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EL ASOMBRO, COMO PRINCIPIO DEL CONOCIMIENTO

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EL ASOMBRO, COMO PRINCIPIO DEL CONOCIMIENTO
LA SABIDURÍA DE LOS NIÑOS

asombroMirar la realidad no es un acto pasivo con el que nos enfrentamos al mundo, sino una actitud que requiere de nosotros la fe necesaria para dejarnos atrapar. Conocer exige el asombro como principio de toda sabiduría. Escribe Eduardo Segura, de la Academia Internacional de Filosofía-Instituto de Filosofía Edith Stein.

En una reciente entrevista concedida al diario The Guardian, el célebre astrofísico Stephen Hawking negaba rotundamente la existencia de toda sombra de más allá, cielo o destino ultraterreno. Para ello, empleaba la descalificación que para él incluye el atributo cuento de hadas. En otras palabras, el cielo es lo que el lenguaje cotidiano ha canonizado como uno de los significados de mito: una mentira, un engaño, una de la0s supercherías que Voltaire pretendía haber mostrado como senderos a ninguna parte. La razón ilustrada se habría erigido, por fin, camino de redención para tanta sinrazón. Pero, tras esta construcción cultural omnipresente en Occidente, late sin duda una profunda falsedad. El hecho de que una persona del calibre intelectual de Stephen Hawking — catedrático de Física y Matemáticas Aplicadas en Cambridge, y titular de un largo elenco de distinciones— crea firmemente (pues así creen los incrédulos ortodoxos: con fe inquebrantable) que el cielo es un cuento de hadas, una mentira, pone sobre el tapete una cuestión de más calado: la pérdida progresiva de la inocencia y el asombro como puntos de arranque no ya de todo filosofar —como señalaba Aristóteles en el Libro I de la Metafísica—, sino del acto mismo de mirar el mundo. Asomarse a la realidad desde el acostumbramiento pervierte lo cotidiano en rutinario y, así, lo milagroso queda reducido a un dato que se da por supuesto: a algo que ya está garantizado (taken for granted, en inglés).

Al afirmar que el cielo es un cuento de hadas, Hawking quería decir, imagino, que se trata de una mentira, de palabras bonitas (y vacuas) para expresar un miedo a la aniquilación, a lo desconocido, a la oscuridad definitiva. Sin embargo, se da la relevante circunstancia de que quien habla del cielo en esos términos es el mismo que ha corregido y llevado a desarrollos ulteriores algunos aspectos de la teoría de la relatividad formulada por Einstein. ¿Entonces? Quizá la dovela que sostiene este galimatías es una radical (y camuflada) paradoja: que lo que Hawking llama cuento (con hadas o sin ellas), o palabras simplonas, no es sino la huella del modo en que el ser humano se ha acercado a la esencia de la verdad desde el arcano de los tiempos. Porque
todo buen cuento relata, es decir, vuelve a hacer presente un sentido de maravilla, de atávico asombro, que testifica que todo es don; que existe una verdad más allá de nuestro entendimiento, por avanzado, exacto y científico que éste pueda llegar a ser. El cielo es verdad, precisamente, porque es el Mito con mayúsculas, el Cuento por excelencia.

LA SABIDURÍA DE LA FE

En ese sentido, entonces, lo que llamamos sobrenatural sería lo más natural del mundo: Dios, el cielo, los ángeles no son sino las formas en que el Misterio y el exceso del don nos han sido entregadas. El lenguaje hermoso y los mitos son una gramática mítica —en expresión de Tolkien— con la que contar o, más exactamente, dar cuenta de lo primigenio. Y lo primigenio es que, por más que nos pese, no somos autosuficientes, y nuestra razón no puede soportar el peso de tanta verdad como la que contiene un relato apasionante. Hemos cometido un error lógico: perder el sentido común de mirar el mundo con los ojos de los primeros habitantes de esta tierra, y hemos aspirado a poseerlo encerrándolo en nuestras pobres y pequeñas cabecitas, como si el milagro pudiese prescindir de la colaboración voluntaria de cada uno: de eso que llamamos fe, y que no es sino la permanencia de la infinita sabiduría del niño que todos fuimos; que
también Stephen Hawking fue.

Para alguien acostumbrado a mirar las estrellas, quizá, la contemplación del cosmos como don milagroso podría ser un primer paso hacia una suerte de voluntaria suspensión de la incredulidad. Más allá, sólo el don abrazado libremente es capaz de transformar la mirada en el asombro del niño, el único realmente sabio: porque el niño es capaz de quedar, una y otra vez, encantado, incorporado al canto eterno que resuena como el eco de una risa atronadora y feliz. ¿Cuentos de hadas? Por supuesto que sí: relatos acerca de una certeza prestada, que nos reincorporan a la música arcana que no cesa de adquirir nuevas cadencias. La sinfonía aún resuena y se desarrolla en matices infinitos, y la clave en que fue compuesta se llama esperanza.▄▀

Eduardo Segura

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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