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VIAJE A LA OLVIDADA ARACATACA DEL RECORDADO GARCÍA MÁRQUEZ

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VIAJE A LA OLVIDADA ARACATACA DEL RECORDADO GARCÍA MÁRQUEZ
agosto 21

VIAJE A LA OLVIDADA ARACATACA DEL RECORDADO GARCÍA MÁRQUEZ

aracataca

EL MUNDO se adentra en el mítico pueblo que fue escenario de ‘Cien años de soledad’ con un primo de Gabo, que denuncia el abandono de la zona

“No voy a Aracataca porque me da tristeza”. Nicolás asegura que su primo jamás pronunció una frase que sentó mal en el pueblo. Fue un periodista el que se la inventó hace años, señala sin asomo de duda. Y el Nobel no se molestó en desmentirla. “Estaba en el Hotel El Pincho del Rodadero (Santa Marta) con su hermano Jaime, llegaron varios periodistas y le pidieron una entrevista. Invéntense algo porque yo estoy almorzando, les gritó Gabo. Uno le hizo caso y eso se quedó así”.

Quizá sea cierto que nunca pensó decirlo, aunque razones no le faltaban, ni entonces ni hoy. Aracataca sigue empantanado en el pasado, incapaz de superar sus innumerables carencias. El 61% de la población, de 45.000 habitantes entre el casco urbano, corregimientos y veredas, no tiene satisfechas sus necesidades básicas, cifra que da el alcalde, Tufith Acuña. Pero más de un vecino sugiere que la realidad es infinitamente peor.

No hay más que observar el novelón del agua. El acueducto que el Gobierno prometió en honor al Nobel, resultó un fiasco. Como si se tratara de un cuento ‘macondiano’, la misma semana en que anunciaron, a bombo y platillo, que el Presidente lo inauguraría, tuvieron que abortar la ceremonia en el último suspiro. Un grupo de concejales se rebeló y las redes sociales secundaron la protesta. No aceptarían una farsa para estar en la foto.

Por los grifos sigue saliendo el agua del río sin tratamiento, color café con leche. Y ni siquiera les llega a todos, sólo a un tercio de la población, lo que da otra pista más de las dificultades que vive esta tierra mítica, convertida en territorio de peregrinación de admiradores de Gabo. “Hasta se cuelan pececitos. Y no es chiste”, me cuenta un lugareño.

Decidieron, como Fuenteovejuna, que nadie cortará una cinta hasta que sea transparente, potable, y abastezca a la totalidad de los hogares las 24 horas. Supe después, aunque aún no es público, que eso no sucederá en un futuro cercano. Hicieron mal los estudios de presión y además deben cambiar todas las tuberías, en estado deplorable, amén de otros inconvenientes. En idioma local significa varios años más de espera.

Ya lo adivinó Nicolás, cuando se encontró con su primo en Cartagena de Indias, en los años 80, en una de las escasas ocasiones en que García Márquez visitó Colombia en aquellos años y que se convirtió, como todo lo del Nobel, en un acontecimiento nacional. Gabo atraía a las masas.

-¿El pueblito cómo está?, quiso saber el escritor.

-Abandonado como siempre, primo. Cien años de soledad, respondió Nicolás.

-Y el alcalde, ¿qué hace?, inquirió Gabo.

-¿Cuál alcalde?, contestó.

El cataquero más ilustre se echó a reír. Igual que Nicolás Arias, 78 años, que suelta una carcajada al recordar la conversación. Ninguno intuyó entonces que los 100 años se quedarían cortos. Se cumplen en abril del 2015, cuando Aracataca celebre su primer siglo de existencia, un lapso demasiado corto para que den algún paso efectivo hacia el progreso.

“Cuando Gabo recibió el Nobel (1982), el presidente Belisario Betancurt eligió tres gobernadores cataqueros seguidos (entonces eran por designación) para que hicieran algo por el pueblo, pero no hicieron nada. Todo quedó como estaba”, indica Nicolás.

Por la diferencia de edad y porque los dos salieron de Aracataca siendo niños, uno para el centro del país y el otro hacia el norte, los primos no se conocieron hasta 1966. Nicolás había regresado de manera definitiva con su familia y Gabo estaba de visita por asistir al primer Festival Vallenato -la música que nace en las entrañas de la región Caribe colombiana- que acogió la localidad. Se saludaron-. “Soy el hijo de tu tío Rafael”, se presentó Nicolás. Hablaron de familiares y conocidos, y pasaron otros 20 años hasta volverse a encontrar.

Nicolás Arias, primo de Gabriel García Márquez

Le pregunto si no le reprochó nunca las largas ausencias, el que sólo pisara Aracataca, desde aquél Festival, dos veces más y por escasas horas antes de su muerte. Una en 1983 y la última en 2007, visita que fue ya no sólo un asunto nacional, sino internacional. Cientos de medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de aquel ‘regreso’ que supuso la despedida definitiva de García Márquez de la tierra que le dio los ingredientes principales de su novela principal.

Nicolás, que fue vigilante en la Federación de Algodoneros y chófer de autobús, dibuja una sonrisa antes de hacer una confesión. “Vino mucho, pero en secreto y a la finca de un íntimo amigo suyo que fue alcalde”, aduce, aunque no hay evidencias de que eso ocurriera. “Y aunque no tenía obligación, porque ya nos regaló un Nobel, sí que mandaba plata para el pueblo, pero se la daba a la Administración y ellos nunca dijeron que era de él”, agrega, adelantándose a la acusación que se oye por los rincones de Aracataca: Gabo no movió un dedo por el pueblo, pese a su privilegiada posición.

Nicolás, que no ha leído ninguna novela del afamado primo, vive en una modesta casa del barrio de El Carmen, en una calle arbolada, sin pavimentar, donde suele nacer un riachuelo de aguas negras. Con los diluvios crece al desbordarse las alcantarillas. Pregunto cómo no ha conseguido que los sucesivos alcaldes le den una solución, si a su hogar llegan autoridades locales y foráneas en las conmemoraciones de cualquier acontecimiento relacionado con García Márquez.

“En la alcaldía nos dicen: en su calle hagan rifas, hagan actividades para conseguir plata y que les quiten con lo que recauden el agua de la alcantarilla que se rebosa. Yo pienso que es algo que deben hacer ellos. Y eso que hemos ofrecido poner nosotros el trabajo y que ellos nos den los materiales”, señala Nicolás. “Pero vea qué mala suerte. Vino hace unas semanas el embajador mejicano y un ministro, y yo feliz porque les iba a mostrar lo que pasaba y así me ayudarían. Y preciso ese día no había agua”, cuenta entre risas, resignado a convivir con la pestilencia.

La casa contigua a la suya es de Elvira, 85 años, la única de sus hermanos que también echó raíces en Aracataca. A diferencia de Nicolás, ella coincidió con Gabo de niño, pero no le gusta conversar con extraños y, encima, detestaba ir a la casa de su abuelo. “Me llevaba mi mamá, pero a mí no me gustaba ir, no soy de estar en casas ajenas”, dice incómoda por revelar sus intimidades. Tampoco era de estudios, añade, pronto se cansó de la escuela y apenas aprendió a escribir su nombre.

Puesto que conoció el lugar donde vivían sus abuelos y conserva fresca en la memoria imágenes de su infancia, le pido que venga conmigo a la Casa Museo de García Márquez, la que perteneció a los abuelos, y haga de guía. “Casi no veo, perdí un ojo y en el otro tengo glaucoma, y no soy de salir de mi casa, sólo al médico”, argumenta en tono amable, pero con la contundencia de quien rechaza una invitación que le resulta incómoda.

Me acompaña Nicolás, que no pisó aquél hogar, ahora reconstruido, pero conoció bien al coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía por el rastro de hijos que dejó en la región. “Mi abuelo fue loco, tenía una gran cantidad de hijos, al menos seis Nicolás. La mayor parte eran por fuera del matrimonio, nosotros, también. Él iba por pueblos y encontraba algunos. Yo también daba con hermanos míos”, comenta divertido. “Mi tía Luisa, que no le gustó nada cuando mi primo escribió que su mamá se llamaba Luisa Santiaga, tuvo 14 hijos, y el papá de Gabo, cuatro por fuera del matrimonio”. Gabo decía con sorna: “Soy uno de los 16 hijos del telegrafista, pero tenía 18. No sé de dónde sacaba el número”.

Un tren llega a la estación de Aracataca el mismo día en que falleció el Nobel.

En el inicio de su autobiografía, ‘Vivir para contarla’, Gabo escribió que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Tampoco las reconstrucciones son fieles reflejos de las obras originales, debió pensar cuando vio su Casa Museo.

“Es una casa rara, a ninguno (de los García Márquez) les gustó, pero aceptaron la cosa. Gabito dijo: déjenla así ya, no van a perder los 1.000 millones de pesos colombianos que costó arreglarla”, le contaron a Nicolás que opinaron al conocer el resultado de la reforma de la casa de los abuelos.

Es una bella y amplia estructura blanca, con 14 dependencias, decoradas con muebles y objetos de la época para evocar el ambiente en que creció el futuro Nobel, ninguno perteneciente a los García Márquez. También conserva la casa de los sirvientes, indios wayúus.

“Es muy suntuosa para la época y ellos no eran personas adineradas, sino más bien eran pobres”, comenta una cataquera septuagenaria. Al recorrerla con Nicolás y escuchar sus comentarios, en ocasiones sólo una subida de cejas o una sonrisa irónica, adquieren más sentido las palabras de Gabo en su autobiografía ‘Vivir para contarla’: “Durante toda mi infancia, la describían de tantos modos que eran por lo menos tres casas que cambiaban de forma y sentido según quien las contara”.

A Nicolás le choca, sobre todo, el comedor, vestido con un fino mantel blanco y una vajilla de igual color. “Una mesa para 16 comensales previstos o inesperados que llegaban en el tren del mediodía”, rememora García Márquez. Al primo se le antoja excesivo el número de invitados y los lujos. “Es moderno”, murmura para que nadie le oiga, “no eran así”. Le incomoda criticar el escenario que transitan sus ojos. “Las paredes eran de tabla rústica, montadas, no blancas como éstas, se utilizaban las cortinas en lugar de puertas”. Ni los muebles, ni las mesillas, ni los adornos. Sólo la casa de los indios y el amplio patio, donde florecían los árboles frutales y las legumbres, le parecen fieles a los tiempos del coronel.

Pese a todo, le gusta que exista un lugar a donde puedan acudir los admiradores de Gabo y quienes sólo pretenden aprender algo de su pasado. Mira con cariño al grupo de escolares que ha formado la Casa Museo como guías infantiles, mientras recitan los detalles de cada sala. “La servidumbre eran indios de la Guajira. Ellos ayudaban en los oficios de la casa”, indica una. “Estos indios le contaban historias a Gabo y le metían supersticiones”.

De nuevo en la calle, Nicolás regala una de sus sonrisas bondadosas al despedirse. Es un hombre amable que habla con una cierta nostalgia cargada de ironía. Le parece que Aracataca le debe a Gabo existir en el mapa de medio mundo. En eso demuestra una gratitud y una lealtad que es extensiva a muchos de los habitantes de esta zona que un día reveló en una novela sus singularidades de carácter ‘mágico’. Sólo querría que sus paisanos cuidaran mejor su legado para que los extranjeros llegaran por miles a caminar sus pasos. “Nos regaló un Nobel”, repite orgulloso.

Salud Hernández Mora. EL MUNDO, España. 15-08-2014 

 

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