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EL ELECRICISTA QUE CAMBIÓ POLONIA

EL ELECRICISTA QUE CAMBIÓ POLONIA

EL ELECRICISTA QUE CAMBIÓ POLONIA

EL ELECRICISTA QUE CAMBIÓ POLONIA

electricistaAl frente del sindicato Solidaridad, Lech Walesa se convirtió en uno de los iconos del final de la Guerra Fría. Llegó a ser presidente de su país y consiguió el Nobel de la Paz. Hoy, alejado de la política, analiza el futuro de Europa del Este bajo la amenaza del nuevo zar ruso: Vladímir Putin

Pocos hombres vivos pueden presumir de haber cambiado el rumbo de la historia sin que una vocación política les animara a ello. Pero, a veces, la desesperación es más constructiva que la noble ambición y se produce una especie de milagro. Lech Walesa representa eso. Un obrero electricista perteneciente a un astillero de Polonia que descontento y aterrado, rabioso de indignación y ciego de fe en una lucha justa, fue capaz de poner en jaque a esa máquina siniestra encarnada por el poder soviético. Quizás el muro era de barro y pese a que se lo advirtieron –“no podrás”–, fue fundamental para derribarlo y configurar el mundo tal y como lo conocemos hoy. Andrzej Wajda ha relanzado el ‘biopic’ que dedicó a contar su vida, lo han reestrenado en el festival de Karlovy Vary (República Checa), donde Walesa acude a presentarlo con dos obsesiones que no está de más reivindicar. Sobre todo cuando antiguas sombras se ciernen bajo la amenaza de Putin y su idea de la gran Rusia acechando antiguas fronteras. El premio Nobel de la Paz tiene un antídoto: Europa y democracia.

¿Le gusta el retrato que le ha dedicado Andrzej Wajda en el cine?

No quise participar en el proyecto, aunque siempre supe que si había alguien adecuado para llevar a la pantalla mi vida sería él. La película es lo que es. Estos días he estado contando las horas que he vivido y son más de 600.000. En dos horas, apenas se puede hacer un apunte. He tenido experiencias detectivescas y romances. En esta versión aparezco como un hombre de familia, pero también se aprecia la tensión que he sufrido en mi vida, mis problemas con las autoridades, la solidaridad de la gente. Yo la he sentido, a pequeña y a gran escala. He comprobado cómo, si me montaba en un autobús y no tenía dinero para el billete, al pedir me encontraba con suficientes monedas como para viajar en transporte dos meses.

Su instinto y capacidad de supervivencia quedan demostrados. ¿Se ve usted así?

A veces debía salir de situaciones límite en cuestión de segundos, pero lo que deseo es que, ojalá, después de esta película vengan otras cosas capaces de poner el foco, no en mí, sino en muchos otros que también sufrieron y enriquecieron su vida con estas experiencias. Ser parte tan activa de nuestro país no ha sido fácil.

Pero ganaron.

Nuestra victoria removió todo en aquel tiempo. No sólo fronteras, también clases. Hubo que reconstruir cada esquina de nuestras vidas. Ojalá los jóvenes sepan apreciarlo y ver las oportunidades que se presentan tras deshacerse de algo nefasto. En nuestro ánimo prevalecía el deseo de querer cambiar todo radicalmente, aun cuando sabíamos que los soldados soviéticos nos miraban por encima de nuestras espaldas y con las armas apuntando. Aun así, y en un contexto de Guerra Fría, cuando esas armas de las que hablo eran nucleares, los desafiamos y ganamos pese a que el mundo entero nos decía que era imposible. Prevalecía el pesimismo, pero demostramos que se equivocaban. No nos daban la más mínima esperanza y, mire, aquello acabó. Hoy, si nos damos cuenta de cómo se llevó a cabo esa victoria, podemos construir Europa y un mundo global sin que tengamos que hablar mucho de misiles.

En eso tuvo mucho que ver también su amigo Juan Pablo II.

Cuando vino a Polonia todo el mundo se preguntaba cómo era posible que llegaran a reunirse tantas personas en una misa. Pero es que hasta la policía secreta aprendió a santiguarse. Él nos liberó poniéndonos a rezar y eso causó un efecto muy importante: que dejamos de tenerles miedo. Dejamos de verles como poderosos comunistas con acceso a sus armas de destrucción y comprendimos que debíamos edificarnos sobre otros valores, tampoco Dios o el Espíritu Santo, sino, por ejemplo, una Europa unida.

Se relación con el papa Wojtyla se convirtió en algo histórico. ¿Cuál cree que fue su legado? Y en el plano personal, ¿cómo un pecador normal, como usted, se llevó tan bien con alguien a quien convirtieron en santo?

El Papa polaco salió elegido en un contexto en el que el mundo se encontraba inmerso dentro de una competencia devastadora entre dos bloques. Encontrar una salida parecía inimaginable. En aquella época el santo padre nos ayudó a organizarnos, aunque sólo mediante la oración. Nos hizo darnos cuenta de que internamente éramos fuertes, pero nunca nos alentó a luchar. Fue suficiente que nos mantuviera unidos. En su visita, fueron millones quienes acudían a las misas y esa unión nos fortalecía. Antes nos encontrábamos despistados y dispersos, pero su figura provocó que, por primera vez desde la II Guerra Mundial, nos integráramos y organizáramos a gran escala y así transformar el verbo en carne. Estoy convencido de que su pontificado resultó definitivo para que la derrota del comunismo fuera tan rápida y se hiciera de manera no violenta. Por lo que respecta a nuestra experiencia personal, fue un guía espiritual, cualquiera de sus enseñanzas significaba mucho para mí. Nos vimos en incontables ocasiones y aquellos encuentros me insuflaban ánimo y coraje. Con el tiempo empezamos a entendernos sin necesidad de hablarnos, así resultaba más seguro para ambos. Seguían y espiaban todo lo que hacíamos, nada podía utilizarse en contra nuestra.

La libertad de la que gozan ahora en su país, y antes, en otros tiempos, siempre ha estado mediada por una influencia católica poderosa. No parece que la división de poderes haya sido un éxito como se espera en un contexto moderno en Europa. ¿En qué sentido la Iglesia puede ser una amenaza en Polonia?

Soy un fiel hijo de la Iglesia y jamás haré nada que la dañe. Gozamos de un concordato que tiene rango de acuerdo internacional y define las relaciones entre nosotros. Pero es cierto, de todas maneras, que en los tiempos presentes debemos alcanzar consensos generales que nos ayuden a superar ciertos asuntos. Al plantearnos la nueva era, cómo debería ser la democracia y la globalización, es necesario diseñar un decálogo de valores universales que llegue a ser un referente continuo y nos ayude a asumir más reglas comunes para coexistir pacíficamente respetando nuestras diversidades. Sin eso, va a ser difícil mantener ciertos logros.

Pensando de dónde vinieron algunos de los primeros líderes del este y centro de Europa tras la caída del comunismo, lo que fueron usted o Václav Havel, ya que estamos en República Checa, demócratas convencidos, cuesta comprender, en esa órbita, que el principal dirigente de Rusia sea un antiguo responsable del KGB. ¿Qué ha pasado?

Havel era un gran líder, un enorme revolucionario, un intelectual, un hombre de letras. Nos enfrentamos a conflictos de los que él nos previno. Es una pena. Sus palabras fueron profundas, penetrantes, difíciles de abarcar. En lo que respecta a Putin, si analizamos su último gran conflicto, el desatado en Ucrania, no tiene ninguna posibilidad de vencer. Debe retirarse de ese frente. No puede resolver nada por la fuerza, con el Ejército, no es posible. Quizás en algo puntual consiga un pequeño objetivo por esos métodos, pero, a la larga, nada. Hay que dar pasos pacíficos y someterse a los principios de la ley y de la democracia que marca todos nuestros límites.

Sin embargo, hasta que se acepte esto, ¿qué ocurrirá? ¿Habrá que lamentar más muertos, víctimas?

Rusia es útil para el mundo y viceversa, nadie necesita sus tanques, pero sí su cooperación. Cuanto antes se den cuenta de eso, mejor para ellos y para nosotros. Y se lo digo desde la experiencia de un hombre que tuvo que luchar en su día en Gdansk. Pero mire… Gdansk, hoy, y Polonia forman parte de Europa.

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Lech Walesa, en la huelga general de noviembre de 1981. /BRUNO BARBEY

Milan Kundera, escritor de origen checo, cuenta en su novela La ignorancia que los países que han sufrido el totalitarismo en Europa, en general, se han liberado, salvo los que estaban en la órbita de los rusos. La idea de la gran Rusia siempre prevalece en ellos ya sea bajo el yugo zarista, estalinista o ahora con Putin dominando el área. ¿Está de acuerdo?

Veo dos Putin distintos. El primero era un reformista que tuvo que trabajar en pro de su país multinacional y quería cambiar la imagen de Rusia. El otro es un individualista que no encaja con el presente y desea que su nación sea percibida como si fuera un poderoso imperio con sus zares al mando. El más reciente es un hombre del antiguo régimen. Desgraciadamente parece que la última versión es la que resulta más popular entre sus compatriotas y dentro de su órbita de influencia en los países exsoviéticos. La invasión de un Estado soberano como Ucrania, a la vista de los occidentales, no es otra cosa sino la violación de un territorio, es algo que a ellos, en cambio, les hace sentirse orgullosos. No lo entienden como una afrenta a las leyes y libertades de otro país. La propaganda del pasado y el presente ha resultado de una eficacia extrema. Estoy de acuerdo con Kundera. Rusia o, mejor, Putin, desea restaurar el Imperio, pero no creo que deba preocuparnos el hecho de que vaya a restablecerse la antigua Unión Soviética. Vivimos tiempos completamente diferentes. No hay espacio para ese tipo de concepciones. Lo importante es prevenir actos así para evitar derramamientos de sangre y ansiedades. Y aquí es donde el mundo de las democracias debe jugar su papel. Cuanto antes él lo entienda, mejor. Y así, todos, Rusia, la primera, saldremos beneficiados. Después de todo el mundo necesita una Rusia responsable, sabia y cooperadora. Cada quien tiene derecho a su lugar en el mundo y nadie debe arrebatárnoslo.

Se le escucha hoy pronunciar demasiado a menudo la palabra Europa y democracia. ¿Tan frágiles le parecen? ¿Teme por ellas?

Yo quise centrar mi modelo en Polonia basado en esos dos ejes. Todo el mundo habla de democracia, pero realmente no saben bien qué significa. Si quiere yo le doy mi definición.

Adelante.

El 30% de esa palabra está compuesto de leyes, de deberes reconocidos y derechos dados. Otro 30% lo dan personas que valen para que ese sistema legal funcione. Y el resto lo conforma la cuenta, los cheques, el dinero, la riqueza de la sociedad. Cuando un hombre tiene miedo de perder su trabajo o, de hecho, se lo quitan, no creerá en la democracia, ni luchará por ella. Con esta cuenta puedes medir la calidad del sistema en cualquier país.

En el suyo, por ejemplo, ¿qué resultado de todo eso hubo mientras gobernaba?

En cuanto al primer apartado, el de la legalidad, pude aprovechar un 15%. El segundo porcentaje, el de los que trabajan para fortalecerla, es todavía un problema serio. En las últimas elecciones hubo un porcentaje de participación muy bajo. La gente realmente activa en política no llega al 2% de la población. Así que de ese otro 30% de dirigentes o responsables políticos también nos queda mucho. Cuando nosotros comenzamos a regular las cosas debimos pensar qué porcentaje de todos los que conforman la tarta era el prioritario y nos pusimos a trabajar de manera equilibrada. Pero ahora, la calidad de la democracia en mi país no alcanza ni el 50%. Aunque ocurre en todas partes lo mismo.

Y en Polonia, con aquellos Gobiernos centrados en la figura de los hermanos Kaczynski, a los que usted no es que apreciara, las cosas tuvieron pinta de ir a mucho peor. Ambos eran criaturas del sistema comunista.

Aprovecharon todo lo malo de esa dinámica, sobre todo lo que les beneficiaba. Nos queda un camino larguísimo por recorrer, democráticamente hablando. Debemos recordar además, que vivimos un cambio de era para el que ellos no estaban preparados. En la época en la que los países eran en sí independientes, con sus fronteras físicas y sus órganos de gobierno propios, todo funcionaba de una manera. Ahora existen alianzas, hermandades, uniones que exigen para empezar otro funcionamiento, sin ir más lejos, de la diplomacia.

Si ellos –Lech y su hermano Jaroslaw, ya fallecido– eran hijos del comunismo, ¿usted qué se considera? ¿La oveja negra del sistema?

Hablamos de gente con muchos complejos. Sin que den oportunidad al debate. Estaban los dos abonados a la demagogia, que es una táctica que pone de manifiesto los mismos complejos que padecían. No eran así al principio. Tampoco tuvieron muchas oportunidades en el viejo sistema, pero ahora han hecho uno a su medida y lo han llegado a dominar, fueron los mejores en eso. Así ganaban, con esa cantidad de simplezas. Pero fue algo que ha colmado la paciencia de la gente, la realidad demuestra que no tenían razón.

¿Por qué ya no cuesta tanto desenmascarar impostores?

Este tiempo de fronteras inapreciables tiene también sus riesgos, como está demostrando, por ejemplo, el caso Snowden, con toda esa obsesión por la información y espías que lo cuentan. Existe, se está dando una transformación global. Los mismos agentes que revelan esos secretos saben, perciben, incluso alientan ese cambio de tiempo y por eso actúan así. Eso desnuda posiciones, por más que finjan que son aliados, amigos de alguien, quedan en evidencia.

Y tanto. Esto alienta el desconcierto. En nuestra época, sabíamos qué queríamos, los objetivos eran claros: en nuestro caso, derribar el comunismo. Para combatir al enemigo debes concretarlo, apuntarlo y después luchar contra él. Es lo que en estos tiempos no tenemos delimitado. De ahí la confusión.

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El sindicalista polaco, Lech Walesa, con su mujer Danuta y sus hijos en 1983. / CHIP HIRES

Pese a que en la era de Internet, el Santo Grial es la transparencia.

Sí, sí. Desde luego, una transparencia que debe hacerse hueco entre el caos. Pero el caos siempre existe al principio de cada nueva etapa. Lo que ocurre es que, con el tiempo, la libertad sin límites que causa ese caos desaparecerá. Se verá controlada. Cuando se inventaron los coches existía un hombre que iba por delante con una campana anunciándolo. Cuantos más coches aparecieron, más reglas llevaron consigo. Así se inventaron las normas de tráfico. Bien, lo mismo ocurre con los sistemas democráticos y ocurrirá con Internet. Al principio es complicado porque nadie quiere ni sabe ponerse de acuerdo según en qué asuntos. Pero se fue llegando a acuerdos. Lo mismo pasará con la Red. Empezaremos a abusar con tantas barbaridades que cuando se nos vaya de las manos, todo el mundo querrá alcanzar acuerdos sobre qué se puede hacer. Los errores y los abusos se darán, pero llegará un momento en que no será algo permanente. Mucha gente pagará por ello. Así es la naturaleza humana.

¿Qué espera de Polonia para ese futuro sin enemigos claros?

Es difícil. Más cuando no sabemos bien ciertas cosas. En mi tiempo nos considerábamos una generación especial, elegida. Esta es la era de la información, de la tecnología. Pocas generaciones han contado con una oportunidad de progreso y desarrollo semejante. Es el paso siguiente. Nosotros trajimos la democracia, ahora, el deber de las siguientes generaciones es asentarla, desarrollarla.

Ha hablado en muchas ocasiones de que una de sus claves fue vencer el miedo. ¿Cómo utilizó el poder comunista el miedo contra la gente para perpetuarse y cómo ve que los Estados lo usan ahora?

Al principio nos sentimos muy solos. Nadie nos apoyaba ni dentro ni, lo peor, fuera. No éramos más que unos trabajadores en contra del estatus que con el tiempo consiguieron el apoyo de diez millones de polacos para que la comunidad internacional se diera cuenta. ¿Teníamos miedo? Claro. Quién no, cuando en medio de la noche se presentan unos tipos con cara de pocos amigos a llevarte a alguna parte que ni conoces y sales con la sensación de que, a lo mejor, no vas a volver a ver a tu mujer ni a tus hijos de nuevo. Pero era la fe en creer que hacía lo correcto la que me movía a seguir para derrotar precisamente ese miedo impuesto y que era una causa justa.

Habla de su esposa, Danuta, fundamental para entender su lucha.

¿Qué le aportaba ella entonces? ¿Quizás un sentido común que iba más allá de su propio destino?

La conocí en 1969. Mucho antes de que comenzara nuestra lucha. Fue para mí un gran apoyo siempre. Vivió muchas dificultades conmigo, incluso en nuestro primer año de matrimonio, todo era muy duro. Nuestros hijos llegaron pronto, aunque éramos pobres. Yo estaba fuera a menudo, activo en mi oposición al régimen cuando empezaba. Tuvimos hasta que vender algunas de nuestras cosas para cubrir gastos. Los amigos nos ayudaban mucho. A mí no solo me metían en la cárcel, sino que debía viajar por el país para coordinar las protestas. Aun así, ella se quedaba en casa atendiendo a los chicos. Me echaban en falta demasiado y creo que ese ha sido mi mayor error en la vida, no estar allí cuando más me necesitaban. Pero no sabe lo agradecido que estoy por su apoyo y por haber criado a unos seres humanos tan decentes. Ella está planteándose escribir algo sobre su experiencia. Pagamos un precio muy alto a nivel personal.

Jesús Ruiz Mantilla. El País, España

OBRERO, CATÓLICO, SINDICALISTA

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Y anticomunista y líder político. Walesa (Popowo, 1943) es el rostro detrás del movimiento que se enfrentó y derribó el poder de la URSS en Polonia a partir de 1980 con la ayuda inestimable de otro polaco anticomunista, Juan Pablo II, que accedió al Vaticano en 1978. En septiembre de 1980, fundó el sindicato transversal Solidaridad, que sería el instrumento de acción y propaganda contra los soviéticos canalizando las huelgas y el incipiente movimiento ciudadano de oposición. En 1983 recibió el Premio Nobel de la Paz. Tras la caída del régimen, accedió a la presidencia del país en 1990. Tras perder las elecciones en 1995, intentó diversas aventuras políticas sin éxito.

Robert Maass. El País, España

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