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FIDEL Y UN SECRETO PERIODÍSTICO

FIDEL Y UN SECRETO PERIODÍSTICO

FIDEL Y UN SECRETO PERIODÍSTICO

FIDEL Y UN SECRETO PERIODÍSTICO

lillianLillian Calm escribe: “Todo esto me ha hecho reflexionar sobre Fidel. La verdad es que me llamó la atención leer que había cumplido sólo 88 años. Yo le habría echado 98 por lo bajo y quizás, en parte, por todo lo que en su vida ha dado que hacer. Al menos cuando vino a Chile”.

Los periodistas también tenemos nuestros secretos para ser utilizados en momentos de S. O. S. Si bien muchas veces resultan infalibles, los hay a veces muy falibles y, entre éstos, sin duda están las necrologías… de los vivos.

Sé que esto parece un contrasentido, pues el significado de necrología es “biografía o nota biográfica breve que se hace de una persona que ha muerto recientemente”, y por lo tanto es contradictorio escribirla sobre quien todavía vive.

Pero lo cierto es que en periodismo, sin falsear la verdad, muchísimas veces nos adelantamos a ese acontecimiento definitivo. En otras palabras, sin doble intención alguna sino con verdadero profesionalismo, se preparan algunas necrologías con antelación (en lo que se refiere a datos biográficos y otros, se entiende) para luego, en el momento, sólo maquillar el texto según las circunstancias: fecha, hora, lugar del deceso.

Esto tiene una explicación muy lejana a lo lúgubre: los periodistas somos verdaderas víctimas de las horas de cierre, es decir, de ese momento fatídico fijado por estrictos horarios para que se despache a los talleres un artículo –ya no se puede escribir ni media línea más- y se proceda a su impresión.

Durante décadas he trabajado en prensa escrita, con sus infaltables horas de cierre. ¿Qué ocurre si un prócer o un anti-prócer (según el prisma con que se lo mire), que ya tiene muchos años o ha estado gravemente enfermo durante semanas, muere a la hora de cierre?

Existe una estrategia: estar preparados. Esto me lo enseñó mi maestro en periodismo, aunque para ser franca debo admitir que la primera vez la lección falló por completo. Recuerdo que se me encargó escribir una necrología del ex presidente de Estados Unidos (y figura clave de la Segunda Guerra Mundial), Dwight Eisenhower.

Asombrada –yo recién comenzaba a ejercer la profesión- le estampé a mi editor un “está muy enfermo, pero todavía no se ha muerto”. Me insistió: “Escríbelo y vas a ver”. Obediente, hice el trabajo y le entregué el artículo escrito entonces en una vetusta Underwood. Con cierto ademán pedagógico lo guardó en el cajón de su escritorio y me repitió: “Vas a ver…”. En realidad nunca vi nada, porque cuando Eisenhower murió, a fines de la década del sesenta, el diario en que yo trabajaba estaba en huelga y mi necrología jamás se publicó.

Pero con el tiempo tuve que escribir otras necrologías previas al deceso de algunos personajes. Y en dos o tres casos en que éstos murieron al filo de la hora de cierre, bastó uno que otro retoque para que los lectores tuvieran en sus manos un nutrido y extenso reportaje sobre el recién fallecido.

Sin embargo en un diario en que trabajé durante muchos años me encargaron no una mera crónica, sino un SUPLEMENTO (lo pongo en altas) sobre el entonces agónico Fidel Castro. Recuerdo que fue el tiempo en que Hugo Chávez viajaba desde Venezuela una y otra vez para estar junto al lecho del amigo enfermo.

El suplemento quedó completísimo. No obstante, al igual que la necrología de Eisenhower, éste tampoco se publicó aunque por una diferente y sencilla razón: Fidel ha resultado sempiterno. Acabo de leer que cumplió 88 años. Yo ya no estoy en ese diario y gradualmente han ido partiendo, también, quienes me encargaron ese suplemento (los viejos estandartes, por llamarlos de alguna manera); y todo quedó ahí, quizás estancado para siempre. ¿Sabrán los nuevos mandamases de la existencia de ese suplemento? ¿O, tan siquiera, en qué archivo lo pueden encontrar para imprimirlo en caso necesario?

Lo que no me cabe duda –y con esto no estoy deseando muerte alguna, ya que eso no lo haría con nadie- en casi todos (por no decir todos) los medios periodísticos que trabajan bien, tienen ya ese material preparado.

Todo esto me ha hecho reflexionar sobre Fidel. La verdad es que me llamó la atención leer que había cumplido sólo 88 años. Yo le habría echado 98 por lo bajo y quizás, en parte, por todo lo que en su vida ha dado que hacer. Al menos cuando vino a Chile. Al Chile de Salvador Allende, que tanto lo admiraba. La verdad es que a mí me agobió hasta el hastío.

Me pidieron que reporteara su llegada y tomé el pauteo tan a la letra que la primera vez que lo vi fue en el instante mismo en que emergió del aeropuerto de Pudahuel, a las cinco de la tarde del 10 de noviembre de 1971. En ese momento yo no sabía que me vería obligada a seguir durante un tiempo demasiado prolongado a ese singular personaje. Porque la verdad es que se quedó y se quedó y se quedó, y sólo fui a reportear su partida, al mismo aeropuerto, casi un mes después. ¿Cuánto tiempo duró la visita? Tres semanas, hasta el 4 diciembre, algo más bien propio de la época del Gengis Kan, conquistador mongol del siglo XII, centuria en que los medios de transporte se encontraban más atrasados que en el siglo XX… y los viajes se alargaban interminablemente.

Tiempo atrás escribí una columna sobre lo que fueron esos 22 días en que Fidel intervino sin remilgos en la política interna chilena. Fueron 22 días de enfrentamiento entre gobierno y oposición. Fueron 22 días de pullas no carentes, eso sí, de humor y de mucha sátira periodística, válvula de escape a la tensión existente entre los bandos antagónicos: la Unidad Popular de Allende y los otros.

Pero el hecho es que en esos días se exacerbó mucho más el antagonismo y Chile ya nunca más volvió a ser el mismo.

Ahora sólo el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, logra interrumpir mis recuerdos. Leo que al felicitarlo por estos 88 años de vida ha señalado que Fidel ha llenado “de luz la historia” y, también, “el futuro”.

Pensar que hay opiniones para todo.

Lillian Calm

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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