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LAS CULPAS DEL MINISTRO

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LAS CULPAS DEL MINISTRO

LAS CULPAS DEL MINISTRO

britoEscribe Juan Ignacio Brito: “En lugar de ceder terreno y vivir jugando a la defensiva, sería bueno imitar a Margaret Thatcher, quien promovió sus ideas e impuso su agenda”.

El ministro Harald Beyer es culpable, pero no de lo que le acusan en el Congreso. Su responsabilidad radica en haber bailado al ritmo que le han puesto sus adversarios sin siquiera proponer, menos impulsar, una reforma a la educación superior que promueva los cambios esperables de un gobierno de su signo político.

El problema no surge ahora, cuando podría parecer que la suerte está echada en su contra. Lo que está ocurriendo es consecuencia no sólo de la politiquería que con razón muchos denuncian, sino también de la incapacidad del actual gobierno para ofrecer soluciones basadas en los que deberían ser sus principios. Si gobernar es educar, la administración Piñera ha perdido en estos tres años una gran oportunidad para presentar a la ciudadanía ideas propias en varios temas relevantes. Quienes hoy reclaman que se comete con Beyer una injusticia harían bien en ser autocríticos y reconocer su responsabilidad por —usando jerga deportiva— haber preferido jugar de visita.

Parte de la defensa del ministro consiste en sostener que ha enviado al Congreso un proyecto de ley que crea la Superintendencia de Educación Superior. Pero, de ser aprobado, éste crearía un ente fiscalizador que probablemente terminará perjudicando la calidad y la variedad de la oferta universitaria. Por otro lado, la iniciativa que promueve una nueva institucionalidad acreditadora no constituye garantía alguna de que la calidad vaya a mejorar, tal como tampoco fue capaz de serlo la que creó la Comisión Nacional de Acreditación (CNA). ¿Por qué no impulsar, en cambio, reformas que amplíen la cantidad y la calidad de la información disponible para los postulantes a la universidad y sus familias, facilitando que sean ellos quienes tomen decisiones que los afectarán directamente? ¿No sería eso más congruente con las ideas de un sector político que no debería proponer como única solución el aumento de las capacidades reguladoras de un Estado que a menudo se equivoca en este tema? Las regulaciones no han servido para asegurar la calidad, como dejan claro lo ocurrido en la CNA y un reciente estudio de la Universidad Católica que sostiene que “la calificación que obtienen los programas de pedagogía en los procesos de acreditación no es consistente con los resultados de los egresados ni con la contribución de las carreras al logro de sus estudiantes”.

Lo que le sucede hoy a Beyer le ha pasado antes al gobierno. La reforma tributaria es ejemplo de lo que ocurre cuando se elige jugar con una agenda ajena: llega la ex Presidenta Bachelet, dice que ella sí hará “una reforma tributaria en serio” si vuelve a La Moneda, y se lleva los honores como la defensora de la igualdad y la solidaridad. En educación pasa algo similar: mientras Beyer se enreda en su entrevista en Tolerancia Cero y es incapaz de defender el lucro, ni siquiera como concepto, la ex mandataria promete una “reforma estructural y no una reformita”, habla del fin del lucro y se gana los aplausos, porque está jugando de local cuando habla de esos temas. A lo mejor, en lugar de ceder terreno y vivir jugando a la defensiva, sería bueno imitar a la recientemente fallecida Margaret Thatcher, una líder que promovió sus ideas sin complejos e impuso su agenda. Aunque quizás ya sea tarde para Beyer. ◙

Juan Ignacio Brito

La Tercera”

11 04 2013

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Siendo una adolescente, Sarah Kemble, hija del director de una compañía de teatro ambulante del siglo XVIII, soñaba con ser actriz, pero su padre no quería por ningún motivo que siguiera sus pasos y menos que se ennoviara con algún actor. Quería que su hija hiciera “un buen matrimonio con alguien de sólida situación”.

Cuando Roger Kemble se enteró que la jovencita se estaba viendo a escondidas con uno de los miembros de su compañía la reprendió vivamente y agregó:

- ¡Además es el peor actor!

-Exacto, papá- contestó ella- ¡Nadie puede decir que es un actor, por lo tanto no te he desobedecido en lo más mínimo!

Sarah llegó a ser una famosa actriz de teatro como Sarah Siddons, apellido que adoptó al casarse con el actor William Siddons.

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Albert Einstein tuvo tres nacionalidades: alemana, suiza y estadounidense. Al final de su vida, un periodista le preguntó qué posibles repercusiones habían tenido sobre su fama estos cambios. El físico dio la siguiente respuesta:

-Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadounidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos, que era un científico alemán; y los alemanes que era un astrónomo judío.