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UN VIAJE AL INTERIOR DE EL GRECO

UN VIAJE AL INTERIOR DE EL GRECO

UN VIAJE AL INTERIOR DE EL GRECO
septiembre 17

UN VIAJE AL INTERIOR DE EL GRECO


grecoSe abre al público la exposición El Greco: Arte y oficio en la que el espectador se adentra en la realidad del taller del artista, ofreciendo una imagen más real del pintor

Tenía 36 años cuando se plantó en España. Pero no fue hasta que paró en Toledo cuando su fama comenzó a crecer en nuestro país. El artífice de su importancia tiene nombre propio y apellido: Luis de Castilla, deán de la Catedral de Toledo. Quiso contratarlo y tras pintar los retablos de la Catedral y de Santo Domingo el Antiguo, el rumbo de su carrera artística cambiaría hasta volverse uno de los artistas más solicitados por la Iglesia y la nobleza. Este martes, dentro del centenario que se lleva celebrando este año en Toledo, se abre al público la exposición El Greco: Arte y oficio en el Museo de Santa Cruz de Toledo, una muestra que nos adentra en el taller del artista y ayuda a comprender cómo convertía en arte sus ideas.

“Lo que puede ver el público es una mirada real de El Greco, el que sabe hacer certeras creaciones iconográficas para la espiritualidad de la época y sabe adaptarlas a públicos diferentes”, explica Leticia Ruiz, comisaria de la exposición. Se acerca la figura y persona del pintor de una manera cercana y pedagógica haciendo que el público pueda fluir por un mundo tan complejo como es el artista adaptándose a un mercado local y a la ciudad de Toledo. “Es diferente a las demás pero se complementa con todas ellas”, cuenta Ruiz.

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A la izquierda Cabeza de Cristo, y a la derecha Magdalena penitente

El artista sacó lo mejor de las escuelas veneciana y romana adoptando características que innovarían su pintura, convirtiéndolas en únicas. Las 92 piezas que contiene la muestra se divide en cuatro apartados, distribuidos en los cuatro brazos del Museo Santa Cruz que se complementan entre sí. Cabezas de Cristo que viajan desde Praga y desde San Sebastián y Magdalenas penitentes que rivalizan en colores complicados llenarán las paredes de la pinacoteca revelando la verdadera personalidad de su autor.

El primer apartado, De la mano de El Greco, enseña las diferentes etapas por las que pasó. Un paseo por su arte y oficio que comienza en Creta con iconos bizantinos, continúa en Venecia cuando sucumbe al color y se adentra en los lienzos y en los óleos, los cuales abandonaría hasta su llegada a Toledo, sigue con el Renacimiento italiano y su aportación a la repetición de composiciones y modelos hasta culminar en España la construcción pictórica que se convirtió en seña de identidad. “Hay obras maestras, entre las cuales se han incluido cuatro dibujos que van a ser vistos por primera vez en España. Combina la Anunciación de El Prado con el Éxtasis de San Francisco”, continúa la comisaria.

Le sigue el bloque Invención e interpretación, donde a través de las composiciones más conocidas “el espectador se enfrenta a la complejidad del taller”. En el mismo se llevaban a cabo las creaciones de El Greco así como las versiones, escalas y derivaciones de sus piezas, en las que él mismo participaba. De aquí el espectador se adentra en el tercer brazo del museo y en el tercer eje de la exposición, Apóstoles y apostolados, capitaneados por el Pentecostés de El Prado. “Este es realmente el leit motiv de la muestra”, apunta Ruiz. Y es que en Toledo había una gran tradición en la representación de los apóstoles, algo que se vio fortalecido con el Concilio de Trento. Por primera vez se pueden ver cuatro de ellos juntos. “Se confrontan el de Oviedo y el de Almadrones, disperso después de la Guerra Civil”, amplía.

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Vista de sala

Finaliza el recorrido por las instalaciones con El Greco después de El Greco, donde presentan los catálogos. Son dos los inventarios, “uno es el realizado a la muerte del artista en 1614 y el de 1621 escrito por su hijo”, concluye. Y no solo eso sino que se complementa con una instalación del fotógrafo Joaquín Berchez que ofrece un montaje de cinco minutos bajo el título Retablo de retablos en la que aporta una mirada sobre cómo realizaba los retablos. Así, el espectador se adentra en el taller de unos de los artistas más importantes.

Y es que todos los artistas del Renacimiento tenían su lugar de producción. Ese sitio que se convierte en un elemento característico de cada creador. Un lugar en el moler los pigmentos, crear el barniz, proceder a las réplicas de las obras y su consiguiente divulgación. Ese espacio donde el creador se adentra en su interior, hace bocetos, pasa horas pensando en la composición. El espacio donde se sentirse libre y sacar su virtud. El taller, ese lugar que se convierte en seña de identidad. Así, El Greco más real.

Entre el cielo y la tierra. Doce miradas al Greco cuatrocientos años después

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Luis Gordillo: Sagrado corazón de Jesús en Vos confío, 1992

Paralelamente se inaugura este martes en la Academia de Bellas Artes de San Fernando la exposición que muestra que el Greco sigue vigente, que es un artista de hoy. El objetivo de esta muestra se basa en explorar el lugar en el que se sitúa la influencia del Greco en doce artistas actuales, y que son auténticos testigos de la vigencia de su arte en la creación contemporánea.

El Cuarto Centenario quiere mostrar al público la importancia que tiene el arte de El Greco en el panorama artístico actual. “Pocos artistas clásicos han influido de forma tan intensa en el arte producido en las últimas décadas”, asegura Isabel Durán, comisaria de la muestra. “Probablemente sólo Velázquez, Goya y el Greco permanecen con una presencia y un aliento más plenos en lo que llamamos arte contemporáneo”.

Saioa Camarzana. El Cultural, España

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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