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EL TALENTO PERDIDO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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julio 17

EL TALENTO PERDIDO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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Ana Frank murió de tifus en el campo de concentración de Bergen-Belsen

En el 70 aniversario de la muerte de Saint-Exupéry, la Cultura añora a los artistas desaparecidos en el conflicto

De entre todas las consecuencias negativas de una guerra siempre se pone de relieve el número de víctimas y las generaciones perdidas. Es decir, los fallecidos y los no nacidos por culpa del conflicto y su posterior miseria. En el caso de la cultura, la Segunda Guerra Mundial no solo fue devastadora con las obras de arte, sino con varios nombres que estaban llamados a hacer grandes cosas en el cine, la literatura o incluso el deporte.

La más recordada de estas pérdidas será la de Antoine de Saint-Exupéry, autor de «El principito» y de cuya muerte se cumple este mes 70 años. El escritor francés era conocido por su manejo de las aeronaves, una afición que reflejó en algunas de sus obras más celebradas, pero aquel 31 de julio de 1944 todo salió mal.

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Saint-Exupéry era un piloto experimentado pero, como recoge esta secuencia captada desde la aeronave enemiga, su avión fue derribado

Saint-Exupéry despegó de la isla de Córcega a bordo de un Lockheed P-38 para fotografiar posiciones enemigas al este de su Lyon natal. Se trataba de un vuelo de reconocimiento en el tramo final de la Segunda Guerra Mundial, pero nunca más se supo: su avión se perdió en el Mediterráneo, cerca de las costas de Marsella.

«La primera mujer»

También en un accidente aéreo, aunque en circunstancias bien distintas, perdió la vida la actriz Carole Lombard. En el libro «Ser o no ser. Ernst Lubitsch: guía para ver y analizar» (Octaedro), Manuel Moreno Díaz y Juan Manuel Rodríguez Pachón definen a Lombard como una intérprete «estandarte de elegancia, sensualidad, inteligencia y picardía. Una de las grandes de la comedia». En esta ocasión, el destino y el ambiente prebélico hicieron que su avión se estrellara 16 de enero de 1942 en las montañas de Nevada.

Estados Unidos aún no había entrado en la guerra –faltaban dos meses para el ataque sobre Pearl Harbor–, pero ella venía de participar en una gala que recaudó fondos contra los nazis. El entonces presidente estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, la consideró como la primera mujer fallecida en la guerra, pese a que aún no se había entrado de forma oficial en el conflicto. El avión como medio de transporte estaba aún por perfeccionar, y también le costó la vida al músico de jazz Glenn Miller, que tenía el rango de Mayor en el ejército norteamericano y desapareció sobrevolando el Canal de la Mancha.

Korczak ayudó a los niños de su orfanato a sobrellevar los días en Treblinka

Más allá de la muerte de Saint-Exupéry, las letras europeas perdieron a otros autores como Ana Frank o Janusz Korczak. La primera, de origen judío y de sobra conocida por el diario que lleva su nombre, estuvo dos años y medio ocultándose de los nazis. Acabó muriendo de tifus en el campo de concentración de Bergen Belsen semanas antes de ser liberado.

El segundo, Janusz Korczak, era un conocido pedagogo, escritor y activista cuya historia aparece en libro «El pianista de Varsovia», de Wladyslaw Szpilman. Korczak estaba al frente de un orfanato judío que fue evacuado al campo de concentración de Treblinka. Aunque tuvo la oportunidad de salvarse, no quiso abandonar a los niños. Durante el trayecto y la estancia en Treblinka maquilló con buenas palabras –al más puro estilo de «La vida es bella»– aquella realidad que acabó con todos en la cámara de gas.

Un sobrino «rojo»

El caso de Esmond Romilly trasciende todo lo anterior. No se dedicó a la cultura, no era judío, pero su influencia provocó una escena para la historia. Conocido como el sobrino «rojo» de Churchill, Romilly estaba casado con Jessica «Decca» Mitford, perteneciente a una de las familias nobles más importantes de Reino Unido.

También de buena familia, él era un declarado antifascista que combatió primero en la Guerra Civil española. En pleno conflicto, Mitford se quedó embarazada y Churchill envió un destructor al puerto de Bilbao para llevarles de vuelta a Reino Unido, después de que el padre de «Decca», el barón de Redesdale, se lo suplicara al «premier» británico. Ellos no quisieron regresar y emigraron a Estados Unidos, donde Romilly, fiel a sus principios, combatió para los aliados en la Segunda Guerra Mundial, perdiendo la vida en un accidente de avión.

Fue entonces cuando surgió una espectacular anécdota que la propia Jessica Mitford recogió después en su libro «Nobles y rebeldes» (Asteroide). A Mitford le costaba asumir que su marido no iba a volver, y Churchill quiso reunirse con ella en la Casa Blanca. En aquella conversación le ofrecieron trabajar para el embajador inglés en Estados Unidos: la idea era garantizar su futuro ahora que se había quedado viuda. Ella se negó, cogió el fajo de billetes y lo arrojó a la cara de Churchill. Con el tiempo se convirtió, además de en una gran periodista, en una defensora de los derechos civiles.

El prototipo ario

Alemania perdió la guerra y también aportó bajas a esta nómina de talento malogrado. La vida de Carl Ludwig Long pasará a la historia como un ejemplo de deportividad e infortunio. «Luz» Long era el prototipo de hombre ario: blanco, rubio y ojos claros. Campeón alemán de salto de longitud, se presentó a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 –culmen de la parafernalia nazi– como uno de los favoritos para conseguir la medalla de oro.

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«Luz» Long (i), junto a Jesse Owens (d) en Berlín 1936

El día de la final, con Hitler en el palco, «Luz» Long se midió entre otros al estadounidense y negro Jesse Owens. El atleta foráneo, uno de los mejores de la historia, comenzó la final con dos saltos nulos. En un intermedio, Long se acercó para darle ánimos y sugerirle cómo mejorar. A partir de ahí, Owens fue creciendo en la prueba y en el quinto saltó consiguió la marca que le valió la medalla de oro. Cuentan que Hitler se marchó del estadio, que prefirió no felicitar al campeón mientras «Luz» Long sí lo hizo, protagonizando una de las fotografías más famosas del olimpismo.

El atleta alemán, plata en aquella final, terminó combatiendo en la guerra para el ejército nazi. Murió en un hospital militar de Sicilia controlado por las fuerzas británicas, días después de luchar en la defensa de Italia del avance de los aliados.

La irracionalidad del conflicto tuvo una última víctima en la figura de Anton Webern. Extraordinario músico de la Segunda Escuela de Viena, murió mientras encendía un cigarrillo en la puerta de su casa. Era 15 de septiembre de 1945 y aún no se había levantado el toque de queda. Al parecer, un miliciano estadounidense disparó contra él por error mientras perseguía al yerno del músico, acusado de contrabando. Según otra versión, más absurda todavía, el soldado estaba ebrio y confundió la luz del cigarrillo con la ráfaga de un fusil.

Jorge S. Casillas para el ABC de Madrid

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