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EL NIÑO Y EL GUSANO DE ORTIGA

EL NIÑO Y EL GUSANO DE ORTIGA

EL NIÑO Y EL GUSANO DE ORTIGA

EL NIÑO Y EL GUSANO DE ORTIGA

gusanoAl insolente, irrespetuoso, o delincuente, debe demostrársele siempre que la autoridad prevalece sobre él.

Una nueva entrega de las fábulas de Esopo, en esta ocasión El niño y el gusano de ortiga, nos advierte sobre un riesgo muy actual: el de las malas compañías. El sabio consejo de los padres es uno de los mejores antídotos.

 

El niño y el gusano de ortiga

“Un niño fue herido por un gusano de ortiga.

Corrió a su casa y dijo a su madre:

– Me ortigó fuertemente, pero yo solamente lo toqué con suavidad.

– Por eso te ortigó –dijo la madre-,

la próxima vez que te acerques a un gusano de esos,

agárralo con decisión, sin caricias,

y entonces será tan suave como seda,

y no te maltratará de nuevo”.

 

Mi querido amigo Esopo: No sé si la táctica de esta buena madre evita realmente el picor de los gusanos de ortiga; yo, por si acaso, prefiero dejarlos caminar tranquilamente. Pero sí es de gran sabiduría el principio pedagógico que le deja a su hijo: no coquetees con los malvados, intentando llegar a componendas con ellos, so pena de terminar en su mismo mal.

La madre, como las madres de todos los siglos, sabe que las malas amistades, los malos influjos, pueden ir penetrando en sus hijos casi sin darse cuenta. Y primero son travesuras sin importancia, juegos de niños, luego son diversiones a escondidas, y de repente sienten el picor de este gusano de ortiga, la inquietud de haber hecho una travesura demasiado grande. Si en esos momentos el niño acude a sus padres, o estos saben intuir su picor, el peligro puede ser salvado; pero si ya no hay cercanía entre padres e hijos, el picor puede dañar el corazón, y las malas amistades perder al niño bueno.

Al insolente, irrespetuoso, o delincuente, debe demostrársele siempre que la autoridad prevalece sobre él T

José Francisco Vaquero

Forum Libertas

05 05 2014

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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