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MIÉRCOLES DE CENIZA

MIÉRCOLES DE CENIZA

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MIÉRCOLES DE CENIZA

b7e870fe16253b03d4f5e4eca7c887cf_LEste Miércoles de Ceniza, el Papa Francisco presidió a las 16.30 en la Basílica romana de San Anselmo en el Aventino, la liturgia de la Estación Cuaresmal.

Texto completo Homilia.

“Rasgad el corazón y no las vestiduras” (Jl 2,13).

Con estas penetrantes palabras del profeta Joel, la liturgia nos introduce hoy en la Cuaresma, indicando en la conversión del corazón la característica de este tiempo de gracia. El llamamiento profético constituye un reto para todos nosotros, sin excluir a nadie, y nos recuerda que la conversión no se reduce a formas exteriores o a vagos propósitos, sino que implica y transforma toda la existencia a partir del centro de la persona, de la conciencia. Somos invitados a emprender un camino en el que, desafiando la rutina, nos esforzamos en abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón, para ir más allá de nuestro “huertecito”.

Abrirse a Dios y a los hermanos. Vivimos en un mundo cada vez más artificial, en una cultura del “hacer” de lo “útil”, donde sin darnos cuenta excluimos a Dios de nuestro horizonte. La Cuaresma nos llama a “despertarnos”, a recordarnos que somos criaturas, que no somos Dios.

Y también hacia los demás, corremos el riesgo de cerrarnos, de olvidarles. Pero solo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, entonces podemos empezar nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia. El Evangelio de hoy indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna (cfr Mt 6,1-6.16-18). Los tres comportan la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que tienen apariencia: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de lo que tenemos dentro.

El primer elemento es la oración. La oración es la fuerza del cristiano y de toda persona creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. Ante tantas heridas que nos hacen daño y que podrían endurecer el corazón, somos llamados a sumergirnos en el mar de la oración, que es el mar del amor sin límites de Dios, para gustar de su ternura. La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos, de interceder ante Dios por tantas situaciones de pobreza y de sufrimiento.

El segundo elemento calificador del camino cuaresmal es el ayuno. Debemos estar atentos a no practicar un ayuno formal, o que en verdad nos “sacia” porque nos hace sentir bien. El ayuno tiene sentido si verdaderamente afecta a nuestra seguridad, y también si consigue de ella un beneficio para los demás, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina sobre el hermano en dificultad y cuida de él. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, que no malgasta, que no “descarta”. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón a lo esencial y a compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a las injusticias, a los abusos, especialmente hacia los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia.

Tercer elemento es la limosna: esta indica la gratuidad, porque la limosna se da a alguien del que no se espera recibir algo a cambio. La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que, consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente, es decir, sin mérito alguno, aprende a dar a los otros gratuitamente. Hoy a menudo la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana, donde todo se vende y se compra. Todo es cálculo y medida. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de poseer, del miedo de perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás su propio bienestar.

Con su invitación a la conversión, la Cuaresma viene providencialmente a despertarnos, a despertarnos de la torpeza, del riesgo de seguir adelante por inercia. La exhortación que el Señor nos dirige por medio del profeta Joel es fuerte y clara: “Volved a mi con todo el corazón” (Jl 2,12). ¿Por qué debemos volver a Dios? Porque algo no va bien en nosotros, en la sociedad, en la Iglesia y necesitamos cambiar, dar un giro, ¡convertirnos! Una vez más la Cuaresma viene a dirigir su llamado profético, para recordarnos que es posible realizar algo nuevo en nosotros mismos y a nuestro alrededor, simplemente porque Dios es fiel, sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y empezar de nuevo. ¡Con esta confianza filial, pongámonos en camino!

Fuente: RadioVaticana

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