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LA LEYENDA DE ADOLFO SUÁREZ

LA LEYENDA DE ADOLFO SUÁREZ

LA LEYENDA DE ADOLFO SUÁREZ

LA LEYENDA DE ADOLFO SUÁREZ

edwardsEscribe Jorge Edwards: “Era interesante para la sufrida Venezuela, para Argentina, para nosotros mismos, con nuestras marchas de las marchas, con nuestros vociferantes vociferadores”.

Viví en España en los años del franquismo agónico, en los de la transición, en los de Adolfo Suárez y Felipe González, en la de personajes como José Tarradellas y don Enrique Tierno Galván y, desde luego, en tiempos de monarquía restablecida y redescubierta. Ahora, después de un período de diplomacia muchas veces interesante y a veces rutinario, agobiador, regreso, y me toca observar desde un rincón, desde una televisión de hotel, los funerales solemnes, impresionantes en muchos aspectos, profundamente instructivos, del ex Presidente de gobierno Suárez.

Estuve con Adolfo Suárez dos o tres veces, en Madrid y en Santiago de Chile. Me dio siempre la impresión de una persona lúcida, de visión clara, desprovista de barroquismos y de complicaciones académicas, honesta, de gran coraje y de posibles arrebatos de audacia. Creo que su tarea principal consistió en reemplazar el poder militar, obtenido en una guerra ya anacrónica, por un poder civil, constitucional, moderno, representativo. Cumplió su cometido con perfecta integridad, sin distraerse, sin despistarse. Al final cosechó enemistades, oposiciones furibundas, y tuvo que pagar por todo lo que había hecho, como casi siempre ocurre, pero salió de su gobierno bien, después de haber cumplido su misión a fondo.

En los tiempos anteriores al plebiscito chileno de 1988 hablé muchas veces de Suárez como personaje indispensable, clave, en la transición española, como ejemplo útil, equilibrado, razonable, para el proceso nuestro de aquellos años. No fui el único “suarista” dentro de la oposición democrática chilena, pero lo fui con una noción clara, con una idea de la política posible. Me acuerdo de una conversación interesante a este respecto con el ex Presidente Frei Montalva. Se trataba de que la oposición democrática invitara a Suárez a Chile en los años del pinochetismo. El ex Presidente Frei cayó enfermo poco después y Adolfo Suárez estuvo en Chile todo el día del plebiscito de octubre del 88. Fue una de las jornadas más extraordinarias de la historia moderna chilena y creo que Suárez, que era un hombre de la España interior, la comprendió, sin embargo, con gran interés y hasta con emoción. Él había sabido derivar del franquismo de su juventud a una posición de centro democrático, abierto a los aires políticos de la época, partidario de la integración de España en Europa, y probablemente entendía que la experiencia de Chile no podía reducirse a la lucha entre la izquierda y la extrema derecha pinochetista, visión demasiado frecuente y simplista en la Europa de esos años. Me daba la impresión, por otro lado, de que Adolfo Suárez no era aficionado a entrar en disquisiciones más bien abstractas y más bien inútiles.

La reacción española ante su muerte ha ido mucho más lejos de lo que uno se podría haber imaginado. Ha sido popular, espontánea, reveladora de un sentido político natural, más certero en su simplicidad que el de los especialistas y el de los profesionales. Ha sido una respuesta para españoles, pero dotada, sin proponérselo, de una evidente traducción hispanoamericana. El caso de Suárez, por el solo hecho de la presencia, o de la ausencia, ha sido tema de meditación para todos. Los grandes períodos de transición son períodos de consenso, de entendimiento, de conciliación de contrarios, pero cuando la memoria de las terribles cosas que pasaron empieza a flaquear, volvemos a convertirnos en perros y gatos furiosos. Cada uno saca del fondo de sus desvanes sus escopetas perdigoneras. Seremos malos para producir, me dijo una vez el comandante Fidel Castro, pero para pelear sí que somos buenos. Pensé para mis adentros que eso era verdad, ¡por desgracia!

Los funerales de Suárez se han efectuado en medio de una multitud silenciosa, entre manifestaciones impresionantes de emoción, de respeto, de cariño, con ocasionales advertencias a los políticos de turno para que sigan su ejemplo. Algunos gritaban que los políticos debían aprender y “dejar de odiarse”. Se expresaba un cansancio frente a la gresca incesante, al odio personalista, al fanatismo. Era interesante para la sufrida Venezuela, pensaba yo, para Argentina, para nosotros mismos, con nuestras marchas de las marchas, con nuestros vociferantes vociferadores. También noté en la reacción popular, callejera, de los madrileños, un dejo de celebración de una caballerosidad a la antigua. Y pensé que no estaba mal. Me acordé de las imágenes en blanco y negro, borrosas, del tiroteo en las Cortes durante la intentona de golpe de Tejero y su gente, y de la figura trágica de Adolfo Suárez, que se había negado a esconderse debajo de los bancos. Historias simples, duras, verdaderas, que calaban en el pasado. Adolfo Suárez había perdido la memoria hacía tiempo, era un muerto en vida, y eso, de algún modo, dramatizaba el significado de sus funerales. Había por una parte un paréntesis, y en seguida un regreso momentáneo a un pasado de una calidad política mejor, de ilusiones más altas, de pensamiento simple y sólido. ¿Fenómenos recuperables, o cosas de momentos únicos y que ya no vuelven? Me siento en mi espacio propio a observar, sin pesimismo, pero sin esperanzas excesivas.◙

Jorge Edwards

La Segunda

28 03 2014

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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