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TEMPLOS NO MERCADOS

TEMPLOS NO MERCADOS

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TEMPLOS NO MERCADOS

templosEscribe Vicente Franco: “el interior de las iglesias está para estar en la presencia de Dios, con piedad reverente”.

El mes de mayo en España es considerado tradicionalmente por los católicos un mes mariano, dedicado por excelencia a las advocaciones de la Santísima Virgen María. Por tal motivo, quizá, las iglesias sean más transitadas en este periodo primaveral debido a ciertos eventos sacramentales, a la sazón, las primeras comuniones, las confirmaciones, cuantiosas bodas y por qué no también un buen número de bautizos. Es cierto que este tipo de celebraciones son acontecimientos de gran alegría y gozo por cuanto representan, características éstas que sin duda son compatibles con el saber estar, la educación y el respeto a lo sagrado.

Digo esto porque se observa reiteradamente que en estos actos religiosos, los cuales acaecen precisamente dentro de los templos, parroquias o capillas, además de ser lamentablemente más habitual el boato y la presunción que la circunspección y el recogimiento, el talante silente brilla en la mayoría de los casos por su ausencia. Esto sucede así cuando se presta más atención al puro formalismo que al propio contenido que da sentido a la celebración en sí. Es como si de un rito cultural o meramente social se tratase, un protocolo que precede trivialmente a un suntuoso banquete que según sea de copioso y restaurador, por tal motivo así será también etiquetada por los asistentes la “solemnidad” de la ceremonia.

Sirva de ejemplo que ya en los preparativos catequéticos previos a la realización de las primeras comuniones, en muchas ocasiones, los comulgantes no adoptan una postura acorde con el importante compromiso que van a adquirir. Los formadores son piezas clave en el camino catecumenal, pero los padres son quienes por voluntad propia y porque así lo desean sin coacción alguna deben con su ejemplo educar en la fe católica a sus hijos. Por ello no es infrecuente ver cómo en ese día tan señalado hay niños que comulgan dos veces: la primera y la última, pues tras el ceremonial toda la religiosidad queda vacua, reducida a un acto ficticio abocado a un desproporcionado convite que solo sirve para sofocar el “qué dirán” o mitigar murmuraciones de corrillo de barra de bar, dado que en nuestra sociedad se suele vivir más de las apariencias que de la tangible realidad.

Tampoco es de recibo ver el caos que se forma al entrar y al salir de las iglesias, ya que hasta que comienza el acto religioso no se para de hablar, de hecho se entra ya hablando y cada vez en voz más alta. Al finalizar, el gentío rompe de nuevo a conversar mientras en procesión va saliendo lentamente, sin prisa, una muchedumbre que parece multiplicarse por momentos debido al griterío que la jalona, como si su cháchara indiscreta ignorara cuanto hay a su alrededor, como si la consideración hacia los demás que frecuentan el lugar no fuera con ella. Recordemos que el interior de las iglesias está para meditar, para orar, para adorar al Señor, para estar íntimamente en la presencia de Dios, mostrando con tal actitud una distinguida piedad reverente.

Así las cosas, y en nombre de la libertad de culto, resta decir que para concurrir a este tipo de actos que al comienzo se han expuesto, se exige para creyentes y no creyentes una juiciosa compostura acorde con quien preside estas ceremonias, pues no olvidemos que el anfitrión de las mismas siempre es Jesús Sacramentado, el cual se encuentra en el tabernáculo esperando con mansedumbre que nuestra entrega sea ofrecida por medio de nuestro silencio interior y no por el griterío bullicioso que exhiben regularmente los centros comerciales y los mercados. T

Vicente Franco

España

Forum Libertas

14 05 2014

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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