Temas & Noticias



KOWALSKA-WOJTYLA: LA REVOLUCIÓN DE LA MISERICORDIA

KOWALSKA-WOJTYLA: LA REVOLUCIÓN DE LA MISERICORDIA

KOWALSKA-WOJTYLA: LA REVOLUCIÓN DE LA MISERICORDIA

KOWALSKA-WOJTYLA: LA REVOLUCIÓN DE LA MISERICORDIA

misericordia

Formidable texto sobre Juan Pablo II, el hombre que derribó el comunismo con la sola fuerza de su palabra, fiado de la fuerza irresistible de un hombre que confía en Dios. Precisamente, el diario de santa Faustina Kowlska reitera que la virtud más difícil para el cristiano es la confianza, confianza en Dios Padre, un vuelco en la ascética de muchos siglos.

Faustina Kowalska nació el 25 de agosto de 1905 en la aldea polaca de Glogowiec, provincia de Konin, y murió el 5 de octubre de 1938, en Cracovia.

Conocida como el apóstol de la Divina Misericordia, Kowalska estuvo bajo investigación del Vaticano hasta 1981, aunque los años más duros para saber si estábamos ante una loca, una estafadora o una santa fueron los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX. No es de extrañar: mujer que había tenido una de las revelaciones más nítidas y continuadas de la historia de la Iglesia da que pensar.

No obstante, ya en 1965, el entonces arzobispo de Cracovia, un tal Karol Wojtyla, había iniciado, para sorpresa de la Curia Vaticana, el proceso informativo sobre la beatificación de Kowalska. Para el obispo que litigaba con el Partido Comunista Polaco, Faustina era una santa revolucionaria, no una farsante ni una vidente iluminada.

No me extraña nada que el Vaticano se lo tomara con calma. Al lector novato del Diario de santa Faustina (hablamos de una santa de un solo libro, pero se basta y se sobra) se le encienden todas las alarmas preventivas. Una monja sin estudios, muerta a los 33 años de edad ponía en solfa toda la historia filosófica y canónica del siglo XIX, el siglo de las ideologías. Kowalska no ponía en solfa la justicia del Creador pero la pretería a su inconmensurable misericordia. Me explico: una monja iletrada le daba la vuelta al calcetín de la historia eclesiástica para volver a la paciencia finita de Dios con el Hombre (finita, precisamente porque termina con la justicia de San Pedro, San Pablo y los padres de la Iglesia). Y todo ello en un lenguaje comprensible hasta para el último campesino polaco y un análisis del alma humana y de la situación en el mundo incontestable hasta para el más grande de los padres conciliares. Traducido al castizo, el mensaje de Kowalska puede leerse de esta guisa: en un mundo que va como va, lo mejor es acogerse a la misericordia de Dios, primer y último refugio del hombre redimido.

La devoción a la Divina Misericordia se extendió por todo el planeta con velocidad inusitada pero al modo de Redentor: presente en los cinco continentes pero sin aparecer en los medios informativos.

Karol Wojtyla nació en Wadowice el 18 de mayo de 1920 y murió en Roma el 2 de abril de 2005. Quien luego sería conocido como Juan Pablo II introdujo el concepto del amor de Dios, de la misericordia infinita del Dios encarnado, en el Concilio Vaticano II, hasta convertirlo en la clave de la magna reunión. Un Concilio que no es, como se piensa demasiadas veces, una rebaja de las exigencias para los fieles sino el recordatorio de que cristiano no es el que cree en Cristo sino el que ama a Cristo. Es decir, sí se rebaja el nivel en los aspectos formales pero se intensifica en la esencia de la fe, que es la caridad.

misericordiaEl Concilio Vaticano II se inspira en la religiosa polaca y su fijación en la Misericordia Divina no representa sino el proyecto del Padre Eterno para la persona, la última oferta del Juez de última instancia del género humano para un mundo a la deriva, marcado por la locura triste de la modernidad. Si ese proyecto se quiere fechar en algún momento de la historia eclesiástica, habría que hacerlo en la implantación y extensión —implementación, que diría un ‘yupi’— de la comunión frecuente, diaria, que iniciara San Pío X en 1905, para afrontar la temible amargura jansenista, una de las herejías más perniciosas y más desconocidas que se recuerdan.

En cualquier caso, Juan Pablo II fue el hombre que derribó el comunismo con la sola fuerza de su palabra, fiado de la fuerza irresistible de un hombre que confía en Dios. Precisamente, el diario de santa Faustina reitera que la virtud más difícil para el cristiano es la confianza, confianza en Dios Padre, un vuelco en la ascética de muchos siglos.

Juan Pablo II pasa por ser uno de los grandes pensadores de toda la era moderna, pero se repite menos que el pensamiento juanpaulino que se enraíza en el trato clemente de Dios con el hombre. Por si sus ideas no lo dejan traslucir, el Papa polaco sacó del interdicto a su compatriota Kowalska, la beatificó y la canonizó. Es más, promulgó una nueva fiesta —creo que la única de todo el siglo XX— al instaurar la Divina Misericordia y fechar su celebración para el domingo posterior a la Resurrección. Murió en la víspera de dicha fiesta (comulgó en la eucaristía anticipada de ese día) y será beatificado el próximo 1 de mayo… Fiesta de la Divina Misericordia.

En el diario Kowalska, escrito durante los años 30 del pasado siglo, Jesucristo revela a santa Faustina, que “de Polonia saldrá quien debe preparar al mundo para mi segunda venida”.

LA MALDICIÓN POLACA

La maldición polaca se compone de dos elementos: su coherencia con la fe cristiana y su lucha por la subsistencia como pueblo.

Sólo los polacos, borrados del mapa sucesivamente a lo largo de su historia y siempre vueltos a resucitar, entienden que la palabra patria significa ‘padre’, más que nada porque se han quedado huérfanos más veces que ningún otro. La imagen que el mundo tiene de ‘Polska’ se compendia en la frase “pobres polacos”. En efecto, han sido invadidos por protestantes suecos, austriacos imperiales, paganos nazis y ateos bolcheviques. Sobre todo los dos últimos pretendieron borrar a los polacos del mapa, de la historia y de la existencia. Polonia es el arquetipo del romanticismo, pero del romanticismo católico. Nadie como los polacos para perseverar más allá de toda esperanza.

Además, los ‘pobres polacos’ salvaron al menos dos veces a la civilización cristiana Occidental y a toda Europa. El Islam intentó conquistar el Viejo Continente desde el suroeste y desde el este. Los españoles tardamos ocho siglos en expulsarles de la península, pero la lucha llegada desde Bizancio también tuvo su enjundia. En 1683, el poder turco se ha enseñoreado de los Balcanes —ahí quedó su no muy salutífera huella—, y cerca Viena, capital centroeuropea. Si Viena hubiera caído probablemente habrían llegado hasta Normandía. Pero allí estaba para evitarlo el rey polaco Jan III Sobieski. Europa le debe mucho a los húsares alados, quienes cargaron contra los mahometanos, muy superiores en número, y les derrotaron. Sobieski reveló el espíritu polaco en su sentencia final: “Llegué, vi, Dios venció”. La humildad de los polacos no tiene parangón ni tan siquiera con su coraje. Sobieski entregó al Papa Inocencio XI el estandarte verde de Mahoma que enarbolaban las tropas del gran visir turco.

La batalla de Viena, combinada con la victoria naval de Lepanto, —esa batalla que sólo el británico Chesterton supo convertir en elegía gloriosa—, detuvo a los islámicos en lo que Juan Pablo II llamaba el “segundo pulmón” del viejo continente, la Europa del Este.

Pasaron tres siglos y, en 1920, un Estado polaco renacido tras la I Guerra Mundial, desaparecido durante 150 años, se enfrenta a la maquinaria del Ejército Rojo, del primer Lenin. Un Ejército que sólo había reparado en Polonia como mero puente de paso, pues su objetivo era expandir la revolución bolchevique por toda Europa y cuyo destino último era Gibraltar. Los pobres polacos no constituían ni objetivo militar y, de hecho, su Gobierno, más pusilánime que su pueblo, ya había enviado emisarios para la rendición.

Las invencibles fuerzas de Ejército Rojo, liderado por uno de los grandes asesinos de la era moderna, Feliks Dzerzhinsky, el hombre que alumbró la Checa, o policía secreta de los soviets, se planta frente a Varsovia, en la ribera exterior del Vístula. Es la milicia de Trotski, uno de los pocos comunistas sinceros que hayan llegado alto, razón por la cual fue asesinado a miles de kilómetros al oeste.

Polonia se prepara para otro horror apenas dos años después de su renacimiento. Todo ello cuando Santa Faustina Kowalska es una adolescente de 15 años llegada desde la poquedad de una aldea campesina y el mismo año en que, al sur, en las estribaciones de los montes Tatras, nacía un muchacho llamado Karol Wojtyla.

Polonia huele a masacre y, sobre todo a masacre indiferente. Pero en esas surge otro romántico, el mariscal Jósef Pilsudski, que se niega a obedecer las órdenes de rendición que esperaba Lenin, empeñado en reservar a sus hombres para Alemania y Francia.

Pilsudski encuentra una brecha en el Ejército de Trotski y se dispone a aprovecharla. En un movimiento estratégico de una osadía reservada a los dementes y a los santos, retira varias columnas del frente y aprovecha la brecha de los soviéticos en plena noche. Se sitúa a su retaguardia y ataca por sorpresa a unas fuerzas que le decuplicaban. El resultado es que los polacos sufren 200 bajas por miles los rusos, que abandonan las posiciones y huyen hacia el este. Lenin tendrá que esperar para convertir a toda Europa en una dictadura proletaria.

La soberbia cobarde de las potencias europeas no encuentra el momento para expresar su gratitud a los polacos pero Lenin sí es consciente de lo acaecido. Confiesa a sus compañeros que el milagro del Vístula ha supuesto un momento crucial para “la historia del mundo”. Luego, como el gángster que era, jura venganza sobre los polacos hasta acabar con ellos “de una vez por todas”. Como todos los matones, moriría sin ver cumplidas sus amenazas. Para conquistar Polonia, los comunistas tuvieron que valerse de la acometida nazi. Una vez más, los polacos habían salvado la civilización occidental. Pero nadie lo valoró.

El salvamento de Polonia va a servir para que Kowalska lance la revolución de la Divina Misericordia y para que, en el ambiente creado por una religiosa sin estudios que comenzará así su diario: “Para mí, solamente el momento actual es de gran valor. El tiempo que ha pasado no está en mi poder, cambiar, corregir o agregar no pudo hacerlo ningún sabio ni profeta, así que debo confiar a Dios lo que pertenece al pasado. Oh momento actual, tú me perteneces por completo”. Faustina marcaba la cronología y la cosmovisión cristianas, tan alejadas de las pesadillas del pasado como de ilusiones futuras, tan lejos del resentimiento como de la vanidad mundana por alcanzar la cumbre. La cosmovisión cristiana es la del eterno presente, porque en el presente es donde el tiempo coincide con la eternidad.

Y a partir de ahí comienza la odisea de la monja escondida, su famoso Diario, escrito muy a su pesar, porque no se sentía capaz ni tampoco sentía la necesidad de dar a conocer su amistad con el Redentor.

Pero Cristo se había empeñado en que una monja tuberculosa y semianalfabeta le diera la vuelta a la historia en su tramo final: “Jesús, tú ves qué difícil es para mí escribir y que no sé describir lo que siento en el alma… pero me mandas escribir, oh Dios, esto me basta”.

LOS QUE IMPORTAN SON EL OTRO Y LOS OTROS

Cuenta George Weigel en la que, sin duda, es la mejor biografía de Juan Pablo II, que la “nación polaca sobrevivió a la destrucción del Estado polaco, porque los polacos llegaron a creer que el poder espiritual era, con el tiempo, más eficaz en la historia que la fuerza bruta”.

Es cierto, sólo la fe en Cristo ha mantenido viva a Polonia a lo largo de su procelosa historia. Posiblemente, sea el país que mejor ha tratado a los judíos, quizás porque los polacos tienen algo en común con los judíos: ha sido su fe lo que ha sobrevivido a todas los descuartizamientos políticos. Los polacos no son una raza, pertenecen a la raza eslava, y su única esencia, la que permanece a lo largo de mil invasiones, es su fe.

Otra nota distintiva de los polacos es que, como ocurriera en la España de los Reyes Católicos y hasta Felipe II (a partir de ahí, el asunto empezó a torcerse), el patriotismo va unido a la universalidad y todo con un objetivo sobre natural: el Reino de Cristo.

Nunca fue España más universal que cuando dio sus mejores energías a la colonización de Iberoamérica, la única que acabó en mestizaje, no en sustitución de una raza por otra y la única donde la expansión de la fe católica era el primer objetivo. Catolicidad y universalidad —sinónimos— en los principios innegociables. Los polacos no colonizaron a nadie, bastante tuvieron con sobrevivir pero al menos en dos ocasiones salvaron a Europa y el estandarte de su héroe nacional, no especialmente pío, Tadeusz Kosciusko aseguraba: “Por vuestra libertad y la nuestra”. Los polacos que lucharon en la mayor batalla de la II Guerra Mundial en suelo italiano, dejaron este epitafio: “Nosotros, soldados polacos/por vuestra libertad y la nuestra/entregamos nuestros cuerpos al suelo de Italia, nuestras almas a Dios/pero nuestros corazones a Polonia”. Esto es: nuestra libertad importa, no menos que la de todos.

En este caldo de cultivo se criaron Faustina Kowalska y Karol Wojtyla. Faustina comienza a tener revelaciones de Cristo en los años 30 del pasado siglo XX. Es decir, empieza a hacer oración, a hablar con Dios… y resulta que Dios le responde. Para distinguir al falso profeta del verdadero no sólo hacen falta dos preguntas, sino dos peticiones: la primera es: “Señor, que yo no te invente, que no hable por tu boca”. Los falsos profetas tienden a convertirse en protagonistas y jamás cuestionan el origen divino de sus revelaciones; los profetas sinceros sólo se cuestionan a sí mismos.

Diario de Santa Faustina:

—Jesús, ¿no eres tú una ilusión?

Respuesta:

—Mi amor no desilusiona a nadie.

Era diálogo, no esquizofrenia, pero la vidente confiaba en Dios y desconfiaba de sí misma.

La segunda nota distintiva del profeta es que su diálogo con el Creador nunca se encamina hacia uno mismo sino que se encamina a los demás, a los otros. Las revelaciones no se tienen, se sufren, porque Dios es muy exigente con el alma premiada. Es un privilegio, sí, pero incómodo. El diario de Santa Faustina lleva ese sello: desagraviar, consolar a Dios y rogar por el prójimo.

Y todo ello sin otras referencias a sí misma que sus propios errores: sólo importa el Otro y los otros, nunca uno mismo.

En 27 años de pontificado, Juan Pablo II se convirtió en el hombre más visto y oído de todo el siglo XX. Hablaba de continuo pero jamás de sí mismo. Ni sus entrevistadores consiguieron horadar su intimidad. De hecho, sabemos muy poco de él. Es la marca de los santos: si pueden evitarlo, no hablan de sí mismos. Lo que sabemos del Papa polaco es porque no ha tenido más remedio que contarlo o, las más de las veces, porque lo han contado sus amigos: primero, por vuestra libertad, luego, por la nuestra: la mía poco importa.

El olvido de sí mismo, la clave de la felicidad humana, y la confianza en Dios, los mamó Wojtyla de la historia de Polonia y de los escritos de Santa Faustina. En una de sus obras dramáticas, el joven poeta Lolek, como era conocido, escribe que hay que escapar de la celda del egoísmo para “ser conquistado por el amor”, porque el amor obliga a “alumbrar”, a ser fructífero… aunque todo alumbramiento conlleve dolor. El futuro Papado ya estaba en aquellas palabras, de la escuela Kowalska.

CRISTIANO NO ES EL QUE CREE EN CRISTO SINO EL QUE AMA A CRISTO

“El 22 de febrero de 1931, estando en mi celda, vi al señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano elevada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. Después de un momento, él me dijo: “Pinta una imagen según el modelo que ves y firma: ‘Jesús en ti confío’.

Deseo que esa imagen sea venerada primero en la capilla y luego en el mundo entero. Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como mi gloria”.

Lo cuenta Santa Faustina Kowalska y, desde luego, la imagen se encuentra en todo el mundo. Yo mismo me la he encontrado en templos, oratorios y lugares inesperados. La confunden algunos con la imagen del Sagrado Corazón, pero no es la misma, aunque ambas videntes —Faustina y Margarita María Alacoque— merodean por los mismos caminos: la confianza en Dios.

Karol Wojtyla contaba 11 años cuando se produjo esta revelación. Siempre fue un defensor de los judíos y en la Polonia de ese tiempo el antisemitismo cundía. Pero lo peor, claro, estaba por llegar. En la II Guerra Mundial que, tal y como Chesterton había predicho, comenzaría cuando los prusianos jugaran con la frontera polaca, murieron seis de los 35 millones de polacos. Karol Wojtyla no perdió el tiempo: trabajó en una cantera para alimentar a su padre anciano, participó en el teatro polaco clandestino, algo que, a la Gestapo le sacaba de quicio, porque pretendía, sencillamente, aniquilar Polonia. Y en sus ratos libres, se hizo miembro de Rosario Viviente, una iniciativa creada por un sastre, Jan Tyranowsky, que se convertiría en la mejor escuela teológica de Juan Pablo II. Grupos de jóvenes, en la clandestinidad, forjaban su vida interior. Más tarde explicaría que el modo de vivir —el mejor predicador es ‘Fray Ejemplo’— de aquel artesano le hizo comprender que el secreto de la felicidad consiste en olvidarse de toda seguridad en sí mismo y en los medios del mundo, para abandonarse en Dios, fiado de su misericordia. Entonces el miedo desaparece, también el miedo a la muerte.

En medio de la guerra, de la represión más sangrienta —con un tercio de todo el clero polaco asesinado, especialmente en el terrible campo de exterminio de Dachau (Munich), con el claustro de la Universidad Jagelloniana, la más famosa de Polonia. Masacrada por las SS y con toda la cúpula militar polaca (más de 10.000 oficiales) asesinados por los soviéticos en los bosques de Katyn—, Wojtyla va a forjar su entrada en el seminario —naturalmente clandestino— y se va a convertir en el hombre que renueve la libertad en el mundo. Sabía cómo combatir a los nazis y a los comunistas. Mismamente, con la imagen de la Divina Misericordia, la clave para entender el pensamiento de Karol Wojtyla, el hombre que marcaría el siglo XXI.

LA CONTABILIDAD DE DIOS

“Antes de venir como el juez justo vengo como el Rey de la Misericordia. Antes de que llegue el día de la Justicia les será dado a los hombres este signo en el Cielo. Se apagará toda luz en el Cielo y habrá una gran oscuridad en toda la tierra.

Entonces, en el Cielo aparecerá el signo de la cruz y de los orificios donde fueron clavadas las manos y los pies del Salvador, saldrán grandes luces que durante algún tiempo iluminarán la tierra. Eso sucederá poco antes del último día”.

Siempre me ha sorprendido el silencio y la falta de interpretación de las personas que han ‘sufrido’ cualquier revelación sobre el fin del mundo es decir, sobre la segunda venida del Salvador. Lo trasmiten y callan.

En paralelo, opera la curiosa contabilidad del Padre Eterno quien, al parecer, discrepa abiertamente de un concepto clave de la modernidad: la eficiencia: “Yo no recompenso por el resultado positivo, sino por la paciencia y el trabajo emprendido por mí”. Sinceramente, ninguna escuela de negocios admitiría tal principio. Por si no había quedado claro, el diario de Santa Faustina insiste: “Yo no premio por el éxito en el trabajo sino por el sufrimiento”. Una afirmación de Cristo a Faustina Kowalska que rompe todas las ponderaciones humanas, profesionales, sociales y políticas. Al parecer, los cristianos debemos empezar a pensar de forma bien distinta. Y todo esto nos lleva a la descripción misma del cristianismo: de derrota en derrota en derrota hasta la victoria final. Pero ojo, la victoria está al final y, encima, cuando crees ganar, resulta que has perdido… y viceversa.

Durante la ocupación nazi de Polonia Juan Pablo II se imbuyó de la mentalidad carmelita, que no es otra cosa que la contabilidad a lo divino: el esfuerzo no se mide por el éxito sino por el propio esfuerzo y por la rectitud de intención en la entrega a los planes divinos.

Terminada la contienda mundial, con una Polonia que había pasado del paganismo nazi al antiteísmo rojo, Karol Wojtyla se empeña en su batalla cultural, convicciones cristianas frente a los misiles soviéticos. Y así, mientras Stalin imponía en Varsovia el gobierno títere de Wladislaw Gomulka, un veterano comunista que se había librado del fusilamiento de más de 5.000 miembros, considerados ‘lapsi’, del Partido Comunista Polaco (KPP) por parte de los soviéticos, gracias al honor de haber sido detenido por su propio gobierno, Wojtyla aprendía español con ayuda de un diccionario y con un objetivo que consideraba prioritario: leer a los místicos carmelitas, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, en su idioma original. Hay gente ‘pa tó’.

Toda la filosofía de Juan Pablo II, la que expresaría como Papa de Roma, parte de esa idea que llevó a combatir el mal con la sola fuerza de la palabra y de la gracia que Dios otorga a quienes creen en él, proporcionado un significado tangible a la difusa idea de no violencia que corría por el mundo. Con ella derribó el comunismo, sin disparar un solo tiro y sin otras manifestaciones que las oraciones de los millones de personas que rezaba con sus palabras. El mundo -y hasta El Mundo de Pedro J. Ramírez- pensaban que un polaco no podría derribar la tiranía más extensa que nunca comenzó la historia. Pero Dios premia el esfuerzo, no la estrategia, la confianza en él, no los medios militares, políticos o económicos para conseguirlo: y lo hizo.

La otra idea central del pontificado juanpaulino es el realismo, un camino tomista que nos devuelve al mundo a la realidad. El realismo viene a decir que una mesa es una mesa, y no una silla ni un tiburón. Era la respuesta cristiana ante el vértigo mortal creado por el relativismo del siglo XX, que reza así: “Nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Su sucesor en la silla de Pedro, Benedicto XVI, elevaría a cruzada personal ese realismo aristotélico, porque lo cierto es que el relativismo ha vuelto loco al hombre actual, quien ya duda hasta de su propia existencia.

Con ese bagaje intelectual Wojtyla cursa sus estudios eclesiásticos en el seminario clandestino de Cracovia y en 1946, ya en la era comunista polaca, es ordenado sacerdote por el cardenal Sapieha. Había terminado su periodo de formación, esquivando la muerte a manos de nazis primero y de comunistas. Ahora tocaba devolver al mundo lo aprendido.

HOMBRE Y MUJER: RECÍPROCA SUMISIÓN

“Al sentir durante la confesión la incertidumbre del confesor, no descubro mi alma a fondo sino que solamente me acuso de mis pecados. Si el sacerdote mismo no tiene serenidad no la da a otras almas”.

En su diario, Santa Faustina habla mucho de confesión. En sus revelaciones, Cristo le ordena obediencia al confesor incluso cuando sus indicaciones contradicen las directrices recibidas en las propias revelaciones del Salvador.

No soy sacerdote pero siempre he sentido que si el penitente lo pasa mal al humillarse ante un hombre (que es la única humillación posible, humillarse ante Dios es fácil salvo para aquellos en que la soberbia se ha convertido en patología psíquica, en neurosis) para el confesor debe ser una auténtica tortura. Es él quien debe explicar, con todo cariño, al penitente sus fallos y, sobre todo, el fallo de sus fallos, que siempre es el orgullo, ése que sólo muere 24 horas después de fallecido el sujeto, a veces 48.

Tras volver de Roma y previo paso por la ciudadela de Ars, sede de uno de los mejores confesores de todos los tiempos, Lolek comienza a encerrarse en el confesionario. Si algo distingue el cristianismo del siglo XXI es que no disminuye mucho el número de comulgantes pero sí el de confesantes. ¿Eucaristía sin penitencia? Curiosa ecuación.

En las ‘garitas’ rurales de la Polonia comunista se va a forjar el conocimiento del alma humana de la que va disponer el futuro autor de la teología social y de la teología del cuerpo, dos de las espadas de su papado.

Pero, sobre todo, Wojtyla recoge el patrimonio de Kowalska y lo lleva a la práctica. Ese carácter consistía en lo que el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, resumiría como “ahogar el mal en abundancia de bien”. Me explico, ambos, la santa y el próximo beato, renunciaban a la crítica sobre la labor ajena, que puede ser noble pero casi siempre infructuosa, para actuar en positivo. Lolek no era partidario de grandes discursos para denunciar la ruptura de la familia —verdadera obsesión de los comunistas— que ejercitaba el Régimen comunista polaco y que, consistía, principalmente, en separar a los niños de los padres e intentar, a través de los colegios y de las organizaciones juveniles del Régimen fomentar las relaciones sexuales tempranas y la falta de formación catequética. Sencillamente, reunía las familias en la Iglesia para formar a padres e hijos, en común. Nadie podía denunciar que Wojtyla estuviera creando organizaciones juveniles ilegales, y él aprovechaba para formar a los hijos en presencia de los padres y que el compromiso con Dios abarcara a toda la familia. Con los universitarios aprovechaba sacramentos y homilías para explicar a los novios que “amar es lo contrario de utilizar” y que el apetito sexual es un don de Dios que debe ejercitarse pensando siempre que al otro lado de la relación sexual hay un “ser humano que no desea que le hagan daño, alguien a quien uno debe amar… si respetamos que el deseo forma parte del amor, no violaremos el amor”.

Adentrándose a lo que sería la revolución feminista, una de las revoluciones que más amargura han causado en el mundo, Lolek se dirigía a los matrimonios con una fórmula revolucionaria: ni el hombre debe someter a la mujer ni la mujer al hombre, pero la conclusión de ese silogismo no es que ambos mantengan una veleidosa independencia respecto al otro sino justamente la contraria. La clave de la relación entre hombre y mujer en el matrimonio es “sumisión recíproca”.

Al parecer fueron muchos los novios y los cónyuges que, con estos planteamientos, tan antiguos que resultaban nuevos, volvieron a ilusionarse con formar una familia o reformar la que ya tenían. El matrimonio se convertía en una aventura apasionante, sólo acta para héroes y poetas, es decir para todo el mundo.

EL RELATIVISMO NO ES HEREJÍA, ES LOCURA

Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia, habla de la virtud de la pobreza para almas consagradas pero, a buen seguro, la receta puede aplicarse a todos según su estado de vida: “Hay cuatro grados de pobreza: no disponer de nada sin depender de los superiores (estricta materia del voto), evitar la opulencia y conformarse con lo indispensable (constituye la virtud), tender de buena gana a las cosas más míseras, y esto con satisfacción interior, contentos con la escasez”.

En la postguerra mundial, el cura párroco Karol Wojtyla sería conocido por sus alumnos la Universidad Católica de Lublín, la única con ese título en todo el orbe soviético, como un magnífico profesor y como el profesor de la sotana y el abrigo raídos. Nunca tuvo una cuenta bancaria ni dinero personal alguno. Era especialista en regalar lo que le regalaban hasta el punto que sus colegas sabían que si le daban una cuchilla nueva de afeitar debían tirar la antigua o se la daría a alguien. Lo mismo ocurría con los zapatos, inservibles por ultra-remendados. Dormía en el suelo y su salario de profesor universitario lo donaba para becas de estudiantes universitarios sin recursos. El material de piragüismo o de esquí se lo cedían los propios profesores, alumnos y feligreses de sus grupos juveniles y los aprovechaba al máximo.

Ese mendigo iba a realizar una operación muy similar a la de Tomas de Aquino con Aristóteles: el Aquinate cristianizó toda la filosofía clásica y Wojtyla iba a cristianizar la fenomenología de Edmund Husserl, Max Scheler y Edith Stein, esto es, la vuelta al realismo y la sensatez. La cosa había empezado a malograrse con el amigo Descartes, aprendiz de grupo, y de ahí, pasando por el empirismo inglés y el ultra idealismo alemán del sosísimo amigo Kant, la humanidad se había mareado de tanto mirarse al ombligo. El conocimiento de la realidad había sido olvidado y en plena borrachera los más pedantes afirmaron que la realidad sencillamente no existía. El conocimiento de la veda se trasladó al conocimiento del conocimiento, un círculo cerrado que desembocó en el vértigo existencial del siglo XX y su secuela de tiranías: la fascista, la marxista y la capitalista, todas ellas trenzadas con los mismos mimbres: apartado Dios, el hombre se convirtió en medio, que no en fin, según la inapelable sentencia de Chesterton: lo que no es sobrenatural es antinatural. El filósofo Juan Pablo II, el autor de El esplendor de la verdad, sin duda el texto que cierra todas las amarguras del siglo XX, nos vino a decir esto: el relativismo no es herejía, es locura.

Pero ese vuelco intelectual sólo podía lograrse desde la austeridad. La pobreza sobre todo cuando se vive con satisfacción interior, “contentos con la escasez”, cuando, en suma, es pobreza y no miseria, provoca un irrenunciable sentido de la realidad. No hay nada que vuelva tan neurótico como el lujo innecesario, que sumerge en una burbuja de irrealidad “al que lo sufre”.

Pobreza, no miseria, porque la indigencia forzada no otorga ningún sentido de la realidad: lo único que provoca es sufrimiento.

ESCASO ESPÍRITU ONEGERO

Diario de Santa Faustina: “las almas menos recogidas quieren que las demás se les parezcan ya que constituyen para ellas un remordimiento continuo”. ¿Verdad que la frase explica muchas actitudes, declaraciones y calumnias? Para el malvado la mera visión del bueno es un insulto, una imputación, una ofensa y una injuria.

Pero ese recogimiento es, ante todo, paz interior, la paz de quien confía en Cristo y nada le asusta. Y esa paz necesariamente ha de manifestarse en lo que Santa Teresa explicaba con aquella jaculatoria suya que compendia un sentido para la vida: “Alma, calma”.

Sor Faustina uniría al recogimiento teresiano lo que parece casi obsesión por el silencio, por saber escuchar: “Dios no se da a un alma parlanchina… el alma hablantina está vacía en su interior… vi a muchas almas en los abismos infernales por no haber observado el silencio… en la lengua está la vida, pero también la muerte. A veces con la lengua matamos, cometemos un verdadero asesinato”.

¡Qué curioso! Las biografías de Juan Pablo II repiten lo mismo. Sus feligreses y universitarios de la difícil postguerra soviética polaca califican su tarea pastoral y pedagógica con casi idénticas palabras; lo que más destacan de él es “su capacidad para escuchar”. Le podías contar cualquier cosa que te ocupara o preocupara: “le interesaba todo”. Lo suyo era caridad, no espíritu onegero. De hecho uno de sus amigos durante aquellos años de sacerdote parroquiano lo definió de la siguiente manera: “es un tipo al que no le cuesta nada amar”.

Al silencio y el recogimiento se une, cómo no, tratándose de Juan Pablo II, la necesidad de ser coherentes con nuestra propia coherencia para no hacer cierta aquella frase tan genial como maligna, de don Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. La incoherencia es el pecado favorito de los católicos actuales. Cuando una feligresa vino a preguntarle si un conocido escribano era un escritor católico, tal y como le aseguraban en la universidad, Wojtyla, sentenció: “No, es un escritor que, además, es católico”. Prudente distinción.

Austeridad, recogimiento, realismo y coherencia. Eran las armas con las que Wojtyla iba a enfrentarse a la más dura tiranía de la era moderna. En 1953, nueva constitución polaca, forzada por la amenaza de intervención soviética: el Kremlin brama porque no logra domeñar el catolicismo polaco. Su odio se dirige hacia el cardenal Wyszynski, el sacerdote de la clandestinidad nazi, que acaba recluido en un monasterio-prisión durante tres años. Un héroe para los polacos pero con un estilo muy distinto al de Wojtyla. Wyszynski cree en el enfrentamiento directo y paga en sus propias carnes y en las de muchos sacerdotes polacos, deportados o encarcelados o sencillamente golpeados por la policía secreta del Régimen. Es el Estado quien nombra a los obispos y a la curia polaca.

Hasta doce años queda vacante la diócesis de Polonia y Lolek los aprovecha para aplicar su método: callar ante Dios y hablar ante el poder, al que reta con su palabra y su constante apostolado. Su método tiene una ventaja: la maldad ciega las mentes y arrasa con el escaso sentido común de la jerarquía comunista.

Encima, con su austeridad, Wojtyla va a arrebatarle al socialismo su única justificación moral: la de trabajar por la igualdad de todos. Eso, unido a una forma de expresar las eternas verdades del catecismo, una lógica que aplasta los argumentos del contrario, va a convertir a Wojtyla en el hombre del siglo XX. El comunismo no le entiende y cuando no entiendes a tu enemigo ha ganado la guerra, aunque, renunciando a la violencia, te exija años de enfrentamiento. No sólo traerá la libertad a Polonia, sino a todo el universo comunista. Por algo se empieza.T

Eulogio López

Hispanidad.com

04 2014

Social

Powerpoint de la semana

Video Recomendado

Impresionantes Pinturas 3D del Artista Edgar Muller
La risa de Juan Pablo II
Lo que está detrás de la ideología de género (Benigno Blanco)
Loving Vincent - Trailer 2016 (web)

Humor

En el 449, el emperador Valentín III, enemigo acérrimo de Atila, condenó al exilio a su propia hermana, Honoria. Ésta, en venganza, entregó su anillo a un oficial de los hunos para que se lo mostrara a su jefe como prueba de que ella era hermana de su enemigo. Atila entendió que la joya era una oferta de matrimonio y, desgraciadamente para Honoria, dijo “sí quiero”.
------------------------------------------------------

Hessy Taft, una guagua de padres judíos, apareció en las portadas de las revistas nazis y en los afiches del Tercer Reich al ganar el concurso “Modelo de raza Aria”.

Todo sucedió porque el fotógrafo, sin la autorización de los padres, envió la foto al concurso pensando que sería una buena lección que lo ganara una niña judía como modelo del ario perfecto. --------------------------------------------------------