entonces un senador fue a cortarse el pelo y, al pagar, el peluquero nuevamente le señaló:

-No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo servicio comunitario.

El senador, contento, se alejó.

Al día siguiente, cuando el peluquero fue a abrir el local, una docena de senadores, diez diputados, quince concejales, el alcalde con sus secretarias, la señora del alcalde y sus seis hijos, estaban haciendo cola para cortarse el pelo gratis”.

No quiero pensar –y esto lo agrego yo- que, con el aumento del número de parlamentarios (¡12 senadores y 35 diputados!) en Chile, se le llene aún más el local al noble peluquero. Pero eso está por verse.

Nota: el peluquero no tiene acceso a la cafetería de la Cámara, cuya renovación, según se ha informado, tuvo un costo de 722 millones de pesos. A ella tienen acceso solamente “los diputados y las diputadas”, como se dice ahora respetando el género.

Lillian Calm

Periodista

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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