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“EL RUIDO ES EL AUTÉNTICO TERRORISMO”

“EL RUIDO ES EL AUTÉNTICO TERRORISMO”

“EL RUIDO ES EL AUTÉNTICO TERRORISMO”

EL RUIDO ES EL AUTÉNTICO TERRORISMO”

 

reuidoPara el sacerdote escritor Pablo D’Ors,lo que nos da miedo del silencio no es encontrarnos con Dios, sino con nosotros mismos”.

No nos gustamos y pasamos la vida escapándonos de nuestra realidad. Somos auténticos maestros de la fuga”, afirma el sacerdote escritor Pablo d’Ors, recientemente nombrado consultor del Consejo Pontificio para la Cultura en la siguiente entrevista. Asegura que cada vez más, creyentes y no creyentes se acogen al silencio, como refrenda la asistencia al seminario de entrenamiento que dirige, “Amigos del desierto”, y aclara que “nadie que esté lleno o satisfecho de sí podrá recibir al Misterio; antes es preciso un trabajo de desapego o vaciamiento”.

Tiene varios libros publicados sobre el silencio, ¿a qué se debe su insistencia? ¿Entiende que es el único modo de conectar con Dios y con nosotros mismos?

Los libros en que abordo esta cuestión son dos: explícitamente en el ensayo Biografía del silencio (Siruela, 2012), e indirectamente en la novela El olvido de sí, donde narro en primera persona la fascinante vida de Charles de Foucauld, explorador de Marruecos y ermitaño-misionero en Argelia. El silencio no es un tema, sino el gran tema de nuestro tiempo, al menos en Occidente, y ello porque el ruido es el auténtico terrorismo que nos devasta por dentro.

¿Cree que los cristianos estamos faltos de momentos de silencio y no sabemos o nos da miedo entrar en el silencio por si Dios nos pide más?

Sí, hay una honda necesidad de silencio, como prueba el hecho de que cada vez sean más, creyentes o no, los que buscan espacios de retiro para el encuentro consigo mismos y con lo esencial. Lo que da miedo no es Dios, el Gran Desconocido, sino nosotros mismos, que es lo que en primera instancia se encuentra cuando nos silenciamos. No nos gustamos y pasamos la vida escapándonos de nuestra realidad. Somos auténticos maestros de la fuga.

En el sentido anterior, nos conformamos con dirigirnos a Dios con seculares oraciones vocales, ¿qué nos estamos perdiendo con la oración del corazón?

Al igual que en la relación con el ser amado no basta la palabra y el gesto, siendo en ocasiones necesario pasar a esa intimidad mayor que es la mirada o la pura presencia, así en la relación del creyente con su Dios. La oración vocal es la propia de la infancia; la mental, la de la adolescencia; la afectiva, la de la juventud; la silenciosa o del corazón, como también se llama, la de la madurez. La diferencia sustancial radica en que sólo en esta última el foco de atención está en Dios, mientras que en las tres anteriores, el centro sigue estando en las propias palabras, pensamientos o emociones.

Tiene un libro titulado “El amigo del desierto”. Ese espacio fue la antesala de la vida pública Jesucristo y de muchos anacoretas, ¿qué hay en el desierto que nos haga crecer para dentro?

Se trata de una novela, publicada en Anagrama en el 2009, que es la primera parte de mi, así llamada, Trilogía del silencio. El desierto es metáfora del vacío, que dirían los budistas, de la pobreza espiritual, que decimos los cristianos. Nadie que esté lleno o satisfecho de sí podrá recibir al Misterio; antes es preciso un trabajo de desapego o vaciamiento, que es lo que propicia y fomenta la meditación. El seminario de entrenamiento espiritual del que soy fundador y que animo, llamado precisamente “Amigos del Desierto” tiene esa finalidad: abrir para creyentes y no creyentes espacios y tiempos para la contemplación y el encuentro con lo más radical.

ENRIQUE CHUVIECO

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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