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LOS RETRATOS DE DON ANDRÉS BELLO

LOS RETRATOS DE DON ANDRÉS BELLO

LOS RETRATOS DE DON ANDRÉS BELLO

LOS RETRATOS DE DON ANDRÉS BELLO

vargasEscribe Francisco Vargas Avilés: “En vida de don Andrés fue retratado del natural en ciertas ocasiones, excluyendo unas fotografías hechas al final de sus días”.

La emisión de un billete por el Banco Central que tiene la figura de don Andrés Bello constituye una forma de reconocimiento al sabio que durante treinta y seis años desarrollara, en su vida chilena, una formidable producción cultural e intelectual. Su larga vida se encuentra unida a tres ciudades que dejan una larga huella y marcan claras etapas: Caracas, que le vio nacer el 29 de noviembre de 1781; Londres donde vive desde 1810 a 1829, tiempo de intenso estudio en el campo literario y jurídico que lo convierte en un completo humanista dando inicio a la formación de su familia. Finalmente, Santiago de Chile, que lo recibe en junio de 1829, lugar donde desarrollará toda su ciencia al servicio de una nación que le era desconocida entonces y, por extensión, a toda América. Aquí muere el 15 de octubre de 1865.

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Su contextura física, en aquella época, era la de un hombre de regular estatura, fuerte, de agradable aspecto, modales elegantes, reposados, muy reservado, que gustaba de la buena conversación y sabía escuchar. Voz armoniosa y grave. Sus biógrafos coinciden en que estos hábitos hacían inspirar en su presencia una suerte de influjo, no exento de afecto respetuoso. Asistía regularmente a la tertulia de doña Isidora Zegers, dama española, donde concurría lo más selecto de la intelectualidad de la época. Indudablemente su larga estadía en Inglaterra había dejado una huella en su trato. Su rostro era hermoso, la frente amplia y muy despejada, los ojos de mirar profundo, serenos, acostumbrados al ensueño y la reflexión. La boca fina y el pelo escaso peinado con hebras sueltas sobre una calva incipiente.

andresEn vida de don Andrés fue retratado del natural en ciertas ocasiones, excluyendo unas fotografías hechas al final de sus días. De estas obras existen dos que se encuentran firmadas, cuya autenticidad no merecen dudas. Uno es el busto de mármol blanco de notable realismo, obra de Auguste Francois, fino escultor francés, realizado en 1862 que lo representa de 81 años. El inventario de los bienes quedados a su fallecimiento indica que se encontraba en su biblioteca privada junto con otros del mismo autor. La viuda de Bello, doña Elizabeth Dunn y sus hijos donaron este busto al Consejo de la Universidad de Chile, quien acordó colocarlo en su sala de sesiones.

El otro, es un óleo pintado en 1844 por Raymond Quinsac Monvoisin, considerado el más fiel y expresivo de Bello en ese tiempo, donde se le ve con el uniforme de Rector de la recién inaugurada Universidad de Chile y la medalla utilizada como distintivo por esa autoridad. Este retrato fue encargado por él mismo, quien lo tenía en el salón de su casa, habiendo permanecido en poder de su familia por largo tiempo (Belisario Prats Bello). Felizmente, por gestiones de don Guillermo Feliú Cruz ante el Presidente Don Jorge Alessandri, pasó a poder de la Universidad donde permanece en la oficina del Rector. Este cuadro sirvió a Theodore Blondeau, profesor francés, para realizar en 1846 un dibujo que se conserva en el álbum de doña Isidora Zegers de Huneeus, muy parecido al de Monvoisin.

Estas fuentes iconográficas han servido de base para las numerosas medallas chilenas confeccionadas por diversos grabadores entre los que se destacan José Miguel Blanco y René Thenot, francés, quien renovó el arte medallístico en Chile y se desempeñó en la Casa de Moneda de Santiago por más de veinte años. Además, el busto sirvió de inspiración para la cabeza de la estatua de Bello que esculpió Nicanor Plaza y que está actualmente en el interior de la Universidad de Chile.

Sin embargo, para reproducir la figura de don Andrés en el billete no se utilizó ninguna de las fuentes mencionadas anteriormente, aunque sus rasgos generales lo hacen reconocible. Parece acertado sostener que se tuvieron en consideración dos obras que se asemejan entre sí, pintadas en épocas diferentes. La primera de ellas es un cuadro atribuido a Monvoisin que permanece en la Biblioteca Nacional de Caracas, hecho en 1850, también del natural, cuyo autor es desconocido. Fue llevado a Venezuela por un amigo de Bello, Francisco Michelena y Rojas, que lo visitó en Chile en esos años. Ostenta en el pecho la medalla de rector y en el ángulo inferior derecho, debajo de un libro sobresale una hoja en blanco con la fecha de su confección, la firma y la rúbrica del sabio, reproducciones, sin duda de un autógrafo del mismo. Además, contiene unos versos dedicados a la ciudad de Caracas. La segunda fuente, la más significativa, es un excelente óleo que se encuentra en la biblioteca del Club de la Unión de Santiago cuya ejecución corresponde a don Miguel Venegas Cifuentes inspirado, tal vez, en el anterior y fechado en 1947. La expresión del rostro, ojos oscuros, nariz aguileña y el mentón partido, nos hacen pensar que fue el modelo elegido para la confección del billete en su primera versión, posteriormente modificado. ◙

Francisco Vargas Avilés

Abogado

“EL Mercurio”

04 011999

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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