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ANTÁRTICA: UN VIAJE QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS

ANTÁRTICA: UN VIAJE QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS

ANTÁRTICA: UN VIAJE QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS
enero 09

ANTÁRTICA: UN VIAJE QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS

antartica

Escribe Catalina Lemus Fett: Vivir con temperaturas de menos seis grados, observar glaciares y contemplar la belleza natural, marcan la vida de una persona. “Jamás volveré a ver algo tan bello como esto”.

antarticaDiez para las seis de la mañana, del viernes 27 de noviembre de 2013, salió el avión desde Santiago hacia Punta Arenas, Región de Magallanes. ¿Experiencia en el aire? Casi nula. Mi hermano de 41 años realizó su servicio militar hace 23 años, en Tierra del Fuego, y ahí experimenté la sensación de volar.

Las turbulencias se hicieron notar en la segunda hora de viaje, pero el paisaje sureño era más sorprendente que el movimiento. La geografía chilena se apreciaba. Desde pequeños lagos, ríos y grandes volcanes; y el clima pasó de un sol esplendoroso a una nubosidad densa, a tal punto que se congeló la ventana que daba al asiento.

Pero ya en tierra firme, en el aeropuerto Presidente Carlos Ibáñez del Campo, el panorama cambió. Ráfagas de viento que oscilaban entre los 60 y 70 kilómetros por hora y un día nublado que muchos de los que habitan en la ciudad lo comentaban como “refrescante” y normal. Curioso, porque para el extranjero o turista dificultaba el paso para caminar.

RENDIMIENTO ASMAR

Sin embargo, recorrer desde el aeropuerto hasta los Astilleros y Maestranzas de la Armada (ASMAR) fue cautivador, porque se aprecia la dimensión marítima de la ciudad. Varios kilómetros de agua, casas en los cerros y construcciones cercanas a la carretera. Efectivamente, la arquitectura y las calles iban en dirección hacia el Estrecho de Magallanes y se lograba captar el mensaje de la ciudad: “Somos una proyección marítima”.

El taxista me dejó en la entrada del puerto y coincidí que el sargento Fredy Calderón, contacto para desenvolverme en el lugar, llegó en el mismo momento y me ayudó a ingresar al recinto militar. ¿Fotos? Prohibidas, pero fascinaba ver las enormes construcciones y observar a los dos buques en mantención: AP Aquiles y el rompehielos Almirante Oscar Viel, los dos chilenos y de gran importancia nacional.

El primero me llevaría a la experiencia antártica, la cual comenzaría al siguiente día, y con un embarque movido por el tema musical: “La conquista del paraíso”, del teclista y compositor griego Vangelis. En ese ambiente, mientras se observaba el esfuerzo técnico y operativo de los tripulantes del buque —para sacar el Aquiles e ingresarlo al mar, con ayuda de un bote más pequeño— las notas sonoras provocaban un mayor espíritu nacionalista mientras todos los tripulantes observaban el izamiento de la bandera. Se daba entender que: “Partíamos a un nuevo desafío, a un gran viaje que ameritaba valor y compromiso patriótico”. Así, con un aire frío y viento fuerte comenzaba la aventura.

CONOCIENDO EL AQUILES

El buque fue entregado a la Armada hace 26 años, es un transporte de carga y pasajeros (tropas) de autonomía y diseñado para largos viajes sin apoyo. Tiene tres cubiertas, además de la del vuelo en popa para operar helicópteros medianos —en esta oportunidad llevaba dos— y cuenta con acomodaciones para 15 oficiales, 90 tripulantes y 250 pasajeros. En esta ocasión, el Capitán de Fragata era Jaime Mc Intyre, el cual era cercano y cordial en su trato.

Pero estar viviendo dos semanas a bordo y compartir con personas de diferentes visiones o pensamientos fue espléndido. Sobre todo en las sobremesas del almuerzo, once o cena con personas importantes —como un ex almirante, un abogado de la Subsecretaría de Defensa o personas del Instituto Antártico Chileno (Inach), por nombrar algunos—. Conversábamos temas interesantes, de contingencia y relacionados al continente blanco. Hechos o elementos históricos que jamás había escuchado o leído. Todo nuevo, toda una vivencia enriquecedora.

Por las noches, se abría el bar. Y más de alguno se tomaba algunas copas de más y cantaba en el karaoke. Eso sí, los primeros días fui tímida y no canté, pero ya en el tercero tomé el micrófono y hasta animé el lugar con cantos y organizaba el pedido de las canciones. Todos contentos y se aplaudían entre todos.

El ambiente siempre fue grato porque los pasajeros eran afables y acogedores. Desde los uniformados hasta los civiles. Todos ayudaban, orientaban y relataban historias mientras nos adentrábamos al mar. El paisaje, con el correr de los nudos, iba intensificándose de belleza porque los cerros tenían otra tonalidad como también la del agua, más clara y pura.

Se veían los pocos faros del territorio chileno y pensaba: “Que valentía más grande de esos hombres. Su función es tan importante que sin ellos un barco puede perderse”. Y, en parte, es así la soberanía nacional. Marcar presencia y demostrar un rol social.

OLAS CON RITMO

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Al entrar por Cabo de Hornos, provincia de la Antártica Chilena, todo se movió más. Al principio daba temor pero con el paso de los minutos uno se acostumbraba y andaba sin problemas dentro del buque. A veces, desequilibraba el caminar pero no provocaba caídas. Más bien, era una especie de entretención.

Nuestro primer desembarque fue en la última ciudad nacional. Puerto Williams nos recibió con un gran sol y extensa vegetación. El pueblo era silencioso, corría viento y los lugareños eran cercanos. Recorrí la plaza Bernardo O´Higgins y visité el maravilloso museo Antropológico Martín Gusinde. Su arquitectura está enfocada a invitar al turista y a conocer parte de la historia de esta tierra tan austral. Había materiales de trabajos de los primeros colonos como también riqueza cultural de la región. El último piso era imponente. Compuesto por más de siete ventanales que llamaban a ver el hermoso paisaje que estaba a nuestros pies.

Luego, y rumbo al Aquiles para embarcar y seguir nuestro viaje, comí las empanadas más deliciosas de centolla. La señora “Angélica” estaba en su camioneta y recibiendo a todos los tripulantes del buque para vender sus exquisitas y contundentes masas.

En esas latitudes la luz del día, en verano, se prolonga y, por tanto la noche es más breve. La noción de tiempo se pierde. Cuando se entra en el mar de Drake, las olas se convierten en las protagonistas con más de siete metros de altura. El movimiento es pronunciado. En la sala que se proyectan películas y se ofrece misa, a través de los ojos de buey el cielo y el mar a ratos se nos confunden gracias al vaivén del buque. Tan fuerte es el baile que la corrida de asientos se desplaza de un lado a otro, arrastrándonos y arrojándonos contra los muros.

Nos miramos y reímos nerviosos. Se toma como un chiste pero después, uno a uno, fueron retirándose a sus camarotes (y otros al baño) por el fuerte mareo. A muchos no les hicieron efecto las pastillas para el vahído, yo por lo menos me mantuve firme, durmiendo cada una hora. Pus no quería perderme la experiencia. Deseaba vivir y sufrir el dinámico paso del Drake. El espíritu me llamaba a eso.

Por esa razón, que cada vez que podía, salía a cubierta para sacar fotos u observar ese horizonte, lejano, distante y luminoso. Perdido en la nada y en el fin. Eso sí, para aquellos que constantemente iban a tomar el desayuno o comer el almuerzo, once o cena, luchaban con sus vasos o tazas para que no cayeran. Lo mismo con el plato que se balanceaban de un lado a otro. … Hasta que volvió la calma.

BLANCO DESPERTAR

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Al amanecer todo había cambiado. Llegamos a la primera base: Arturo Prat. Fue un blanco despertar porque donde se mirase había hielo y nieve. El capitán dio la orden para que los pasajeros bajaran a tierra, la escalera Real se colocó. Larga y extensa. Daba miedo con solo mirarla. Abajo nos esperaba una lancha, la cual podía llevar a 10 personas a bordo. Estuve en el tercer grupo, sentía ansiedad por pisar tierra chilena. Al llegar me asaltó el mareo de tierra, consecuencia de una navegación tan alterada, pero caminando uno se acostumbra y no hay de qué preocuparse. Nos recibió Raúl González de la Brigada de Reparaciones. Nos relató un poco de la historia de esta base como también su importancia.

Esta es grande, sus marinos nos esperaban con café, jugos y queques. Nos abrieron los brazos por haber llegado. Sin duda, que poca gente los va a visitar, y por eso observar caras nuevas los pone contentos. Les interesaba saber de nosotros y el por qué estábamos allí.

Después de la bienvenida salí con algunos de los tripulantes y encontré lo que más deseaba mirar: pingüinos. Estaban a 500 metros, me aproximé a ellos para curiosear más de cerca. Eran pequeños, iban en parejas y les gustaba ver personas. Su olor no se hizo notar en ese entonces, ya que eran pocos y estaban cerca del mar.

Pero después de esta base estuvimos en la Bahía Fildes, donde nos quedamos dos días. La misión del buque era la carga y, por lo tanto, el turismo quedó en segundo plano. Así que esperamos hasta la vuelta para visitarla.

ICEBERG A LA VISTA

Las demás bases como Bernardo O´Higgins y Gabriel González Videla fueron espléndidas porque el paisaje cambió. Esa mañana me levanté un poco más tarde para el desayuno y los tripulantes del buque me preguntaban: “Catita, ¿fuiste a ver afuera? Anda, ahora”. El té me llegó a quemar la garganta, saqué la cámara fotográfica. Mi boca se abrió y me congelé a ver el panorama: Iceberg por todos lados.

Saqué fotos hasta cansarme y conocí las nuevas personas que iban a activar la última base (Videla). Se iban a quedar por cuatro meses y debían pasar las fiestas —navidad y año nuevo— entre ellos; con el frío imperante que bordeaba entre los menos seis y cero grados y el conjunto de pingüinos que habitan el lugar. Efectivamente, era una gran pingüinera donde su olor se hacía molesto. La belleza del lugar opacaba el perfume del ambiente porque la imagen impactaba. Era similar a las que salen en National Geographic. Aquí es donde me dije: “Jamás volveré a ver algo tan bello como esto”.◙

Catalina Lemus Fett

Periodismo UGM

09 01 2014

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