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EL INFIERNO (I)

EL INFIERNO (I)

EL INFIERNO (I)

EL INFIERNO (I)

infierno¿Por qué hablar del infierno? Porque nos lo piden los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Si hay un peligro mortal ante nosotros, el amor exige que quienes lo saben alerten a todos cuanto antes. El infierno es no solo un peligro mortal sino también eterno.

A unos días tan solo de la fiesta de los Sagrados Corazones de Jesús y de María —7 y 8 de Junio— he sentido el impulso de escribir sobre el tema del infierno. Realidad perenne en la enseñanza de la Iglesia y dogma de fe para todos los cristianos. Por razones especiosas dicho tema se camufla, se orilla en las predicaciones para no herir susceptibilidades del hombre moderno. No comparto tal apreciación pastoral y como sacerdote octogenario estoy convencido que los Novísimos no dejan a ninguna persona indiferente. Navegando por internet, he encontrado sobre el tema unas catequesis que brindo a los lectores, que no son de cosecha propia y que a mi juicio son de lo mejor que he conocido. La fuente de donde copio literalmente estas reflexiones es obra de Las siervas de los Corazones de Jesús y de María. Muy feliz me sentiría con que la lectura de esta colaboración librase a una sola alma de caer en el infierno.

¿Por qué hablar del infierno? Porque nos lo piden los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Si hay un peligro mortal ante nosotros, el amor exige que quienes lo saben alerten a todos cuanto antes. El infierno es no solo un peligro mortal sino también eterno. Es en realidad la desgracia total y definitiva que nos puede ocurrir. “El que desprecia el infierno o lo olvida, no escapará de él” -San Juan Crisóstomo. Dios es amor. “(Dios) quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P. 3,9). Por ese amor infinito envió a su único Hijo, quien se hizo hombre y murió por nuestra salvación. Pero si no nos convertimos a Él en el tiempo limitado que tenemos en la tierra, si nos obstinamos en seguir viviendo en pecado mortal, entonces iremos al infierno. No podremos culpar a Dios. Él ya lo hizo, nos abrió las puertas del cielo. Pero no nos forzará a entrar. Los que niegan el infierno no conocen la Palabra de Dios. Se dejan llevar por un mundo que se burla u opta por ignorar las realidades más importantes. Pero les ocurrirá como a los compatriotas de Noé que se reían mientras el construía el arca para sobrevivir el diluvio. Todos los que se burlan también morirán y no podrán escapar la realidad.

EL TEMOR AL INFIERNO.

Los cristianos no debemos basar nuestra buena conducta en miedo del infierno sino en el amor a Dios. Pero es saludable recordar que hay un justo castigo. El temor nos ayuda a evitar aquello que nos causa daño. En momentos de ceguera y debilidad, cuando la tempestad de la tentación es recia, pensar en el infierno es saludable y provechoso, como también debemos pensar en el amor de Dios. El cristiano debe reconocer la realidad. El temor es parte de la realidad humana que debemos saber integrar sanamente en nuestra persona. Ignorar una realidad que tememos solo logra postergarla hasta que ésta ya no se pueda esconder y entonces nos invade y domina.

Jesucristo habló claramente del infierno. En el Nuevo Testamento se le llama “gehenna“: Mateo 5:22. “Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano ‘imbécil’ será reo ante el Sanedrín; y el que le llame ‘renegado’, será reo de la gehenna de fuego”. Mateo 5:29. “Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna“. Mateo 10:28. “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna“. Mateo 23:33. “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?”. Santiago 3:6. “Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos”. Von Balthasar y Addrienne Von Speyr describieron el infierno como el estado del hombre que experimenta una terrible e infinita soledad y falta de felicidad por haberse separado de Dios.◙

Miguel Rivilla San Martín

Forum Libertas

05 06 2013

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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