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LA MUERTE EN EL ARTE

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LA MUERTE EN EL ARTE
agosto 07

LA MUERTE EN EL ARTE

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En su ensayo “Powers of Horror”, Julia Kristeva observa que, en un esquema semiótico del arte, el cuerpo “despierta miedo y fascinación ya que representa el futuro de todos nosotros, la des-apropiación del cuerpo”.

Sus observaciones nos recuerdan ese deseo continuo de observar eso en lo que eventualmente nos convertiremos, pero constantemente rechazamos.

La civilización occidental experimenta mucha incomodidad con el cuerpo muerto, y ello ha resultado en todo tipo de intervenciones artísticas para “negar” su realidad de materia en descomposición. Sin embargo hay algunas pinturas, como la de Hans Holbein El cuerpo de Cristo muerto en la tumba (1520-22) que resaltan, en lugar de mitigar, la realidad necrótica del cuerpo.

El cuerpo de Cristo es el ejemplo perfecto de la “domesticación de la muerte”. Es quizás el único cadáver que podemos mirar sin horrorizarnos, porque su sobreexposición lo ha vuelto manejable. Nadie ha pintado a Cristo tan violentamente cerca de la descomposición real (que a todos nos espera) como lo hizo Holbein. Allí radica su maestría en transmitir la fascinación del horror.

En contraste con Holbein, Giovanni Bellini pinta a un Cristo muerto que no parece estar muerto del todo. El suyo es un cuerpo desmayado cargado por ángeles que lo envuelven en dignidad. En Cristo muerto sostenido por ángeles (1465-70) hay esperanza católica de resurrección, hay belleza varonil, hay un pecho desnudo lleno de amor. Al esconder la realidad del cuerpo en putrefacción, el cuadro engendra una suerte de ambigüedad que interrumpe las fronterasentre lo real y lo no real.

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Otro tipo de terror es el que grafica Picasso con el bebé muerto de Guernica (1937):

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Es tan desgarradora la precisión de la falta de vida en el rostro del bebé, que vemos la muerte en toda su brevedad y, al mismo tiempo, vemos todo el horror de la guerra. La combinación de los signos físicos y espaciales del Guernica despierta inenarrable dolor.

En un tono más orientado a lo mórbido y definitivamente macabro, la escultura de Santa Cecilia, de Stefano Maderono (1600) merece mención. Esta inquietante obra maestra retrata el cuerpo preservado de Santa Cecilia, que fue descubierto en Roma en el siglo XVI.

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Una tela blanca esconde la realidad del cuerpo en rigor mortis; al no poder ver el rostro de la santa, ésta se santifica. Pero vemos sus manos y sus pies, ambos especialmente femeninos, al igual que la posición de su cuerpo. Hay belleza en la muerte, y ello no deja de provocar una fascinación macabra por la escultura. Maderono esconde la descomposición del rostro (que quizá se viera tan terrorífico como el del Cristo de Holbein), y así nos deja una inquietantemente estética experiencia mórbida.

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Por último está El torero muerto de Edouard Manet (c. 1864). Manet desensibiliza la muerte con sus pinceladas casuales. El torero yace en el piso con una mancha de sangre que surge de un hombro. Pero la sangre es mínima; su rostro está muerto pero no denota ni paz ni terror, ni nada en específico más que muerte. Es un recordatorio plástico de la violencia de la existencia y de la posibilidad de dejar de estar vivos en cualquier momento.

The Guardian

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