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CACEROLEOS CON CIERTO SONIDO A HUECO…

CACEROLEOS CON CIERTO SONIDO A HUECO…

CACEROLEOS CON CIERTO SONIDO A HUECO…

CACEROLEOS CON CIERTO SONIDO A HUECO…

villegasEscribe Fernando Villegas: “La pésima educación que tenemos no es sólo resultado de las inexistentes exigencias y disciplinas de la escuela, sino también y principalmente de las inexistentes disciplinas y exigencias del hogar”.

El concierto de cacerolas estuvo de moda por un lapso, pero ya no se entona tanto. No al menos en Ñuñoa, comuna que por un momento pareció el Vaticano de la “protesta ciudadana”. A tal punto que el gobierno, infectado por la misma alharaca que posee a todo el país, evaluó a las señoras de la Plaza Ñuñoa como alarmante síntoma de que era preciso hacer algo urgente por la clase media. Es más; no sólo el caceroleo ya no suena tanto, sino en realidad nunca sonó mucho. Fue, como otros episodios de este período, en buena parte una construcción mediática, hinchazón gaseosa espoleada por excitados reporteros y periodistas reencontrando con un cierto dejo de histeria sus vocaciones progresistas, amén de opinólogos con acendrado amor por la exageración.

Digamos las cosas por su nombre: ni eran tanto los cacerolazos ni tampoco tenían mucha sustancia. Ni Ñuñoa ni ningún otro barrio de Santiago o del país está tan repleto de señoras ansiosas por las ciencias y las artes y tan muertas de ganas de adquirir para sí y sus hijos más cultura, tan desesperadas por “la mala educación”. Si así fuera no tendríamos el problema; habría bastado el ejercicio de la disciplina familiar. De hecho, paseándome en esas noches de algarada por el barrio ñuñoíno donde vivo y en donde tal vez una docena de damas de otras tantas casas —entre cientos desde las cuales nadie se asomaba con sus implementos de cocina— participaban de la serenata, me pregunté, mientras las veía aporreando con entusiasmo su utilería Fantuzzi, cuándo había sido la última vez que atrincaron a sus hijos para que estudiaran, cuándo que compraron un libro, cuándo que asignaron parte de su presupuesto a la cultura y no al Nintendo y a las cuotas del nuevo papú, cuándo fueron al teatro y/o llevaron a sus hijos a un museo o un concierto, cuándo intentaron que sus críos escucharan buena música y no basura, cuándo vigilaron que no hicieran de sus estudios un ejercicio de copy-paste perpetrado en internet.

¿Cuándo?

Nunca. Si la educación de sus hijos es mala, es en gran parte porque la de ellas y sus esposos no es mucho mejor. Pruebe usted a entrar a cien domicilios de la clase baja, media y alta chilenos y rara vez encontrará más de dos o tres con un estante con quizás 20 libros, pero sí a todas con al menos dos televisores y un computador donde la familia “navega” de un sitio y contenido banal al siguiente. ¡Ah, pero mucho más fácil que elevar el estándar mental de toda la familia es salir a un balcón a aporrear una olla! ¡Eso y culpar del problema al satánico “lucro”! Lo mismo puede decirse de los estudiantes. ¿De cuándo tan repentina hambre por la educación? ¿Estamos en presencia de avispados chiquillos que ya se mamaron y digirieron el completo currículum y braman por más que estudiar? No creo. Aun con el actual y bajísimo nivel de exigencias académicas, los resultados son malos. Lo dice el Simce, una y otra vez.

Pero ahora llegó el 11 y la “familia chilena”, en especial la de raigambre progresista, concertacionista, izquierdista, etc., considera que ha llegado el momento de reclamar por alguna otra cosa a la que nunca antes prestaron atención. Son los mismos que se sienten estafados por “la letra chica”, pero firmaron los documentos sin darse la molestia de leerlos, sin preocuparse de preguntar, del todo entregados a la holgazanería mental, al descuido y la irresponsabilidad. Firmaron todo lo que les pusieron por delante para darse el gusto de alguna nueva compra y ni siquiera estudiaron seriamente si estaban en condiciones de pagar las cuotas. Después de todo, siempre es posible en Chile aspirar a un perdonazo o, ahora, a una protesta ciudadana o una marcha.

En suma: independientemente de que los problemas sí existen, las víctimas de las malas prácticas son a menudo ellos mismos, cómplices, coprotagonistas y responsables de sufrirlas. La pésima educación que tenemos no es sólo resultado de las inexistentes exigencias y disciplinas de la escuela, sino también y principalmente de las inexistentes disciplinas y exigencias del hogar. El déficit educacional —y el de muchos otros ítems— deriva no sólo y simplemente de una casta de aprovechadores y ricachones o empresarios y políticos corruptos, codiciosos y abusadores, sino también de una ciudadanía con escasa o nula vocación por la prolijidad, la exigencia, la disciplina, el esfuerzo y la perseverancia; acostumbrados tradicionalmente a hacer todo a medias, incluso cuando se firman documentos, ahora hemos degradado y desembocado, como raza, a la condición de no hacer nada en absoluto, salvo vociferar o exigir “una solución” del gobierno de turno.

Respecto a ese déficit atencional nadie saldrá a cacerolear. ▄▀

Fernando Villegas
“La Tercera”
12 09 2011

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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