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CUANDO EL TEMA ES LA UNIVERSIDAD

CUANDO EL TEMA ES LA UNIVERSIDAD

CUANDO EL TEMA ES LA UNIVERSIDAD

CUANDO EL TEMA ES LA UNIVERSIDAD

lillianApenas concede “importancia —por reiterativas y triviales— a las reformas universitarias, de cuyo número (en los años que llevo en la universidad) he perdido la cuenta”, dice el profesor Alejandro Llano, citado por Lillian Calm.

¿A qué estamos llamando universidad? Quizás para concentrarme mejor, automáticamente apago la televisión, pues el tema central del noticiero, amén de La Polar, siguen siendo las marchas universitarias teñidas de vandalismo. ¿Tendrán esas expresiones salidas de tono algo que ver con la universidad-universidad, realidad también existente?

De paso por Madrid busqué un libro que sabía agotado: “Olor a yerba seca”, de Alejandro Llano. No sólo lo encontré en una de sus nuevas ediciones sino que descubrí que ya había aparecido su continuación, si puede definirse así, pues cada libro se lee independientemente: “Segunda Navegación”. Estas memorias están lejos de versar sobre la universidad propiamente tal, pero la vida del autor ha sido eso, la universidad, y más de algo debe entender de ella, ya que no sólo fue rector de la Universidad de Navarra, de la que hoy es profesor de Filosofía (también está muy ligado a las de Valencia y a la Autónoma de Madrid), sino que cuenta con demasiadas investigaciones publicadas y, como él mismo dice, la vida se le ha ido dirigiendo tesis doctorales.

Cada uno de los capítulos es casi un ensayo, pero no de esos densos, herméticos: los suyos están salpicados de anécdotas y humor, nostalgia, fe en el futuro y también gran dosis de optimismo.

Todo andaba muy bien hasta que llegué al último capítulo del segundo tomo de estas memorias en que el profesor se pregunta: “¿Recobrará la Universidad su alma?”. Ya no pude leer con la misma soltura y desaprensión con que lo estaba haciendo. A pesar de los pesares, mi miopía me trajo desde la lejana geografía de Llano a un día jueves en plena Alameda Bernardo O’Higgins, otrora llamada la Alameda de las Delicias.

Él relata cómo en su trayectoria de medio siglo ha hecho de todo lo que puede exigir el oficio universitario (desde el trabajo manual hasta tareas de mayor responsabilidad), pero advierte que “el conjunto de tan diversas actividades puede pasar sobre ti sin empaparte, como el agua sobre las piedras de un arroyo de montaña (…) El meollo de la universidad —lo que llamo aquí su alma— se encuentra más hondo. Es como una especie de légamo que se halla en el lecho del río y que conserva su humedad incluso en los períodos de gran sequía”. Y explica que “aquellos para los que la universidad es una circunstancia, más o menos pasajera, tienden a considerarla como un lugar en que se está o, peor aún, como un instrumento que se utiliza. Por eso hay muchos que pasan por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. No la sirven: se sirven de ella”.

Si bien se define como un “esperanzado” sobre el tema, admite que el “discurso” ha cambiado “drásticamente”. Aunque él incluso participó en forma activa en la rebelión de 1968, reconoce que “no podía dejar de advertir su débil fundamentación teórica y algunas de sus turbias consecuencias”. Pero entonces no se cuestionaba (y eso marca sin duda la diferencia) “la estructura básica de la comunidad de escolares y maestros en torno a las raíces culturales de occidente, a los fundamentos de la ciencia moderna y a la ética humanista”.

Reclama que “muchos estudiantes llegan hoy a las universidades intelectualmente desguarnecidos y sin estrenar en los anchos campos de la cultura. Su somero equipaje mental se agota en un iPhone o en un iPad, ciertos rudimentos de inglés de aeropuerto internacional, y algún verano en un país extranjero del que desconocen su historia y su arquitectura institucional. Los profesores, por su parte, somos un gremio resignado. Las mejores fuerzas de los docentes han de aplicarse a pasar los controles burocráticos…”.

Me imagino que, irónicamente, puntualiza que apenas concede “importancia —por reiterativas y triviales— a las reformas universitarias, de cuyo número (en los años que llevo en la universidad) he perdido la cuenta. Sólo puedo resumir su resultado en que no recuerdo que ninguna de ellas haya implicado un cambio a mejor. Hay mejores temas para ocupar el tiempo”.

Él lo que procura entre los alumnos es “encontrar un solo justo que anteponga el conocimiento al provecho individualista”, y para ello destaca “leer, reunirse y hablar entre sí”. Luego subraya que “es preciso leer mucho y bueno, quizá libros voluminosos con abundante polvo, que yacen arrumbados en algunas bibliotecas supervivientes, cuyos responsables no han aceptado la simpleza de que ‘todo está en la red’”.

En uno de los primeros capítulos de este segundo tomo de las memorias de Llano, me había topado con dos párrafos que ya me habían hecho volver la mirada hacia nuestra Alameda de las Delicias. Cuenta que en la revuelta estudiantil de 1968, el Nobel de Literatura Samuel Beckett vio pasar estudiantes vociferando consignas y los interpeló: “¿Por qué gritáis tan desaforadamente? Dentro de cinco años, todos vosotros seréis notarios”.

Comenta también lo que dice un personaje shakespeareano respecto a otro que igualmente vocifera “tratando de imponer su visión de las cosas”. La reflexión del primero sobre el segundo es: ‘¡No tiene razón, grita demasiado!’”.

Desde cerca de la Alameda de las Delicias no puedo dejar de reflexionar: ¡qué intuición tiene Alejandro Llano al haber seleccionado esas citas!▄▀

Lillian Calm
Temas.cl
05 07 2011

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Humor

Se cuenta que durante una cacería, el rey Alfonso XIII decidió permanecer un rato sentado a la sombra de un árbol para así poder descansar un poco, mientras sus compañeros de la partida de caza continuaron con la actividad.

Poco después se paró frente a él un campesino que estaba de paso, quien le preguntó al monarca si era verdad que por allí andaba el rey y de ser afirmativo le podía indicar quién era, pues le gustaría conocerlo personalmente.

Alfonso XIII se incorporó y pidió a aquel hombre que lo acompañara hasta donde se encontraba el resto de cazadores de la montería y podría averiguar quién era el rey porque todos los presentes estarían con sus cabezas descubiertas menos él.

Al alcanzar al resto de la partida, todos se descubrieron ante el rey a excepción del campesino.

-«Ahora ya sabe usted quién es el rey» comentó Alfonso XIII

A lo que el hombre contestó:

-«Una de dos. O es usted o soy yo, porque somos los únicos que seguimos con el sombrero puesto»

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El 8 de octubre de 1881, durante la inauguración de la línea férrea que unía las capitales de Madrid y Lisboa, con paso por Cáceres, el rey Alfonso XII tuvo un despiste a la hora de pronunciar unas palabras, en las que vitoreó a la ciudad de Cáceres.

Rápidamente fue advertido de su error, ya que no era ciudad sino villa, a lo que el monarca muy digno contestó:

«Pues desde hoy es ciudad»

Y así fue, ya que pocos meses después, el 9 de febrero de 1882, Alfonso XII ratifico sus palabras y nombró oficialmente ciudad a la hasta entonces villa de Cáceres.

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