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EE.UU.: LLANTOS DEL PASADO

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EE.UU.: LLANTOS DEL PASADO

eeuuEscribe Charles Philbrook: “De la forma como ha sido diseñado el sistema monetario desde 1913, si todo el mundo dejara de adquirir nuevos préstamos y cancelara todas sus deudas, ¡no habría dinero en la economía!”.

El ajedrez, de ser cierta una de las tantas historias que sobre su origen se han tejido, fue inventado por un matemático que buscaba que su rey comprendiera que, siendo la pieza más importante de todas en el tablero, sin las otras, su reinado sería breve. En agradecimiento, el monarca le dice que pida lo que quiera, que le será concedido. Oh, mi rey —o algo así—, habría respondido este hombre de costumbres frugales, me conformo con poco, pero ya que insiste, hagamos lo siguiente: quiero un grano de trigo en el primero de los sesentaicuatro cuadrados, dos en el segundo, cuatro en el tercero, ocho en el cuarto, y así hasta completar el tablero. Pensando que el sabio se conformaba con poco, el rey ordenó que se cumpliera en el acto tan inusual pedido. Rápidamente, sin embargo, el soberano se dio cuenta de que todo el trigo del reino no era suficiente. ¿Cuántos granos de trigo pedía el frugal matemático?: dos a la sesentaicuatro menos uno, cantidad que, según los entendidos, sobrepasaría todo el trigo cosechado por el hombre desde los albores de la historia.

El del ajedrez es uno de tantos ejemplos que se utilizan para explicar lo que es el crecimiento exponencial, es decir, lo que es la representación matemática de cualquier cosa que crezca a través del tiempo a una tasa constante. Y es esta función matemática precisamente la que la gran mayoría de economistas hoy no logra aún comprender. De qué otra manera se explica que, como asesores económicos de presidentes, recomienden que haya más y más deuda en el sistema, que se suba el límite legal del endeudamiento, que se tire la casa por la ventana y se garanticen los pasivos de la banca, que se rescate a Grecia, a la Tierra, y pronto a Marte.

Pero regresemos a nuestra función exponencial, y apliquémosla al sistema monetario internacional vigente. De la forma como éste ha sido diseñado desde 1913, año en el que se crea la Reserva Federal, si todo el mundo dejara de adquirir nuevos préstamos y cancelara todas sus deudas, ¡no habría dinero en la economía! (Relea esta última oración para que comprenda lo absurdo del sistema actual). Ergo, el sistema colapsaría en un abrir y cerrar de ojos. A través de los años, para obtener un mismo crecimiento económico, se requiere de niveles cada vez mayores de deuda, hasta que eventualmente surge el espectro de los retornos decrecientes, y es ahí entonces cuando la función exponencial vuelve insostenible en el tiempo esta locura monetaria. Un ejemplo: en los Estados Unidos, en 1960, un dólar de deuda (pública y privada) generaba un dólar de PBI. Hoy se requieren diez de deuda para ese mismo dólar de PBI. Es por ello precisamente que todos los indicadores monetarios en este país se han disparado verticalmente hacia arriba (p. ej., base monetaria) o verticalmente hacia abajo (p. ej., multiplicador del dinero M1). No queda lugar a dudas: el sistema finalmente ha hecho ¡crac! (¿Alguien dijo Europa… Japón quizás… ¡China!?).

Ése es el llanto de un sistema monetario que, desde el pasado, nos ruega Baby, come back! Hacia eso vamos, sweetie, hacia eso vamos… Wish you were here!▄▀

Charles Philbrook,
Catedrático del Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN)
02 08 2011.

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Un conocido en apuros económicos acudió en busca de consejo a John D. Rockefeller sénior. Su problema era que un individuo que le debía cincuenta mil dólares se había ido a Constantinopla, y él no tenía ningún comprobante o reconocimiento de deuda que le permitiera exigir su pago. Rockefeller le aconsejó:

—Escríbale una carta reclamándole los cien mil dólares que le debe. Seguro que él le contestará diciéndole que está en un error, que no son cien mil, que sólo son cincuenta mil. Y así ya tendrá usted su reconocimiento de deuda.

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Cuando Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) se hizo cargo de las finanzas de Francia, hizo llamar a los principales hombres de negocios del reino. A fin de congraciarse con ellos y para ganar su confianza, les preguntó:

—Caballeros, que puedo hacer por ustedes.

—Le rogamos, señor —le contestaron todos a una—, que no haga nada. Déjenos que lo hagamos nosotros.

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