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DÉJÀ VU

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DÉJÀ VU

peñaCarlos Peña: “Se dijo una y otra vez que los anhelos de la sociedad chilena habían cambiado radicalmente ¿Cómo entonces no cambia ni siquiera un ápice el discurso que inaugura el gobierno que pretende interpretarlos?…”

Lo más notable del discurso de la Presidenta Bachelet pronunciado ayer, fue el parecido que tuvo con el que dijo en el año 2006, hace exactos ocho años, cuando asumió por vez primera.

Oírlo fue un verdadero déjà vu.

Entonces, como ahora, apeló a su experiencia personal: “Sé de precariedades y desigualdades”, (2006); “sé de primera mano lo que es luchar por un país libre” (2014). Y entonces y ahora subrayó la importancia de la ciudadanía y del diálogo y dijo saber lo que Chile anhelaba: “Una sociedad moderna, justa, próspera e inclusiva” (2014); “un mañana más próspero, más justo, más igualitario, más participativo” (2006). Todo ello no se alcanzará, dijo, de espaldas a la gente, sino mediante la participación de todos: “Estableceremos un diálogo basado en la franqueza y la participación” (2006); “vamos a llevar adelante el programa de gobierno que hemos comprometido con ustedes, con diálogo” (2014).

Es verdad: No hay nada raro en los énfasis repetidos de un discurso. Después de todo, fue la misma persona quien pronunció ambos o el mismo speech writter el que los escribió.

El problema es la disonancia entre los diagnósticos que se han divulgado con entusiasmo y el tono de ese discurso.

Hasta donde se tenía entendido, si se atendía a sociólogos y políticos, y a los propios planteamientos de la Presidenta, Chile había cambiado radicalmente y estaba en el umbral de un nuevo ciclo histórico. La modernización neoliberal centrada en el mercado debía dar paso, como consecuencia de la voluntad de la gente, a una sociedad de derechos. Los anhelos que subyacían a la sociedad chilena, a los ciudadanos, a sus estudiantes y a sus trabajadores, habían cambiado radicalmente ¿Cómo entonces no cambia ni siquiera un ápice el discurso que inaugura el gobierno que pretende interpretarlos? ¿Cómo, cabría preguntarse, un nuevo ciclo histórico y político como se le ha llamado —un quiebre radical en el tiempo y en los anhelos— podía ser anunciado de la misma forma hace ocho años atrás y ahora, gobierno de derecha de por medio?

No cabe duda. Hubo una inevitable disonancia entre el diagnóstico que se ha divulgado y el tono y la letra del discurso oído ya hace años.

A ese deja vú —que instala una inconsistencia entre el diagnóstico y el discurso que pronuncia para remediarlo— se suma el énfasis que las palabras de la Presidenta pusieron en la nobleza de los fines, más que en la inevitable tosquedad de los medios.

Como todos saben —y la Presidenta también— un gobierno puede ser juzgado no solo por los fines que proclama en su discurso, también por los medios que tiene a su alcance y que sus integrantes han logrado discernir.

De ahí entonces que el primer discurso de la Presidenta —al margen de las inevitables concesiones retóricas a que obligó el momento— puede ser analizado mirando si enfatizó la nube de los fines o el siempre rugoso camino de los medios. La nube de los fines se usa para inflamar el entusiasmo y la pasión de los ciudadanos, el camino de los medios se recuerda cuando se desea subrayar la racionalidad inevitable de la política.

¿Por qué alternativa optó Bachelet en su primer discurso?

No cabe duda. Por enfatizar los fines y olvidar los incómodos medios. En este sentido no solo reiteró lo de hace ocho años. Fue además una candidata-presidenta preocupada de inflamar las voluntades más que de mirar los obstáculos. Y es comprensible.

Ningún gobierno de los últimos 24 años accedió al poder más inflamado de anhelos y propósitos de cambio radical que el de Bachelet. Una de las claves de su triunfo electoral, estuvo en su capacidad para alentar las expectativas que el proceso modernizador de los últimos años, desató en amplios sectores sociales. El silencio que cultivó durante su campaña ayudó a ese amor de transferencia que los ciudadanos le brindaron.

Sus palabras de ayer tuvieron cuidado en no estropear esa transferencia.◙

Carlos Peña

El Mercurio

12 03 2014

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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